El gato y las tierras del norte

enero 13, 2026 Santoñito Anacoreta 0 Comments

Groenlandia marcada
Imagen creada con apoyo de inteligencia artificial.

Hay imágenes que no ilustran: delatan, denuncian.

No explican: acusan. La viñeta que acompaña este Paréntesis: Trump plantado sobre Groenlandia, con el dragón chino a un lado, el oso ruso al otro y una vulnerable Dinamarca —como la que puso de ejemplo de salud y bienestar el expresidente Andrés Manuel López Obrador, convirtiendo a México en el hazmerreír del mundo— no es una exageración gráfica ni una humorada coyuntural. Es una condensación brutal del momento histórico que estamos viviendo, una de esas escenas que, con trazo sencillo, dicen más que decenas de informes diplomáticos redactados con prudencia diplomática.

El mundo se recalienta, el hielo se retira, y con él retroceden también las últimas coartadas morales del orden internacional. Lo que emerge no es solo el océano Ártico: emerge un modo antiguo de hacer política global, actualizado con satélites, big data y lenguaje de “seguridad”. El mundo vuelve a dividirse entre quienes deciden y quienes son objetos y sujetos de decisiones arteras, más enfocadas en intereses creados que en el bienestar del planeta y de la gente que lo habita.

(Dicho entre paréntesis: nunca dejó de ser así, pero ahora ya ni siquiera se disimula).

Trump aparece en el centro de la escena como lo que siempre ha sido: no un ideólogo, sino un operador. El mismo hombre que llamó “patraña” al calentamiento global entendió —antes que muchos ambientalistas de discurso pulcro— que el deshielo del Ártico no es una hipótesis científica sino una oportunidad estratégica. No hay contradicción: hay cinismo funcional. Se puede negar el cambio climático para consumo interno y, al mismo tiempo, actuar como si fuera una certeza geopolítica.

Porque el hielo se derrite.
Y cuando el hielo se derrite, el mapa cambia.


Durante siglos, el Ártico fue un límite. Un margen inhóspito, una excusa cartográfica. Hoy es un atajo. Las rutas polares reducen semanas de navegación entre Asia y Europa. Bajo el suelo helado descansan tierras raras, hidrocarburos, minerales críticos para la transición energética y la industria militar. Sobre ese mismo hielo, ahora inestable, se despliegan —así sea como rancias ruinas, señas mustias de temores y certezas que se creían olvidados— radares, bases militares, aeropuertos, capacidades de proyección.

Controlar Groenlandia no es controlar una isla: es controlar el techo del mundo.

Pero Groenlandia no es solo geografía. Es también una sociedad pequeña, sí, pero con aspiraciones nacionales crecientes, cada vez menos dispuesta a verse como un simple protectorado danés-europeo. Reducirla a “territorio estratégico” es repetir el viejo error colonial: confundir baja densidad poblacional con inexistencia política. Quizá una salida que satisfaga a muchos —y por eso incomode a casi todos— sería el reconocimiento pleno de Groenlandia como nación soberana e independiente. Ello permitiría a los groenlandeses decidir con quién, cómo, cuántos y para qué se alían; disponer de sus recursos y determinar cómo beneficiarse de ellos. Algo muy similar a lo que ha alegado Taiwán para sí por décadas. Para Europa, sería un golpe maestro ético y estratégico, pero no sin costos: económicos, políticos y simbólicos. La autonomía real siempre incomoda más que la tutela cómoda.


Hablar de un mundo tripolar simplifica, pero no explica del todo.
Estados Unidos, Rusia y China son los grandes ejes, sí, pero alrededor de ellos se agitan actores que no quieren quedar relegados a comparsa.

