Pinto mi raya y... ¿Quién da más?

Imagen creada con inteligencia artificial.


Hay momentos en que la política no cambia de discurso, sino de eje. México parece estar atravesando uno de ellos en materia de seguridad. Una pieza —de entre varias— encendió la chispa:


Una apuesta pública en la plataforma Polymarket ofreciendo, sin mucha sutileza, dos fechas para la salida anticipada de la presidente Claudia Sheinbaum: finales de enero o a más tardar en junio. Dicha publicación configura una alternativa binaria para un desenlace político que, en la vida real, nunca es tan limpio ni tan amañado como un contrato financiero.   

La existencia y el volumen de esa apuesta no son un dato inocuo; son un síntoma: mercados de predicción, fondos especulativos y actores de influencia pueden monetizar la incertidumbre política y, al mismo tiempo, contribuirle. El mercado en cuestión está activo desde noviembre de dos mil veinticinco y muestra volumen real de apuestas alrededor de la posibilidad de una salida presidencial en esas ventanas temporales.    

¿Por qué importa esto más que una curiosidad digital? Porque estos instrumentos combinan dinero, narrativa y visibilidad. Una pregunta sesgada —con dos respuestas únicas posibles, sin matices intermedios— empuja a la audiencia a pensar en la eventualidad como algo inevitable y con calendario, lo que a su vez retroalimenta titulares, entrevistas y columnas de opinión; todo ello convierte la incertidumbre en producto comerciable. No es sólo que alguien “apuesta”.  

El "precio de mercado", aunque pequeño, funciona como maestro de opinión para ciertos ecosistemas mediáticos y financieros que necesitan señales —incluso ruidosas— para ajustar posiciones y alistar estrategias. Esa lógica tiene efecto práctico cuando se superpone con operaciones de presión geopolítica: una narrativa de vaciamiento de autoridad facilita intervenciones externas y crea legitimidad para “ayudas” que en realidad son reconfiguraciones de poder.  

Y todo fuera como esa provocación, pero no ha sido la única.  

Las imágenes que ilustran este artículo funcionan como un apéndice visual brutalmente honesto de lo que se dirá en las líneas por venir. No agregan información nueva, pero sí revelan la lógica profunda del dispositivo Polymarket y, por extensión, de la geopolítica convertida en casino. Vale la pena integrarlas al texto no como “pruebas”, sino como síntomas. Si a ello sumamos los impulsos autocráticos de muchos morenistas y la torpe propuesta de añadir en las elecciones intermedias el referendo para la Revocación de Mandato, la cosa no pinta bien. La popularidad de Claudia Sheinbaum está declinando, a pesar de las estadísticas oficialistas y, aunque elevada aún, no tiene el arrastre que López Obrador como para sostener el teatro de semejante ejercicio de consulta popular.

Retratos de la probabilidad intercambiable 

Vistas en conjunto, las capturas muestran algo más inquietante que la suma de sus mercados individuales: todas comparten una misma gramática visual y cognitiva. El lenguaje es financiero, técnico, aparentemente neutral. Pero los objetos de esa neutralidad son jefes de Estado, invasiones militares, operaciones armadas, fragmentaciones territoriales. La primera operación ideológica está ahí: traducir lo político —violento, humano, histórico— a una probabilidad intercambiable.  

 Así como se ha provocado una apuesta alrededor de la presidente de México, es de destacar la imagen sobre el ayatolah Jamenei, líder de Irán, también sujeto de las apuestas (Khamenei out as Supreme Leader of Iran by January 31?).

En su caso —como en otros ejemplos en la plataforma—, la probabilidad de que caiga del poder es baja, alrededor del ocho por ciento, pero el volumen de la apuesta es alto. Eso dice mucho: no se apuesta respecto de algo o alguien porque sea probable, sino porque es estratégicamente imaginable.

Entre paréntesis, no deja de ser curioso, peculiar al menos, que este fin de semana también en otra plataforma, Televisa, por otros motivos, comience un reality show con celebridades (versión de la Casa de los Famosos): ¿Apostarías por mí?).

Irán aparece como un sistema a punto de mutar, y el mercado no pregunta cómo ni a qué costo, sólo cuándo. La teocracia se convierte en un ticker*. Del modo que, en México, poco antes del triunfo de Andrés Manuel López Obrador en las elecciones presidenciales de dos mil dieciocho, los que financiaron su campaña apostaron por criptomonedas como la AMLOVE, entre otras, por considerar al "teocrático caudillo tabasqueño" en una probabilidad intercambiable, una estrategia imaginable. Criptomoneda esa, la AMLOVE, hay que agregar, que apostó para su financiamiento en las maderas finas características de las selvas de la península de Yucatán. A estas alturas cabe preguntarnos dónde quedaron todas las taladas con motivo del Tren Maya insignia del gobierno lopezobradorista. ¿Quién las compró y proceso? ¿Quién, aparte del Ejército, se benefició de esa apuesta? De esto nadie, ni Latinus, ha hablado y las versiones son peregrinas:

  • Trituración y cobertura de suelos: El Fondo Nacional de Fomento al Turismo (FONATUR) ha declarado formalmente que el producto del desmonte fue troceado y triturado. Estos residuos vegetales se utilizaron para proteger los taludes y conservar las características del suelo en las zonas de obra.
  • Acumulación en predios: Reportes de campo y organizaciones como "Sélvame del Tren" han documentado grandes extensiones de selva donde los árboles (incluyendo especies duras como zapote, jabín y chaca) quedaron apilados para secarse o fueron convertidos en montones de aserrín en predios administrados por personal militar.
  • Riesgo de tráfico ilegal: Expertos y colectivos han advertido sobre la falta de un inventario público detallado, lo que podría potenciar el tráfico ilegal de maderas preciosas (como el ciricote o la caoba) hacia mercados internacionales, dado que el volumen de madera extraída no ha sido totalmente contabilizado por las autoridades ambientales ni transparentado por el gobierno federal.
  • Reubicación limitada: En las etapas iniciales, se informó que algunos árboles de la carretera federal 307 fueron reubicados en parques y plazas públicas de Cancún y Playa del Carmen, aunque esta medida representó una fracción mínima comparada con la tala masiva en los tramos selváticos

Entre la teocracia iraní y la “teocracia caudillista” mexicana, en ambos casos, el poder se personaliza y, por tanto, se vuelve apostable. Cuando el sistema gira alrededor de una figura, el mercado ya no analiza instituciones, sino cuerpos reemplazables.  

En el caso específico de Andrés Manuel López Obrador, MORENA y su proyecto de la denominada 4T, unos apostadores ganaron, otros perdieron. Y puede decirse viceversa de la oposición. Al cabo del tiempo, también se ha visto que algunos ganadores terminaron siendo perdedores decepcionados, y algunos perdedores no perdieron del todo.

Invadir o no, ¿un dilema?

Las dos imágenes siguientes sobre México: Will the U.S. invade Mexico in 2026? y U.S. anti-cartel ground operation in Mexico by January 31?, son todavía más reveladoras cuando se miran juntas y dentro del contexto que venimos analizando.

Ambas rondan entre el seis y el ocho por ciento. Son porcentajes bajos, sí, pero persistentes. No caen a cero. No desaparecen. Permanecen como ruido de fondo. Eso es clave: el mercado mantiene viva la idea de la intervención como posibilidad latente, normalizada. No se presenta como guerra, sino como ground operation, un eufemismo quirúrgico que encaja perfectamente con la narrativa de cooperación en seguridad. En términos simbólicos, México no aparece como un Estado soberano, sino como un teatro operativo potencial.

La primera imagen de este artículo sobre Claudia Sheinbaum es, quizá, la más obscena por su sencillez. Dos fechas: Enero o junio. Uno u ocho por ciento. No hay opción de continuidad, de estabilidad, de conflicto institucional sin renuncia. La respuesta binaria de sí o no, como en todos los casos, parece lapidaria. El diseño mismo del mercado impone la narrativa: la salida es el horizonte. ¿Digno? Sólo se discute el momento. Pero la narrativa implícita omite otras opciones, otros escenarios que los verdaderos actores involucrados en lo que soporta a la eventualidad apostada comprenden, o uno esperaría que lo hicieren: negociaciones, consensos, giro de timón y cambio de rumbo, cesiones y acuerdos bajo la mesa. Aquí el mercado no predice; sugiere. No describe la realidad; la empuja. Esta imagen refuerza la tesis central que estoy proponiendo: no se apuesta a Sheinbaum, se apuesta al vacío de poder como activo geopolítico. Y ahí está lo grave.

Apostando por escenarios 

No es lo mismo una encuesta académica que un mercado de apuestas.  

El segundo incorpora incentivos económicos, actores con capacidad de mover capital y, muchas veces, algoritmos que amplifican volatilidad informativa.  

Cuando además en el escenario regional ocurre un hecho disruptivo —como la sorpresiva captura del presidente venezolano Nicolás Maduro, por efectivos militares estadounidenses a comienzos de enero de dos mil veintiséis— la sensación de precedentes útiles para interventores externos se acelera.  