Rusia y China no solo miran el Ártico: lo quieren. Moscú lo considera parte natural de su espacio vital euroasiático; Pekín lo llama, sin rubor, “ruta polar de la seda” y ya se autonombra un "país ártico" desde poco antes de la pandemia. A su alrededor, Noruega, Finlandia y Suecia refuerzan su atención hacia el norte; Gran Bretaña recalcula su rol atlántico; Canadá observa con inquietud; Irlanda también levanta la vista; Francia lo hace a través de Canadá; y España, envejecida demográfica y políticamente, intenta no soltar el cordón umbilical que aún la une a Hispanoamérica.

(Dicho con cierta crueldad: España quiere seguir siendo puente, pero cada vez se parece más a un muelle abandonado).

A esta cartografía conviene añadir una isla que suele pasar como nota al pie y no lo es: Islandia. No solo por su posición estratégica en el Atlántico norte, sino por su potencial geoenergético. Volcanes, fallas, calor interno. Energía casi inagotable en un mundo que dice abandonar los combustibles fósiles mientras pelea con ferocidad por los últimos restos. Islandia no es periferia: es laboratorio. Y como todo laboratorio, interesa a quienes piensan el planeta como campo de pruebas y no como hogar.

En el tablero europeo-africano aparece además una especulación incómoda: una posible presión —o incluso intervención— marroquí sobre las Islas Canarias, con beneplácito tácito de Washington. Control de rutas atlánticas, proyección africana, debilitamiento adicional de una España cansada. No es profecía ni conspiración: es geopolítica cuando los equilibrios se aflojan.


India, por su parte, no es solo demografía ni espiritualidad exótica para occidentales distraídos. Es potencia científica, tecnológica y espacial, con ambiciones claras de autonomía estratégica. Australia juega otro rol: el del aliado fiel, el peón avanzado del poder estadounidense en el Pacífico sur. No resulta descabellado preguntarse si Australia podría cumplir una función similar en la Antártida, ampliando de facto la influencia anglosajona en el “piso del mundo”. El Tratado Antártico resiste, pero cada nueva base, cada inversión, cada misión científica introduce hechos consumados.

Arriba, el Ártico. Abajo, la Antártida.
El planeta entero entra en disputa.

Y mientras tanto, bajo el Atlántico sur, la anomalía magnética crece, como si la propia Tierra quisiera recordarnos que no solo la política se desordena.


Nada de esto se mueve por democracia, derechos humanos o bienestar global.
Se mueve por dinero, por flujos, por control. Por la persistencia de una supremacía blanca que ya no se justifica moralmente, pero que se defiende estructuralmente. El discurso cambia; la jerarquía resiste.

Conviene decirlo sin eufemismos: Trump no piensa como estadista, piensa como mafioso. Control de territorio, control de rutas, control de dinero. Por eso la obsesión con México no es sanitaria ni moral. No le preocupa la salud del adicto estadounidense. Le preocupa quién controla el trasiego, quién lava, quién cobra peaje. El narcotráfico no es un “problema”: es un mercado. Y como todo mercado grande, debe ser regulado… o apropiado. Seguridad nacional es solo el nombre elegante de ese impulso. El muro no es frontera: es aduana.


Si Estados Unidos logra hacerse con Groenlandia —formalmente o mediante control efectivo— el precedente será devastador. China leerá esa señal en clave taiwanesa; Rusia, en clave postsoviética. No habrá grandes declaraciones. Bastarán silencios acordados, zonas grises, pactos tácitos. No hace falta una Tercera Guerra Mundial cuando el reparto puede hacerse sin ruido.

Laissez faire. Laissez passer.
Pero esta vez, a escala planetaria.


En este contexto, Venezuela no es anomalía sino caso de estudio. La última gran guerra de la Era del Petróleo. Una guerra sin bombas, de sanciones, desgaste, negociación a media luz. Un conflicto diseñado para no terminar nunca del todo, porque mientras dura, el botín sigue disponible.