La operación contra Maduro y su impacto en la región cambiaron el tono de muchas conversaciones sobre soberanía y la respuesta posible de Washington frente a gobiernos incómodos. No faltamos al debate quienes desde hace años propugnamos por una redefinición del concepto de soberanía a la luz de los nuevos órdenes mundiales —desde el introducido por Ronald Reagan, el pretendido por los Bush y el berenjenal en que nos ha metido ahora Trump. 

Esa ecuación se vuelve peligrosa si se añade la presión explícita de la Casa Blanca —en este caso sobre la administración actual del gobierno de México, pero no solamente— para incorporar fuerzas estadounidenses en operaciones contra laboratorios de fentanilo dentro de México.

Yankees, come home!

En días recientes, se ha reportado que Washington intensificó gestiones para que fuerzas —desde unidades de operaciones especiales hasta asesoría de inteligencia— participen en operaciones conjuntas, un paso que desdibuja fronteras entre asistencia técnica y presencia militar en el territorio de un país soberano como el de México.  

La tentación de “resolver” a golpe de fuerza un problema que es, tanto social como económico y de inteligencia, no es nueva; lo nuevo es que se normalice como tema de conversación en términos operativos.  

Para entender mejor el músculo institucional detrás de esa presión de Estados UNidos sobre México conviene recordar qué es y cómo surgió el Comando Norte (USNORTHCOM).

El Comando Norte nació en la estela del once de septiembre de dos mil uno como reordenamiento del mando estadounidense para —entre otras cosas— asegurar la defensa continental frente a actos terroristas como el de las Torres Gemelas, y coordinar apoyo a autoridades civiles. Entró formalmente en operaciones a partir de octubre de dos mil dos. Uno de los primeros frutos de la cooperación "solidaria" se dio con la histórica misión del Ejército Mexicano con motivo del devastador paso del huracán Katrina que golpeara duramente los estados de Luisiana y Misisipi. La ayuda mexicana fue fundamental en la región sur de EE.UU., e incluyó la gran novedad de convoyes que operaron desde Texas. Entonces no faltaron las voces estadounidenses escandalizadas alegando ser invadidos, intervenidos.  Y las voces se confundieron con las que, en cambio, emitían mensajes de gratitud.

En aquella ocasión, los militares mexicanos no solo enviaron suministros, sino que operaron directamente en suelo estadounidense con alrededor de doscientos elementos. Ingresaron en territorio estadunidense con uniformes y banderas mexicanas, algo no visto desde la guerra de mil ochocientos cuarenta y seis. Llevaron cocinas móviles, vehículos todo terreno, ambulancias, helicópteros, plantas potabilizadoras de agua, comida, medicinas y personal médico.  

Ese "gesto extraordinario" fue muy agradecido por el gobierno estadounidense, rompiendo barreras históricas de cooperación entre ambos países, motivo por el cual hoy algunos analistas consideran que no tendría por qué ser distinto, vis a vis, en el enfrentamiento al flagelo de los carteles del narcotráfico. Bajo ese tenor es que el gobierno de Donald Trump ha expresado sus intenciones de cooperar con México. Pero también es cierto que hay otros intereses en el fondo.

Con los años, el mandato del Comando Norte —del que forman parte los ejércitos de Canadá y México, entre otros— se ha ido adaptando a amenazas híbridas y no convencionales, y sus lazos con fuerzas armadas de la región han sido objeto de acercamientos, ejercicios y, en ciertas coyunturas, polémicas por la percepción de una erosión de soberanías.  

Si en algún momento se normaliza la presencia operativa estadounidense en suelo mexicano, no será sin justificarlo a través de marcos institucionales como los que USNORTHCOM y otros órganos (CIA, DEA, FBI, NSA) vienen desplegando desde hace dos décadas.

Divide y vencerás  

Si volvemos a mirar el tablero más amplio, uno de los grandes apostadores de la geopolítica internacional lleva tiempo especulando con la “balcanización” de estados densamente heterogéneos: Irán aparece en primera fila por la combinación de fracturas étnicas (kurdos, baluchis, azeríes, árabes) y tensiones confesionales; escalonar ese país en entidades fragmentadas sería, para algunos estrategas, una forma de reagrupar influencias en Medio Oriente, y mucho menos costoso de lo que significó la guerra contra Irak.  

Que esa hipótesis sea plausible no equivale a que sea deseable: la disolución de un Estado moderno en una cadena de microestados o entes autodenominados provocaría redes de inestabilidad con consecuencias en energía, seguridad y migraciones. Ya lo vivimos en la ex Yugoslavia y todos los horrores que siguieron a su desmembramiento.  

La idea de “darle la espalda” al orden existente y redibujar fronteras suena sofisticada en modelos de juego, pero sus consecuencias reales suelen ser catástrofe humanitaria y vacío de gobernanza, especialmente en Medio Oriente donde la configuración étnica sigue pesando en la forma como se detenta y distribuye el poder. Ese es un escenario perfecto para actores no estatales y poderes externos. (Aquí bastaría recordar cómo los invasores e intervencionistas han jugado con particiones y proto-dominios a lo largo de la historia contemporánea.)  

En paralelo, y con menos probabilidades inmediatas pero no sin antecedentes, ciertos actores nacionales y regionales apuestan por una balcanización de México.

La idea no surge de la nada: el México decimonónico experimentó repetidas fragmentaciones, con regiones que se declaraban independientes o con gobiernos locales que disputaban la configuración de la república; y, en la etapa colonial, la Corona reconfiguró virreinatos y jurisdicciones según intereses económicos y de control social. Hoy, la hipotética fragmentación indígena o regional tendría que vérselas con instituciones federales, costos económicos y la movilidad de capitales y mercancías. La geografía moderna y las cadenas de valor lo hacen mucho más difícil, aunque no imposible políticamente si se combinan crisis económicas, colapso institucional y apoyos externos.  

Regia República de Nuevo León

Un ejemplo concreto para traer esa hipótesis al presente es lo sucedido en Nuevo León desde finales de dos mil veinticuatro y durante dos mil veinticinco: movimientos que promueven la “Regia República de Nuevo León” y que recabaron firmas para impulsar una consulta o, en términos simbólicos, expresar rechazo al centralismo.  

Iniciativas impulsadas por figuras como Gilberto Lozano reclamaron la vía de la recolección de apoyos ciudadanos, intentando alcanzar el dos por ciento del padrón electoral para activar mecanismos locales de consulta, y afirmando argumentos económicos y de aportación al PIB. El hecho fue cubierto por medios nacionales y desmentido o matizado por verificadores: la narrativa de un Nuevo León “autosuficiente” esconde dependencias productivas y sociales que complicarían una independencia real. Es decir: el separatismo existe como discurso y como presión política; en la práctica económica y logística es más frágil de lo que pregonan sus promotores, aquí, en Los Ángeles, California, en Hong Kong o Taiwán.

Una mirada al bosque

Si ahora enlazamos ese mapa regional con el reacomodo global —la contienda por regiones hemisféricas entre las tres hegemonías que vienen marcando el ritmo: Estados Unidos, China y Rusia—, para completar el arco del análisis, los mercados también establecen posturas y calculan momios sobre Groenlandia. Y el resultado es una caja de resonancia de acuerdos y “trueques” que ya no son solo metáforas y también son apetecibles para los apostadores y los agoreros del Nuevo Orden.

Aquí el cinismo ya no se disimula: adquisición, invasión, firma de acuerdos, visita presidencial, reparto del pastel. El caso, a querer o no, toda proporción y contexto guardados, remite a momentos de la historia: la compra de Manhattan, la compra de Alaska, las Islas Vírgenes…, y solo faltaría un paralelo con lo sucedido luego de El Álamo.

Ya en marzo de dos mil veinticinco, con motivo del foro internacional "Ártico: Territorio de Diálogo" efectuado en Múrmansk, Vladimir Putin destapaba la agenda secreta de EE.UU. alrededor del Ártico. EE.UU. ya había planeado tomar Groenlandia desde mil ochocientos sesenta. Hoy, Trump solo retoma una narrativa histórica y geopolítica según la cual Estados Unidos habría tenido, desde el siglo XIX y hasta hoy, intereses en la adquisición o control estratégico de Groenlandia [Noticias El Debate, 2025; Lancerau, 2025]. Entonces, Putin anotó:

Sería un grave error pensar que se trata de conversaciones extravagantes de la nueva administración estadounidense. Nada de eso. En realidad, tales planes por parte de Estados Unidos ya se manifestaron en la década de mil ochocientos sesenta. Ya en ese entonces la administración estadounidense consideraba la posibilidad de anexar Groenlandia e Islandia. Pero esa idea no recibió el apoyo del Congreso en aquel momento [...]

Lamentablemente, en la actualidad, la cooperación internacional en las latitudes del norte no está pasando por su mejor momento. En los años anteriores, muchos países occidentales optaron por la confrontación. Rompieron los lazos económicos con Rusia, suspendieron el contacto científico, educativo y cultural y pusieron fin al diálogo sobre la preservación de los ecosistemas del Ártico [...] Para ello se creó el Consejo Ártico, pero incluso este mecanismo hoy en día se ha degradado y cabe señalar que Rusia no se negó a comunicarse en este formato. Esta fue precisamente la elección de nuestros socios occidentales, de los estados occidentales.

Groenlandia aparece fragmentada en eventos transaccionables, como si fuera una startup geopolítica congelada y en ronda de inversión. Cuando se coloca esta imagen junto a las de México, Irán, Venezuela y otras naciones, el patrón se vuelve claro: territorios, gobiernos y pueblos están convertidos en derivados financieros narrativos.  

Estas imágenes permiten una conclusión más afilada —sin necesidad de decirla explícitamente—: Plataformas como Polymarket o foros como el de Davos no son sólo espejos del mundo, son mesas de ensayo. Espacios donde se prueban narrativas antes de ejecutarlas. Donde se mide la aceptabilidad de una invasión, una renuncia, una fragmentación, igual que se mide el apetito por una acción riesgosa. No importa que el porcentaje sea bajo; importa que exista mercado. No importan los índices de popularidad que pueda alegar, por ejemplo, el gobierno mexicano para apuntalar la imagen de la presidente Sheinbaum, lo que importa es si el país tiene la capacidad estratégica de implicar beneficios contantes y sonantes. Y parece que las recientes reformas —discursos triunfalistas aparte—, en especial la del Poder Judicial, solo han acentuado la desconfianza de los inversionistas y la incertidumbre en general. Si para Europa Estados Unidos ya no le parece un socio confiable, dados los vaivenes y escarceos de Trump, para el capital México tampoco garantiza beneficios como otrora.  

Al mejor postor  

Las recientes señales diplomáticas y comerciales muestran un mundo menos alineado automáticamente con Washington.

La visita del primer ministro canadiense a China y un paquete de acuerdos para reducir aranceles sobre productos sensibles (vehículos eléctricos, canola, alimentos) sugieren que Ottawa busca diversificar y desestresarse frente a la presión y los aranceles estadounidenses, y que Pekín está dispuesto a recompensar esa apertura. Tantas veces ha sido bloqueado de hacer negocios en y con Groenlandia que concluyó el gobierno Chino: no necesitamos poseer Groenlandia para definirnos como "un país ártico". Bastó un vuelo de avión para surcar las fronteras virtuales, a despecho de los afanes trumpianos.  

Ese gesto tiene consecuencias tectónicas en la región: si Canadá se aproxima activamente a China, la influencia de Washington pierde la exclusividad que tuvo en Norteamérica por décadas. El discurso incendiario y provocador de Trump de considerar a Canadá un estado más de la unión cobraría mayor virulencia.

En la vecindad sur de Estados Unidos, México ha visto un crecimiento sostenido de la relación china en comercio e inversión, aunque con desequilibrios y tensiones: déficit comercial, discusiones sobre facilidades para la inversión, y preocupaciones en Ottawa y Washington acerca de que el país sea usado como “puerta trasera” para mercancías chinas hacia el mercado norteamericano.  

China, por su parte, ha mostrado interés —en distintas voces oficiales y en ocasiones tácticamente lanzadas— por abrir canales comerciales más profundos con nuestro país —el aumento de las inversiones chinas en Hispanoamérica no es un secreto—. Los números oficiales de flujos de inversión y comercio, y los estudios de organismos locales, apuntan a que la relación México–China ha ganado dinamismo paulatino desde dos mil doce, en el sexenio de Peña Nieto, se acentuó con López Obrador —capitales chinos financiaron buena parte de las obras emblemáticas lopezobradoristas: el Tren Maya, el Tren Transístmico, por ejemplo—, y está en el centro de las discusiones sobre la revisión del T-MEC, del cual Donald Trump ha amenazado con separarse. 

Turno de dar: te doblas o pasas

¿Todo esto abre la tentación de los trueques geopolíticos que hoy suenan como fantasía o como pesadilla?: Groenlandia por Taiwán; Venezuela y Cuba por posiciones en el Golfo de México; la Patagonia por una cuota de influencia en Gaza; Sudán por Yemen; Irán por regiones de Cachemira y Japón; el Tren del Istmo —sí, el mismo que hace poco descarriló— como moneda de cambio frente al Canal de Panamá; petróleo por tierras raras, plata u oro; la Antártida por responsabilidad sobre Oceanía; el espacio exterior por las profundidades oceánicas.  

Hablo en tono de pregunta porque eso es lo que son muchas de estas proposiciones —ejercicios de contabilidad estratégica—: especulaciones sobre activos que valen hoy tanto por recursos económicos como por posiciones estratégicas, bases logísticas o capacidad de proyección. Detrás de cada “trueque” aparecen actores concretos: empresas energéticas y mineras, fondos soberanos, oligarquías regionales, Estados con marcos legales flexibles y actores económicos globales que ya operan en zonas grises. No es necesario aceptar cada hipótesis; sí conviene verlas como mapas mentales que algunos están usando para negociar posiciones. (Y, sí, en el fondo de la lista siempre aparece la pregunta: ¿quién decide, quién firma, quién legitima?)  

¡Europa por un caballo! Apuestas y bendiciones  

En medio de estos movimientos, Europa semeja a un shakesperiano Ricardo III atolondrado, clamando por un caballo para hacerse a la guerra o huir. No podemos dejar de preguntarnos por los otros vectores que definen la realidad inmediata: la influencia del Vaticano y la diplomacia europea en crisis regionales, la crisis migratoria que conecta desestabilización con flujos humanos masivos, la cuestión del agua como recurso estratégico y la seguridad alimentaria.  

El Papa y la Santa Sede han sido tradicionalmente mediadores morales y diplomáticos; su papel, sin embargo, cambia si los actores estatales recurren a soluciones militares y de mercado. Aunque también hay que decirlo, a veces sus acciones simbólicas se las pasan los actores políticos "por el arco del triunfo", como fue la bendición papal de un bloque de hielo de Groenlandia, en noviembre de dos mil veinticinco, mismo que fue llevado a Curazao como símbolo de esperanza y la conversión climática, y en vísperas de la COP30 (Conferencia de las Partes Número 30, la reunión climática de la ONU, celebrada en Belem, Brasil). Ya antes, el Papa Francisco en su encíclica Laudato Si abogó por una nueva arquitectura financiera y un multilateralismo renovado, para apoyar a los países vulnerables frente a la crisis climática.

Hoy, cada domingo se elevan oraciones por el Reino de Dinamarca y por el gobierno autónomo de Groenlandia desde las iglesias evangélicas luteranas situadas en el propio territorio danés autónomo que ha entrado en el punto de mira de las aspiraciones expansionistas de la administración Trump. La iniciativa, impulsada por Paneeraq Segstad Munk, obispa para Groenlandia de la Iglesia evangélica luterana, se inserta en un contexto geopolítico definido sin precedentes: "Es fundamental mantener la calma en una situación como esta. Las oraciones sanan y dan sentido", declaró Munk en un comunicado difundido por el Consejo Mundial de Iglesias (CMI).  

Europa, por su parte, oscila entre la prudencia, la búsqueda de mercados y la defensa de marcos legales multilaterales. Mientras tanto, los desplazamientos humanos y la presión sobre recursos básicos —agua, tierra cultivable, infraestructura de transporte— son los ingredientes que convierten promesas geopolíticas en tragedias o en campos de oportunidad para redes de crimen organizado. La producción de alimentos, su control por grandes corporaciones y su vinculación con fertilizantes y energía, hacen que cualquier reordenamiento regional termine afectando platos y bolsillos. Ya veremos que surge de los discursos en el Foro de Davós que se celebrará en estos días, atizado por las provocaciones de Trump y las reacciones a las mismas.

Apuesta por el vacío o por esferas de influencia

Volviendo a la hipótesis que comenzó este artículo: ¿apuestan algunos al vacío de poder en México y otros lados? 

Hay actores —internos y externos— que encontrarían ventajas tácticas si la presidencia se desestabilizare: espacios regulatorios para inversiones estratégicas, pretextos para operaciones de seguridad conjuntas, o escenarios favorables para la reconfiguración de contratos y concesiones. Pero también hay fuerzas contrarias: instituciones, legitimidad pública, economía real, y el rechazo social a la pérdida de soberanía —al menos como se la entiende en su forma más clásica y rancia.  

El interés de los mercados por poner precio a la incertidumbre contribuye a la narrativa, pero no la determina por completo. La historia reciente de la región nos enseña que los “golpes” geoestratégicos suelen dejar más problemas que soluciones y que la reconstrucción de autoridad después de un vacío es costosa, conflictiva y, a menudo, incompleta.  Quizás por eso, la apuesta de Putin, Xi Jinping y Trump es —ya lo escribí en el artículo anterior—, es a provocar vacíos para ocuparlos como hegemones y establecer esferas de influencia donde decir "Aquí mando yo".

Termino esta parte dejando la raya que quería trazar con más preguntas que respuestas, porque en el presente las preguntas son la moneda más honesta para negociar el futuro:  

  • ¿Quién se beneficia realmente si el Estado mexicano queda debilitado, o si la narrativa del vacío se instala en la percepción internacional?
  • ¿Qué papel jugarán las fuerzas armadas mexicanas frente a propuestas de cooperación que rozan la intervención?
  • ¿Hasta qué punto las dinámicas comerciales —entre México, China, Canadá y Estados Unidos— redibujarán la soberanía económica de nuestras regiones?
  • ¿Puede un Estado fragmentado sostener la provisión de agua y alimentos, o veremos un aumento masivo de migraciones internas y transfronterizas?
  • ¿Qué ocurrirá con los flujos de capital y con los derechos de propiedad si los trueques geopolíticos se materializan en acuerdos no democráticos?
  • ¿Dónde queda la ciudadanía en todas estas apuestas y quién la representa cuando operadores financieros compran y venden probabilidades sobre presidencias, territorios, recursos, vidas?