(Bueno, al menos lo que de manera orquestada dejaron Rusos y Chinos luego de extraer la plata que les "correspondía" como pago de las deudas contraídas por Nicolás Maduro, es decir una industria minera y petrolera derruida, y a las que las petroleras y mineras estadounidenses terminarán de exprimir, como hicieron ataño en sitios como México antes de la expropiación de mil novecientos treinta y seis. Quien crea que las petroleras dejarán prosperidad comete un error infantil: dejarán migajas, dependencia y silencio. Es el canto del cisne del crudo, y como todo final de era, será sucio, enchapopotado).


El Caribe, por su parte, deja de ser “patio trasero”. Eso era cuando el mundo tenía fondo. Hoy el Caribe es muralla y atalaya. Un cinturón defensivo, una línea avanzada de control.

Estados Unidos ya lo hizo antes. Arrebató Cuba y Puerto Rico a España, no para liberar, sino para reorganizar su dominio. Martí lo vio con claridad trágica: “Viví en el monstruo, y le conozco las entrañas” —dijo en una de sus últimas cartas a su amigo Manuel Mercado, un día antes de morir en combate el dieciocho de mayo de mil ochocientos noventa y cinco, aludiendo a su profundo conocimiento de la sociedad estadounidense tras vivir allí y su lucha contra la amenaza del imperialismo yanqui en Hispanoamérica.

Después vinieron la política bananera, Batista, la corrupción inducida, la miseria administrada por las mafias irlandesas, italianas, bostonianas, cubanas, remanentes de la Gran Depresión. La pregunta incómoda es si la película se repetirá. Si Díaz-Canel —o quien le siga— será otro capítulo del mismo guion. Si Panamá volverá a ser “recuperada” en nombre de una seguridad que siempre es ajena. Si Jamaica y Haití seguirán a la deriva, hundidas en hambre y discriminación racial extrema, o si serán incorporadas como bloques del gigantesco arrecife defensivo de las Américas trumpianas.

Nada indica que el nuevo orden sea más piadoso que los anteriores.


La ley internacional ya no es siquiera decorado: es utilería. Se saca a escena cuando conviene, se guarda cuando estorba. El mundo no se rige por normas, sino por correlaciones de fuerza, como en los albores del imperio, como en el siglo XIX, como siempre que la historia decide dar marcha atrás sin avisar.

Groenlandia no es el problema. Es el síntoma. El síntoma de un planeta repartido mientras arde. De potencias que discuten soberanía ajena mientras privatizan el futuro. De ciudadanos convertidos en piezas menores, contables, prescindibles. Que, como en Irán, pueden manifestarse con permiso del ayatolah a sabiendas de que apenas abran la boca la represión les costará la vida, a menos que el régimen sea rebasado por el hartazgo de una generación más dispuesta a gozar el ahora que a deberle a los intérpretes de Alá el destino de sus posibilidades y de sus sueños.

Y mientras tanto —para distraer, para confundir, para mantener la sensación de que “algo se hace”— se abren archivos ovni, se filtran supuestas bases submarinas alienígenas, se agita la Agenda 2030 como si fuera profecía o amenaza. Puro ruido. Pura cortina.

(Dicho entre paréntesis, y no tan entre paréntesis: si olvidamos el calendario gregoriano y recordamos que Jesús nació alrededor del año menos cuatro, entonces dos mil veintiséis ya es dos mil treinta. ¡Huy qué miedo! El apocalipsis nos alcanzó. ¡Vaya la Generación X corriendo a Costco, a adquirir sus galletas Soylent Green, mientras los de mi generación nos formamos en la transportadora que nos procesará en lo que sus paladares degustarán pronto. El futuro no viene: ya está aquí, solo que mal repartido).

Este Paréntesis no busca tranquilizar a nadie. Busca incomodar. Porque quien aún duerme creyendo que estas decisiones no le afectan, omite que ya es daño colateral de lo decidido, haga lo que haga. Y no estuvo en la mesa ni como convidado de piedra.

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