La apuesta existe y los actores la ven. En un tiempo donde las encuestas determinan las políticas y las decisiones, estas otras maneras de sondear la opinión del dinero añade inquina a la zozobra que ya padecemos. Al final, toda decisión, por virtuosa o perversa que parezca, implica un sacrificio. Las de ahora parecen decantarse por sacrificar libertad por control y seguridad.

La pregunta clave es si nosotros —lectores, académicos, políticos, periodistas, viandantes— vamos a permitir que el precio de la incertidumbre determine el destino de las instituciones, o si, por el contrario, lograremos convertir la conversación pública en políticas robustas que cierren las puertas a los oportunismos. ¿Quién da más? ¿Quién pone la raya? ¿Apostamos nosotros por la democracia o por el vacío de poder? ¿De quién es turno para lanzar los dados?

Podría pensarse que lo siguiente está desconectado de lo dicho hasta aquí, pero en realidad es un capítulo más.

Cambios en Sedena y Guardia Nacional con aval estadounidense

En las últimas semanas se reveló una reestructuración inédita en la cúpula militar de México. El viernes dieciséis de enero, la periodista María Idalia Gómez informó a través de Aristegui noticias que el gobierno de Claudia Sheinbaum preparaba cambios “en los mandos de más alto nivel” de la Secretaría de la Defensa (SEDENA) y de la Guardia Nacional, y que ya habían sido «avalados por el Comando Norte de Estados Unidos», mismos que habrían sido consultados y avalados por el Comando Norte de Estados Unidos, con participación del Comando Sur en calidad de instancia de enlace regional [Gómez, 2026].

El dato, presentado por la periodista como resultado de fuentes castrenses y diplomáticas, introduce un elemento poco habitual en la discusión pública: la existencia de mecanismos de validación bilateral en decisiones estratégicas del aparato de seguridad mexicano.

En teoría, los cambios se sucederían el primer día de febrero de dos mil veintiséis, pero al parecer la difusión periodística y otros factores políticos obligaron a adelantar las modificaciones, de las que destacan: la jubilación del general Enrique Covarrubias López como subsecretario de Defensa (por cumplir sesenta y cinco años de edad) y su reemplazo por el general de División Enrique Martínez López, así como el relevo en la oficialía mayor y en la Guardia Nacional. En particular, el general de División Guillermo Briseño Lovera —hasta hoy comandante de la Tercera Región Militar (Sinaloa-Durango)— asumirá la comandancia de la Guardia Nacional.

La defensa del país, en los hechos, comienza a pensarse como un problema compartido… pero bajo parámetros que no se definen en territorio nacional.

Estos movimientos buscan, según la versión oficial, concentrar funciones administrativas, frenar la corrupción interna y garantizar mandos confiables, para la coordinación bilateral en seguridad.

El argumento oficial es conocido: eficiencia, coordinación, confianza, lucha contra el crimen organizado. Todo eso es cierto, o al menos verosímil. Lo que no se discute es el precio político de esa eficiencia. Cuando los mandos clave pasan por un filtro de aceptabilidad bilateral, la soberanía no se pierde de golpe; se reformula. Deja de ser una facultad exclusiva y se convierte en una función negociada.

La Subsecretaría de la Defensa, un puesto clave por su peso operativo y político en el Ejército, es ya —al momento de escribir estas líneas— uno de los centros de poder reconfigurados. No obstante, el señalamiento de que los perfiles fueron previamente aceptados por instancias militares estadounidenses ha abierto un debate más amplio. ¿Se trata de una intervención armada extranjera, o de una participación activa de Estados Unidos en decisiones relacionadas con la seguridad interior de México? En ese marco, el Comando Norte —–cuyo titular es actualmente el general Glen VanHerck, y cuyo rol hemisférico ha sido explicitado en documentos oficiales del Departamento de Defensa— aparece como un actor con capacidad de influencia indirecta, aunque formalmente acotada, en la arquitectura regional de seguridad [U.S. Department of Defense, 2025]. Esta vez —y quizá no la única ni la primera—, ha actuado como filtro de confianza para los nuevos líderes militares mexicanos, un giro que en la práctica acerca a la fuerza castrense nacional a la agenda estadounidense.

También se ha argumentado que la Oficialía de Partes, antes separada en tres "ventanillas": SEDENA, Guardia Nacional y Marina, por lo mismo se prestaba a "malos manejos" y "corrupción". Al unificar en una sola Oficialía de Partes, faltaría ver si no se trata un movimiento adicional de la 4T para hacerse, también, con el control del Ejército, y concentrar en una sola cabeza el control de la información y de la transparencia, ya de por sí borrada del mapa desde el gobierno de Andrés Manuel López Obrador so pretexto de la seguridad nacional. Esto aumentaría la opacidad de las acciones, y peor, de las empresas puestas en manos del Ejército Mexicano. No están lejanos aquellos días cuando el expresidente Ernesto Zedillo se equivocó al nombrar al infame general Gutiérrez Rebollo como "zar antidrogas".

El Hércules en Toluca: ¿capacitación, paquetería o señal?

Este contexto ayuda a entender la atención que generó, casi de manera simultánea, el aterrizaje de un avión C-130J Hércules de la Fuerza Aérea de Estados Unidos en el Aeropuerto Internacional de Toluca, el diecisiete de enero. El Gabinete de Seguridad informó que la aeronave ingresó con autorización de autoridades mexicanas y que su presencia se inscribía en un programa de capacitación previamente acordado, sin transporte de tropas ni de armamento operativo [Gobierno de México, 2026], aunque la presidente mencionó en su conferencia "mañanera" —horario preferido desde Andrés Manuel López Obrador para madruguetes y ocultamientos— que "se había transportado a funcionarios para recibir capacitación". Medios nacionales reprodujeron esta versión, subrayando que el vuelo se apegó a los protocolos de cooperación bilateral existentes [Animal Político, 2026; La Jornada, 2026]. Y pensar que días antes creció la presión sobre Harfush y Sheinbaum para entregar a narcopolíticos y narcofuncionarios. ¿Otro paquetito como el del Mayo Zambada o el de los cuarenta delincuentes enviados sin orden de extradición?

Aun así, el episodio dio lugar a cuestionamientos políticos. Legisladores de oposición recordaron que la Constitución establece que el ingreso de tropas extranjeras requiere autorización del Senado, y solicitaron precisiones sobre la naturaleza jurídica del acuerdo bajo el cual operó el Hércules. El senador Clemente Castañeda, coordinador de la bancada de Movimiento Ciudadano, expresó públicamente estas dudas, exigió al Gabinete de Seguridad que explique si la presencia del Hércules correspondió a una solicitud del Ejecutivo, e insistió en que "la facultad para autorizar el ingreso y tránsito de tropas extranjeras corresponde exclusivamente al Senado". [Castañeda, 2026]. Más allá del caso concreto, el intercambio puso en evidencia una zona gris recurrente en la cooperación militar: la diferencia entre adiestramiento técnico, presencia operativa y tránsito de fuerzas extranjeras. Lo más peculiar para algunos: que haya aterrizado en Toluca y no en el AIFA.


El mísmo día que escribía estas líneas, circuló en medios el envío a de México a Estados Unidos de un grupo de treinta y siete criminales, y se dieron a conocer en parte los términos como se sucedió la entrada de tropas estadounidenses.


En resumen, mientras el gobierno habla de una maniobra rutinaria de capacitación, críticos advierten que el episodio pone otra vez en tela de juicio los procedimientos legales y la autonomía mexicana al acordar el ingreso de material militar estadounidense. Lo peor, la presidente está atrapada entre presiones internas, externas y su mismo proceder de la rutina mañanera de "informar". Quizás sería mejor que cancelara las "Mañaneras" para eludir la necesidad de expresar medias verdades o pretextos inverosímiles.

Este incidente ocurre además en un clima de retórica beligerante y el entorno regional aporta un elemento adicional de complejidad.

Semanas antes, el expresidente Donald Trump había sugerido públicamente la posibilidad de acciones militares de EE.UU. contra cárteles en territorio mexicano declarados como organizaciones terroristas, lo que le autoriza a ejercer acciones unilaterales y trasnacionales, lo que amplifica la desconfianza y el debate en torno a cualquier movimiento conjunto en materia de seguridad. La Administración Federal de Aviación de Estados Unidos (FAA) había emitido varios NOTAM —notas aéreas— advirtiendo sobre posibles interferencias en sistemas de navegación y actividades militares en áreas del Pacífico oriental, incluidas zonas próximas al espacio aéreo mexicano [FAA, 2026]. Las autoridades mexicanas aclararon que dichos avisos no implicaban restricciones al tráfico aéreo nacional ni operaciones militares en territorio mexicano, pero la coincidencia temporal con el arribo del Hércules contribuyó a una percepción de mayor actividad militar estadounidense en la región. Lo que se configura: un entorno donde la seguridad hemisférica se impone como prioridad… incluso por encima de los matices nacionales.

A estos elementos se suman reportes de agencias internacionales sobre el incremento de vuelos de vigilancia y reconocimiento de Estados Unidos en el Caribe, el Golfo de México y el Pacífico oriental, en un contexto de tensiones geopolíticas más amplias [Reuters, 2026; Defense News, 2025]. Si bien no existe confirmación oficial de operaciones de drones o aeronaves de inteligencia sobre territorio mexicano, el tema ha ganado visibilidad pública en un clima discursivo marcado por declaraciones de actores políticos estadounidenses que han planteado escenarios de acción más agresiva contra organizaciones criminales transnacionales [BBC Mundo, 2026].

La fotografía más difundida en redes, internet y medios impresos del arribo del avión Hércules estadounidense al aeropuerto de Toluca no es única, sino parte de una pequeña cadena de dos versiones que circularon ampliamente. En una se ve el avión en tierra, con unos pocos individuos cerca. En otra, similar, un poco recortada, se ve a personal desplazando unos misiles.




Un cuidadoso análisis con ayuda de inteligencia artificial de ChatGPT hecho por estos Indicios Metropolitanos arrojó, entre otras, la siguiente conclusión:

Ambas fotografías muestran un C-130 Hércules gris militar en plataforma aeroportuaria, con personal en tierra, conos, edificios industriales al fondo y torres de comunicación. El encuadre, la distancia focal y el ángulo son similares, pero no idénticos, lo que sugiere dos tomas distintas del mismo evento o una imagen base y una variante derivada.

El avión, en términos generales, es coherente con un C-130J real: proporciones, número de hélices, fuselaje, tren de aterrizaje y perfil coinciden. No hay “errores grotescos” típicos de IA generativa (hélices con número imposible, alas deformadas, sombras imposibles).

Eso es importante: si hay manipulación, no es generación completa por IA, sino edición parcial.

La imagen más cruda —con mayor ruido, imperfecciones en el fuselaje, variaciones de luz y una composición no “optimizada”— corresponde con alta probabilidad a la toma original in situ, la imagen "madre".

La versión que muestra personal militar con misiles junto al avión no corresponde a la fotografía madre: esos elementos no aparecen en la toma original, que registra el arribo del Hércules sin armamento visible en plataforma. Cabe la posibilidad de una segunda toma posterior al arribo; sin embargo, la escena resulta visualmente más controlada y semánticamente más cargada. No se altera la existencia del evento, pero sí su lectura. No es una falsificación: es una curaduría estética donde la presencia se vuelve mensaje. En términos políticos, no se borra el hecho, se editorializa.

Considerados en conjunto, estos hechos no prueban una subordinación formal del aparato de seguridad mexicano ni una intervención extranjera directa. En cambio, sí dibujan un escenario en el que se profundiza su integración funcional al dispositivo de seguridad estadounidense, en un momento en que Washington refuerza su presencia estratégica en Hispanoamérica.

El rediseño de mandos, los episodios de cooperación aérea y el aumento de la vigilancia regional apuntan a una relación cada vez más estructurada alrededor de criterios compartidos de riesgo, inteligencia y control territorial. En pocas palabras, la construcción de una esfera regional de influencia, comparable con la que ha venido a su vez construyendo Rusia desde la invasión de Crimea en dos mil catorce, o China desde que le fuera endosada por Gran Bretaña la autonomía de Hong Kong. El debate de fondo —todavía abierto— no gira solo en torno a la eficacia de esa cooperación, sino a sus implicaciones políticas de largo plazo y a los márgenes reales de autonomía con los que México administra hoy su propia arquitectura de defensa.

El beneficio inmediato es una mayor coordinación operativa; el costo potencial es una redefinición silenciosa —pero profunda— de los márgenes reales de autonomía en la política de seguridad nacional. En ese equilibrio inestable se juega no solo el futuro de la relación bilateral, sino el lugar de México dentro de una región cada vez más observada, monitoreada y, eventualmente, condicionada desde el aire y por el que ahora se perfila como el hegemón regional, frente a los otros con quienes comparte y reparte el mundo.

Vigilancia aérea y tensiones regionales

Más allá de Toluca, en los días recientes se han multiplicado los reportes de actividad aérea estadounidense cerca de México. Los avisos aéreos estadounidenses no prohíben vuelos comerciales, pero alertan sobre una posible intensificación de maniobras militares o electrónicas en la región. El gobierno mexicano tuvo que precisar que esos NOTAM eran preventivos y dirigidos solamente a operadores estadounidenses, y que el espacio aéreo nacional opera normalmente sin restricciones.

Además, aficionados y analistas de redes sociales han viralizado imágenes de supuestas aeronaves de inteligencia sobre México. Reportes no oficiales mencionan un dron triangular furtivo TR-3 Black Manta surcando el cielo de Baja California, así como avistamientos de aviones P-8A Poseidon (de patrulla marítima) y drones de vigilancia MQ-4C Triton de la Marina de EE.UU. en el Golfo de México y Yucatán. Incluso en Sinaloa y Baja California se han registrado sobrevuelos inusuales de cazas furtivos F-22. Aunque la FAA insiste en que estas medidas responden también a actividades espaciales (lanzamientos o reentradas) y no a un plan de invasión inminente, las coincidencias han avivado la especulación: muchos ven en estos movimientos un patrón similar al que precedió la operación contra Nicolás Maduro en Venezuela a principios de enero. Se habla ya de un posible "mensaje" a los cárteles mexicanos o de preparativos encubiertos; la narrativa apunta a una creciente normalización de la vigilancia bilateral sobre suelo nacional, con o sin conocimiento público.

Hechos como estos han llevado al diputado federal por Movimiento Ciudadano, Gustavo Adolfo de Hoyos Walter, a invocar una reforma constitucional por parte del Congreso mexicano, con "caracter de urgente", para denominar al Mar de Cortés o Golfo de California o Mar Bermejo como "bahía histórica, mar territorial y, por tanto, parte íntegra del territorio nacional", pues hasta ahora y conforme a un estudio publicado en la Revista del Centro de Estudios Superiores Navales, "la parte centro-sur del Golfo se mantiene bajo un régimen de zona económica exclusiva y aguas internacionales, lo que —dijo— trastoca la soberanía y la seguridad nacionales de México, al permitir libertad de navegación y sobrevuelo sin un control pleno del Estado mexicano" [SBH, 2026; Aguilar, 2018].

Implicaciones para México y la región

En suma, estos hechos revelan una tensión entre la soberanía declarada y la realidad de la cooperación militar México-EE.UU. El nuevo organigrama castrense mexicano fortalece sin duda la coordinación (compartiendo información, inteligencia y “resultados”) en la lucha contra el crimen organizado, pero también refuerza la impresión de que las decisiones clave en seguridad se toman, al menos en parte, de forma conjunta o bajo supervisión ajena. Que Washington exija perfiles "confiables" en el alto mando (para evitar cualquier "descoordinación" con sus exigencias de inteligencia y combate al narco) significa que México sacrifica margen de maniobra propio a cambio de atención y recursos. A nivel regional, el fenómeno se inscribe en un renovado activismo estadounidense en Hispanoamérica: la reciente intervención en Venezuela y las alertas aéreas sugieren que la zona está en un estado de escalada preventiva. Si Trump llegó a calificar la toma de Maduro como un “ataque aéreo, terrestre y marítimo” contra regímenes ilícitos, cualquier movimiento en México se lee ahora como una posible pieza de ajedrez continental.

Las expectativas de estos cambios son ambivalentes. Entre los posibles efectos se menciona:

Consolidación de la cooperación bilateral:

Mandos alineados pueden facilitar operaciones conjuntas y flujo de inteligencia con Estados Unidos, presuntamente para combatir cárteles.

Debate sobre la soberanía:

La opinión pública y partidos políticos reaccionan a la pérdida de control exclusivo sobre nombramientos militares y autorizaciones aéreas, avivando cuestionamientos constitucionales.

Impacto en la región:

El reordenamiento castrense mexicano puede motivar una mayor coordinación hemisférica en seguridad (por ejemplo, con Centroamérica) pero también suscitar suspicacias entre socios latinoamericanos sobre la influencia de Washington.

Presión interna para depurar filas:

En teoría, el impulso de cerrar "espacios a la corrupción" busca hacer más confiable a las Fuerzas Armadas; en la práctica, implicará purgas o reasignaciones que generarán resistencias corporativas, y por extensión que el gobierno estadounidense tome control efectivo y económico de los beneficios del narcotráfico.

Como he dicho en otra parte, a Trump no le interesa la salud de sus gobernados, le interesa el dominio de la producción y distribución de las drogas y otros recursos. No se propone "salvar al mundo" del flagelo del narcotráfico. Pretende afianzarlo bajos sus reglas hegemónicas, casi del modo del emperador Septimio Severo quien no gobernó durante dieciocho años (193 - 211 d.C.) para la "salud" de la República o el bienestar del Senado; gobernó para la estabilidad del poder militar a través del control de los recursos.

Septimio Severo transformó la logística del imperio en una herramienta de control total. Igual ha hecho Trump. Institucionalizó la annona militaris (un impuesto en especie), asegurándose de que el flujo de recursos no fuera para el mercado libre o el bienestar civil, sino para alimentar la maquinaria que mantenía su hegemonía. Así ha hecho Trump con sus aranceles. Sustituyó la diplomacia y el derecho civil por la fuerza bruta administrativa, las provocaciones y las intimidaciones. Igual que procede ahora Trump pasando por encima de las leyes internas y las internacionales.

Severo no intentó "salvar" a Roma de la decadencia ética, sino que la organizó bajo una dictadura militar eficiente, para que esa decadencia sirviera a los intereses del trono. Hacia allá se ha encaminado Trump a pasos acelerados, porque además sabe que no tiene mucho tiempo si no consigue mayoría en el Congreso, a menos que la democracia americana sí esté muerta, según la apreciación de analistas como David Smith [Smith, 2025], corresponsal británico de The Guardian; pero tal vez es una cucaracha a la que solo le falta "la patita de atrás".

En sus discursos, a Trump solo le falta parafrasear a Septimio, con su acostumbrado gesto severo y socarrón, quien en sus últimas y cínicas palabras instruyó a sus descendientes: "Sean unánimes, enriquezcan a los soldados y desprecien a todos los demás", algo que Andrés Manuel López Obrador hizo durante su gestión.

Más militarización del combate al crimen:

Al concentrarse las estructuras de mando, es probable que México intensifique su política de seguridad enfocada en acciones de inteligencia y fuerza, lo cual podría acarrear mayor militarización tanto interna como en la frontera norte.

Este cuento no ha acabado

En definitiva, los recientes movimientos mundiales y los sucedidos en Sedena y la Guardia Nacional, la llegada del Hércules a Toluca y la presencia de aviones no tripulados apuntan a un nuevo capítulo de la relación México–EE.UU., marcado por una innegable presión estadounidense y por la redefinición de la soberanía mexicana en asuntos de seguridad. Cada fuente oficial lo enmarca como un paso hacia una mayor eficacia contra el crimen, pero el cúmulo de datos sugiere que el costo político y geopolítico tendrá ramificaciones más amplias, atrayendo la atención de analistas nacionales y extranjeros sobre los límites del control mexicano de su propio aparato militar.

El aterrizaje del avión C-130J Hércules de la Fuerza Aérea de Estados Unidos en Toluca fue, en ese sentido, más que un episodio técnico. Fue un símbolo. Es posible que las explicaciones oficiales del gobierno tengan sustento. También es posible que sean, como otras veces, una pantalla. Pero la reacción política que provocó —las preguntas sobre atribuciones constitucionales, los reclamos de claridad, la exigencia de controles legislativos— revela algo más inquietante: ya no está claro dónde termina la cooperación y dónde comienza la excepción [Castañeda, 2026].

Cuando lo extraordinario se vuelve rutinario, deja de explicarse y empieza a asumirse. México no está siendo invadido. Pero sí está siendo integrado a una lógica de seguridad, a una esfera de influencia que no controla por completo.

Y ese es el punto político central: la integración sin deliberación. No ha habido un debate público de fondo sobre hasta dónde debe llegar la cooperación militar con Estados Unidos, qué límites no deben cruzarse y quién decide cuándo se cruzan. Las decisiones se toman en el nivel técnico, se justifican en el lenguaje de la urgencia y se blindan con la retórica de la eficacia. El problema es que la técnica no sustituye a la política; solo la desplaza.

Lo que está en juego no es una teoría de conspiración ni una narrativa antiestadounidense. Es algo más concreto y más serio: la capacidad del Estado mexicano para definir su política de seguridad sin que esa definición esté previamente condicionada por expectativas, agendas y evaluaciones externas. La soberanía, en el siglo XXI, no se pierde con soldados extranjeros marchando por las calles, sino con procedimientos que dejan de discutirse porque “funcionan”.

Hoy la pregunta no es si México coopera con Estados Unidos. Esa respuesta es obvia y necesaria. La pregunta es en qué términos, bajo qué controles y con qué grado de transparencia democrática. Porque cuando la seguridad se vuelve un asunto exclusivamente técnico, lo que se desactiva no es el crimen: es la política. Y cuando eso ocurre, el país puede seguir llamándose soberano, pero ya no decide solo qué significa serlo.

Durante siglos, la soberanía se definió como la capacidad de un Estado para decidir sin superior en lo interno y sin dependencia en lo externo; Jean Bodin la llamó, en una fórmula ya clásica, “el poder absoluto y perpetuo de una república”. Hoy, en cambio, la soberanía parece haber mutado en algo más discreto y funcional: la capacidad de ejecutar decisiones propias siempre que no contradigan marcos ajenos, de administrar el margen permitido dentro de arquitecturas de seguridad diseñadas en otro lugar. La soberanía contemporánea ya no se ejerce, se negocia; ya no se proclama, se gestiona. No desaparece: se vuelve compatible, interoperable, eficiente.

Y así, mientras el lenguaje político sigue hablando de independencia, el mundo real opera bajo una nueva definición no escrita: soberano es quien elige… dentro de las opciones que ya fueron validadas. El giro no es trágico, es técnico. Y quizá por eso resulta más peligroso: porque no llega con tanques, sino con protocolos; no impone, sino que optimiza; y no exige lealtad, solo alineación. Aquí no fueron gratuitas las palabras de Andrés Manuel López Obrador quien exigía de sus subalternos más lealtad que honestidad, y para quien la "honestidad valiente" era una forma de "audaz y cínica arbitrariedad".

Lo verdaderamente inquietante no es que México coopere con Estados Unidos, sino que empiece a hacerlo sin conflicto, sin ruido y sin discusión. Cuando la seguridad se gestiona como un asunto técnico y no como una decisión política, lo que se neutraliza no es al crimen, sino al disenso. El problema no es el Hércules, ni los mandos, ni los drones, que quizá vuelan o quizá no; ni Groenlandia, ¡vaya, ni Maduro! El problema es la naturalización de un orden en el que las decisiones estratégicas se toman fuera del espacio público y luego se presentan como inevitables. La soberanía no desaparece: se administra. Eso ahora lo comprende y ejerce Delcy Rodríguez en Venezuela, y pronto lo comprenderán los iraníes y los europeos. Y cuando eso ocurre, ningún país se pregunta hacia dónde va, sino quién lo acompaña mientras avanza.

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Referencias

  • Gómez, María Idalia. 2026. “Cambios en Sedena y Guardia Nacional ya fueron avalados por el Comando Norte de Estados Unidos”. Eje Central, enero.
  • Gobierno de México. 2026. “Comunicado del Gabinete de Seguridad sobre el arribo de aeronave militar estadounidense al Aeropuerto Internacional de Toluca”. Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana, enero.
  • Castañeda, Clemente. 2026. Publicaciones en X (antes Twitter) sobre el aterrizaje de aeronave militar estadounidense en Toluca y atribuciones constitucionales del Senado. Enero.
  • Animal Político. 2026. “Avión Hércules de la Fuerza Aérea de Estados Unidos aterriza en Toluca; gobierno afirma que fue por capacitación”. Enero.
  • La Jornada. 2026. “Arribo de avión militar de EE.UU. a Toluca reaviva debate sobre soberanía y seguridad”. Enero.
  • Federal Aviation Administration (FAA). 2026. NOTAMs on GNSS Interference and Military Activity in the Eastern Pacific and Mexican Airspace. Enero–marzo.
  • Defense News. 2025. “U.S. Northern Command expands intelligence, surveillance, and reconnaissance operations in the Western Hemisphere”. Diciembre.
  • Reuters. 2026. “U.S. military surveillance flights increase over Caribbean and Eastern Pacific amid regional tensions”. Enero.
  • U.S. Department of Defense. 2025. Posture Statement of U.S. Northern Command. Washington, D.C.
  • BBC Mundo. 2026. “Qué significa para México el aumento de la cooperación militar con Estados Unidos en seguridad e inteligencia”. Enero.
  • Noticias El Debate. (2025, 16 de marzo). Vladimir Putin destapa la agenda secreta de EE. UU.: EE. UU. planeó tomar Groenlandia desde 1860 [Video]. YouTube. https://youtu.be/Hn43gixuNb0.
  • Lancerau, Gillaume. (2025, March 29). Putin, Groenlandia y el gran reparto de la región ártica:su discurso en respuesta a Trump. El Grand Continent. https://legrandcontinent.eu/es/2025/03/29/putin-groenlandia-y-el-gran-reparto-de-la-region-artica-su-discurso-en-respuesta-a-trump/ 
  • SBH, R. A. (2026, January 19). Diputado llama a reconocer ya al Golfo de California como territorio mexicano. Aristegui Noticias. https://aristeguinoticias.com/1901/mexico/diputado-llama-a-reconocer-ya-al-golfo-de-california-como-territorio-mexicano/
  • Aguilar, C. A. S. (n.d.). El Golfo de California en su totalidad como aguas interiores o territoriales mexicanas. Retrieved January 20, 2026, from https://repositorio.uninav.edu.mx/items/f8232141-ec03-4d94-9827-8e9de23538db
  • Smith, D. (2025, February 7). ‘In a real sense, US democracy has died’: how Trump is emulating Hungary’s Orbán. The Guardian. https://www.theguardian.com/us-news/2025/feb/07/trump-viktor-orban-electoral-autocracy#:~:text=11%20months%20old-,’In%20a%20real%20sense%2C%20US%20democracy%20has%20died’:,Orb%C3%A1nisation%20of%20America%20has%20begun.


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*Ticker: Símbolo de cotización, en finanzas un código único conformado por una serie de letras y/o números que identifican un activo financiero específico —como una acción, fondo de inversión (EFT) o materia prima— que cotiza en una bolsa de valores. Actúa como la "matrícula" o "apodo" de la empresa para abreviar su nombre y facilitar la rápida identificación y negociación en los mercados, ya que evita confusiones con otras empresas de nombres similares.







El gato y las tierras del norte

Groenlandia marcada
Imagen creada con apoyo de inteligencia artificial.

Hay imágenes que no ilustran: delatan, denuncian.

No explican: acusan. La viñeta que acompaña este Paréntesis: Trump plantado sobre Groenlandia, con el dragón chino a un lado, el oso ruso al otro y una vulnerable Dinamarca —como la que puso de ejemplo de salud y bienestar el expresidente Andrés Manuel López Obrador, convirtiendo a México en el hazmerreír del mundo— no es una exageración gráfica ni una humorada coyuntural. Es una condensación brutal del momento histórico que estamos viviendo, una de esas escenas que, con trazo sencillo, dicen más que decenas de informes diplomáticos redactados con prudencia diplomática.

El mundo se recalienta, el hielo se retira, y con él retroceden también las últimas coartadas morales del orden internacional. Lo que emerge no es solo el océano Ártico: emerge un modo antiguo de hacer política global, actualizado con satélites, big data y lenguaje de “seguridad”. El mundo vuelve a dividirse entre quienes deciden y quienes son objetos y sujetos de decisiones arteras, más enfocadas en intereses creados que en el bienestar del planeta y de la gente que lo habita.

(Dicho entre paréntesis: nunca dejó de ser así, pero ahora ya ni siquiera se disimula).

Trump aparece en el centro de la escena como lo que siempre ha sido: no un ideólogo, sino un operador. El mismo hombre que llamó “patraña” al calentamiento global entendió —antes que muchos ambientalistas de discurso pulcro— que el deshielo del Ártico no es una hipótesis científica sino una oportunidad estratégica. No hay contradicción: hay cinismo funcional. Se puede negar el cambio climático para consumo interno y, al mismo tiempo, actuar como si fuera una certeza geopolítica.

Porque el hielo se derrite.
Y cuando el hielo se derrite, el mapa cambia.


Durante siglos, el Ártico fue un límite. Un margen inhóspito, una excusa cartográfica. Hoy es un atajo. Las rutas polares reducen semanas de navegación entre Asia y Europa. Bajo el suelo helado descansan tierras raras, hidrocarburos, minerales críticos para la transición energética y la industria militar. Sobre ese mismo hielo, ahora inestable, se despliegan —así sea como rancias ruinas, señas mustias de temores y certezas que se creían olvidados— radares, bases militares, aeropuertos, capacidades de proyección.

Controlar Groenlandia no es controlar una isla: es controlar el techo del mundo.

Pero Groenlandia no es solo geografía. Es también una sociedad pequeña, sí, pero con aspiraciones nacionales crecientes, cada vez menos dispuesta a verse como un simple protectorado danés-europeo. Reducirla a “territorio estratégico” es repetir el viejo error colonial: confundir baja densidad poblacional con inexistencia política. Quizá una salida que satisfaga a muchos —y por eso incomode a casi todos— sería el reconocimiento pleno de Groenlandia como nación soberana e independiente. Ello permitiría a los groenlandeses decidir con quién, cómo, cuántos y para qué se alían; disponer de sus recursos y determinar cómo beneficiarse de ellos. Algo muy similar a lo que ha alegado Taiwán para sí por décadas. Para Europa, sería un golpe maestro ético y estratégico, pero no sin costos: económicos, políticos y simbólicos. La autonomía real siempre incomoda más que la tutela cómoda.


Hablar de un mundo tripolar simplifica, pero no explica del todo.
Estados Unidos, Rusia y China son los grandes ejes, sí, pero alrededor de ellos se agitan actores que no quieren quedar relegados a comparsa.

Rusia y China no solo miran el Ártico: lo quieren. Moscú lo considera parte natural de su espacio vital euroasiático; Pekín lo llama, sin rubor, “ruta polar de la seda” y ya se autonombra un "país ártico" desde poco antes de la pandemia. A su alrededor, Noruega, Finlandia y Suecia refuerzan su atención hacia el norte; Gran Bretaña recalcula su rol atlántico; Canadá observa con inquietud; Irlanda también levanta la vista; Francia lo hace a través de Canadá; y España, envejecida demográfica y políticamente, intenta no soltar el cordón umbilical que aún la une a Hispanoamérica.

(Dicho con cierta crueldad: España quiere seguir siendo puente, pero cada vez se parece más a un muelle abandonado).

A esta cartografía conviene añadir una isla que suele pasar como nota al pie y no lo es: Islandia. No solo por su posición estratégica en el Atlántico norte, sino por su potencial geoenergético. Volcanes, fallas, calor interno. Energía casi inagotable en un mundo que dice abandonar los combustibles fósiles mientras pelea con ferocidad por los últimos restos. Islandia no es periferia: es laboratorio. Y como todo laboratorio, interesa a quienes piensan el planeta como campo de pruebas y no como hogar.

En el tablero europeo-africano aparece además una especulación incómoda: una posible presión —o incluso intervención— marroquí sobre las Islas Canarias, con beneplácito tácito de Washington. Control de rutas atlánticas, proyección africana, debilitamiento adicional de una España cansada. No es profecía ni conspiración: es geopolítica cuando los equilibrios se aflojan.


India, por su parte, no es solo demografía ni espiritualidad exótica para occidentales distraídos. Es potencia científica, tecnológica y espacial, con ambiciones claras de autonomía estratégica. Australia juega otro rol: el del aliado fiel, el peón avanzado del poder estadounidense en el Pacífico sur. No resulta descabellado preguntarse si Australia podría cumplir una función similar en la Antártida, ampliando de facto la influencia anglosajona en el “piso del mundo”. El Tratado Antártico resiste, pero cada nueva base, cada inversión, cada misión científica introduce hechos consumados.

Arriba, el Ártico. Abajo, la Antártida.
El planeta entero entra en disputa.

Y mientras tanto, bajo el Atlántico sur, la anomalía magnética crece, como si la propia Tierra quisiera recordarnos que no solo la política se desordena.


Nada de esto se mueve por democracia, derechos humanos o bienestar global.
Se mueve por dinero, por flujos, por control. Por la persistencia de una supremacía blanca que ya no se justifica moralmente, pero que se defiende estructuralmente. El discurso cambia; la jerarquía resiste.

Conviene decirlo sin eufemismos: Trump no piensa como estadista, piensa como mafioso. Control de territorio, control de rutas, control de dinero. Por eso la obsesión con México no es sanitaria ni moral. No le preocupa la salud del adicto estadounidense. Le preocupa quién controla el trasiego, quién lava, quién cobra peaje. El narcotráfico no es un “problema”: es un mercado. Y como todo mercado grande, debe ser regulado… o apropiado. Seguridad nacional es solo el nombre elegante de ese impulso. El muro no es frontera: es aduana.


Si Estados Unidos logra hacerse con Groenlandia —formalmente o mediante control efectivo— el precedente será devastador. China leerá esa señal en clave taiwanesa; Rusia, en clave postsoviética. No habrá grandes declaraciones. Bastarán silencios acordados, zonas grises, pactos tácitos. No hace falta una Tercera Guerra Mundial cuando el reparto puede hacerse sin ruido.

Laissez faire. Laissez passer.
Pero esta vez, a escala planetaria.


En este contexto, Venezuela no es anomalía sino caso de estudio. La última gran guerra de la Era del Petróleo. Una guerra sin bombas, de sanciones, desgaste, negociación a media luz. Un conflicto diseñado para no terminar nunca del todo, porque mientras dura, el botín sigue disponible.

(Bueno, al menos lo que de manera orquestada dejaron Rusos y Chinos luego de extraer la plata que les "correspondía" como pago de las deudas contraídas por Nicolás Maduro, es decir una industria minera y petrolera derruida, y a las que las petroleras y mineras estadounidenses terminarán de exprimir, como hicieron ataño en sitios como México antes de la expropiación de mil novecientos treinta y seis. Quien crea que las petroleras dejarán prosperidad comete un error infantil: dejarán migajas, dependencia y silencio. Es el canto del cisne del crudo, y como todo final de era, será sucio, enchapopotado).


El Caribe, por su parte, deja de ser “patio trasero”. Eso era cuando el mundo tenía fondo. Hoy el Caribe es muralla y atalaya. Un cinturón defensivo, una línea avanzada de control.

Estados Unidos ya lo hizo antes. Arrebató Cuba y Puerto Rico a España, no para liberar, sino para reorganizar su dominio. Martí lo vio con claridad trágica: “Viví en el monstruo, y le conozco las entrañas” —dijo en una de sus últimas cartas a su amigo Manuel Mercado, un día antes de morir en combate el dieciocho de mayo de mil ochocientos noventa y cinco, aludiendo a su profundo conocimiento de la sociedad estadounidense tras vivir allí y su lucha contra la amenaza del imperialismo yanqui en Hispanoamérica.

Después vinieron la política bananera, Batista, la corrupción inducida, la miseria administrada por las mafias irlandesas, italianas, bostonianas, cubanas, remanentes de la Gran Depresión. La pregunta incómoda es si la película se repetirá. Si Díaz-Canel —o quien le siga— será otro capítulo del mismo guion. Si Panamá volverá a ser “recuperada” en nombre de una seguridad que siempre es ajena. Si Jamaica y Haití seguirán a la deriva, hundidas en hambre y discriminación racial extrema, o si serán incorporadas como bloques del gigantesco arrecife defensivo de las Américas trumpianas.

Nada indica que el nuevo orden sea más piadoso que los anteriores.


La ley internacional ya no es siquiera decorado: es utilería. Se saca a escena cuando conviene, se guarda cuando estorba. El mundo no se rige por normas, sino por correlaciones de fuerza, como en los albores del imperio, como en el siglo XIX, como siempre que la historia decide dar marcha atrás sin avisar.

Groenlandia no es el problema. Es el síntoma. El síntoma de un planeta repartido mientras arde. De potencias que discuten soberanía ajena mientras privatizan el futuro. De ciudadanos convertidos en piezas menores, contables, prescindibles. Que, como en Irán, pueden manifestarse con permiso del ayatolah a sabiendas de que apenas abran la boca la represión les costará la vida, a menos que el régimen sea rebasado por el hartazgo de una generación más dispuesta a gozar el ahora que a deberle a los intérpretes de Alá el destino de sus posibilidades y de sus sueños.

Y mientras tanto —para distraer, para confundir, para mantener la sensación de que “algo se hace”— se abren archivos ovni, se filtran supuestas bases submarinas alienígenas, se agita la Agenda 2030 como si fuera profecía o amenaza. Puro ruido. Pura cortina.

(Dicho entre paréntesis, y no tan entre paréntesis: si olvidamos el calendario gregoriano y recordamos que Jesús nació alrededor del año menos cuatro, entonces dos mil veintiséis ya es dos mil treinta. ¡Huy qué miedo! El apocalipsis nos alcanzó. ¡Vaya la Generación X corriendo a Costco, a adquirir sus galletas Soylent Green, mientras los de mi generación nos formamos en la transportadora que nos procesará en lo que sus paladares degustarán pronto. El futuro no viene: ya está aquí, solo que mal repartido).

Este Paréntesis no busca tranquilizar a nadie. Busca incomodar. Porque quien aún duerme creyendo que estas decisiones no le afectan, omite que ya es daño colateral de lo decidido, haga lo que haga. Y no estuvo en la mesa ni como convidado de piedra.

El Tesoro de los Espejos: Verdad Sintética y el Fin del Juego en Venezuela



La captura de Nicolás Maduro el 3 de enero de 2026 no pasará a la historia como el gran enfrentamiento bélico que muchos profetizaron. Al contrario, lo que el mundo presenció fue una coreografía de silencios, una entrega pactada y una asombrosa "tranquilidad" por parte del ahora prisionero en Nueva York. Esa calma, casi cínica, no es la de un hombre derrotado, sino la de quien sabe que el botín ya no está en el fuerte. Lo que Estados Unidos ha tomado es la cáscara; el contenido ya ha sido liquidado.

El Mensaje en el Píxel: La Verdad detrás del "Fake"
Para entender este desenlace, debemos volver la vista a diciembre de 2024. En aquel entonces, un video protagonizado por un avatar de inteligencia artificial —un analista chino— filtró información sobre la retirada masiva de las reservas de plata venezolanas por parte de Rusia y China. Las plataformas digitales, encabezadas por Facebook, no tardaron en censurarlo, tachándolo de fake news y desinformación.
Sin embargo, aquí reside una de las claves de la comunicación moderna: la censura de las plataformas suele ser el primer indicio de que se ha tocado una fibra sensible. En un ecosistema saturado, la filtración de inteligencia real suele disfrazarse de simulacro digital. Un video hecho con IA no es necesariamente una mentira; a menudo es el único refugio para una verdad que, de ser dicha por un humano, costaría la vida. Solo los analistas perspicaces notaron que, mientras el video era eliminado, el mercado de la plata comenzaba un rally que hoy ha explotado. El "analista sintético" no mentía: las arcas estaban siendo vaciadas ante los ojos de un mundo distraído por la etiqueta de "falso".

El Nuevo Oro Digital: Plata y Supremacía Tecnológica
La importancia de esta huida de la plata no es meramente financiera; es una cuestión de supervivencia en la carrera tecnológica. Hoy, la plata es un componente crítico para la infraestructura digital de vanguardia, desde semiconductores avanzados hasta hardware para Inteligencia Artificial. En la guerra por el control de las tierras raras y los materiales estratégicos, China ha asegurado un suministro de plata que es vital para fabricar el mañana. Mientras Occidente celebraba una victoria política, Pekín se llevaba el combustible metálico necesario para ganar la carrera de la IA. Quien controla la plata, controla la conductividad del futuro.

Una Moderna "Guerra de los Pasteles" y el Factor Mexicano
Este escenario evoca irremediablemente una analogía histórica con el México del siglo XIX. Estamos presenciando lo que bien podría llamarse una "Moderna Guerra de los Pasteles". Al igual que en 1838, cuando las reclamaciones económicas sirvieron de pretexto para una intervención por el control de la soberanía, hoy la protección de intereses extranjeros ha servido de combustible para el desenlace venezolano.
En este contexto, la propuesta de la presidenta Claudia Sheinbaum de posicionar a México como mediador adquiere una lectura de urgencia doméstica. Al "ver las barbas de su vecino cortar", el gobierno de la 4T entiende que la presión que Donald Trump ejerce sobre México —en temas comerciales y de seguridad— podría escalar bajo la misma retórica intervencionista. México no solo ofrece mediación por diplomacia, sino por instinto de preservación: busca frenar un precedente donde Washington decida "hacerse cargo" unilateralmente de los activos estratégicos de sus vecinos bajo el pretexto de una crisis institucional.
El Reparto del Botín: China, Rusia e Irán
La geopolítica de los últimos días confirma que la salida de la plata fue el "seguro de retiro" del régimen y el cobro de facturas de sus aliados:

 * China y Rusia: No se quedaron a defender un territorio que ya no podía pagar sus deudas. Al asegurar las reservas físicas de plata antes de la intervención estadounidense, liquidaron sus activos. Se llevaron la riqueza tecnológica, dejando a Washington con el activo pesado y problemático: el petróleo.

 * Irán: El apoyo logístico y tecnológico que Teherán brindó para burlar sanciones se evaporó silenciosamente. La falta de respuesta de los sistemas defensivos sugiere que ellos también recogieron sus piezas del tablero semanas antes de la captura.

El Silencio de los Fusiles: ¿Traición o Negociación?
Resulta casi inverosímil que la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB) no disparara un solo cartucho. La inacción militar no es cobardía, es un acuerdo. La tranquilidad de Maduro al ser escoltado refuerza la sospecha de que el alto mando militar negoció su propia inmunidad a cambio de entregar la llave de Miraflores. El ejército no peleó por un cofre que ya estaba vacío; simplemente dejó pasar al nuevo dueño.

María Corina Machado y el Dilema de la Estabilidad
Con la captura de Maduro, el escenario para María Corina Machado se vuelve determinante para la estabilidad de la región. Mientras ella personifica la legitimidad civil y la esperanza de una transición democrática, se enfrenta al reto de gobernar bajo la sombra de un tutelaje directo de Washington. La estabilidad política de Venezuela dependerá de su capacidad para maniobrar entre las exigencias de Trump —quien ya ha reclamado el control del petróleo— y la necesidad de una soberanía real que no convierta al país en una simple base de operaciones extractivas. Su papel es evitar que el vacío dejado por el chavismo sea llenado únicamente por intereses corporativos externos.

El Choque de los BRICS y la Última Guerra del Petróleo
Estamos ante una de las últimas grandes guerras de la era de los hidrocarburos, pero también ante el campo de batalla de la desdolarización. El bloque de los BRICS+, liderado por China y Rusia, ha estado impulsando un sistema financiero alternativo al SWIFT, apoyado en monedas digitales y activos respaldados por metales. La extracción de la plata venezolana no fue solo un cobro de deuda, sino un movimiento para fortalecer la liquidez de estas nuevas arquitecturas financieras lejos del control del Tesoro estadounidense.
Al declarar que "EE. UU. se hará cargo" del petróleo venezolano, Trump busca asfixiar la competitividad industrial de China e India, cortando el flujo de energía barata negociada en monedas locales o criptoactivos. Es una lucha por obligar al mundo a volver al dólar justo cuando las monedas digitales de los bancos centrales (CBDC) del bloque oriental amenazan con hacerlo irrelevante.

Conclusión
La captura de Maduro es el cierre de una liquidación por quiebra. Los aliados estratégicos se llevaron la plata; los militares compraron su libertad con silencio; y Estados Unidos se queda con un país en ruinas y un petróleo que el mundo empieza a dejar de usar. Al final, el video de IA que todos llamaron "mentira" terminó siendo el mapa más preciso de la realidad. En la era de la desinformación, la verdad no se encuentra en las noticias oficiales, sino en los indicios que el sistema intenta censurar.