¡ABURRIMIENTO?

Seguro te ha pasado que de pronto, en una relación (y mira quien habla, quien jamás ha tenido una relación de pareja) llegas a una etapa de aburrimiento.

¡Aburrir! Todo depende del cristal con que lo mires. Las cosas no aburren por sí mismas ni las personas, es uno el que da y quita el valor, el significado, ya por sobrevaluar o por minusvaluar, la rutina no es un accidente eventual, ocasional, es de todos los días, sólo que de pronto, en algún momento, caemos en cuenta de ella y creemos que todo se ha devaluado y perdido interés para nosotros. Es entonces cuando hay que reinventar y reinventarse... fluyendo, disfrutando, dejándose ser, dejando a las personas y las cosas ser, caer por su propio peso, ya para arraigarse o para pudrirse.

Humores no siempre son amores


Siguiendo el hilo de una situación o incidente que publiqué ayer en Facebook y en mi blog "Apuntes de un seductor atolondrado", ya sin necesidad de mencionar a la persona involucrada (que espero lea esto), retomo su respuesta a mi publicación:

"Hasta la vista. Espero que mejores la calidad de tus bromas y que te informes antes de publicar tus comentarios".

Cabe señalar que ese "Hasta la vista", por ahora no ha implicado que me "borre" de sus amistades (ya lo verifiqué); puede ser interpretado como "ya no me interesa leerte", "vete al demonio", una cortés despedida y mil maneras más.

Siempre agradezco, por muy agrias que puedan a veces ser las respuestas de lectores, curiosos, amigos, colegas, musas, etcétera, la información que me proveen para nutrir estos apuntes. Esto no significa que yo no tenga la creatividad y recursos suficientes para publicar aquí y allá alrededor de muchos temas. Basta dar una vuelta por la casi veintena de blogs creados por mí, escritos por mí, editados por mí, publicitados por mí, administrados por mí, gestionados por mí, sin mencionar los menos en los que he colaborado o colaboro, siempre sin ganar más que los pocos centavos de algunos clicks que pueden hacer los visitantes a los anuncios.

La reflexión ahora va en dos líneas: "Espero que mejores la calidad de tus bromas".


Si algo siempre he tenido claro es que nadie es monedita de oro o perita en dulce para caerle bien a todo mundo, que en gustos se rompen géneros y que cada cual tiene su muy particular sentido del humor y este no siempre ni necesariamente puede o debe empatar con el de tal o cual grupo o persona.

Yo dije ayer que soy ocurrente, provengo de familia ocurrente. Jamás dije que sea un escritor humorista o comediógrafo. Mucho menos payaso, cómico o comediante. Entiendo y he practicado la escritura del chiste, ya para hacer guiones o para vestir a mis personajes. Y tengo claro que no es la más sencilla ni la más gratificante de las tareas. Hacer llorar es más "fácil" que hacer reír. No basta apelar o adoptar una actitud positiva, feliz, optimista, juguetona para arrancar ya no digamos la risa, sino apenas la sonrisa de alguien.

El buen humor es la más humana de nuestras expresiones y el más determinante indicio de la inteligencia. Y no lo digo yo, lo han dicho muchos antes que yo, de esos gigantes del pensamiento en cuyos hombros muchos quisiéramos posarnos para otear el horizonte.

Que tú, él, ella me digan "espero que mejores la calidad de tus bromas" me hace pensar en cuántas veces yo mismo he sido objetivo de las vaciladas, burlas, gracejadas de propios y ajenos y jamás he chistado. Me han puesto motes, me han caricaturizado, han hecho remedo de mis modos, señalado irónicamente mis defectos y jamás, desde niño, he reaccionado si no es comprendiendo que tal tiene sangre pesada o cual es un chinga quedito, etcétera. Jamás me había tocado que alguien me dijera algo así, y vaya que he topado con gente atufada, severa, intolerante, de piel delgada en contraste con la mía que los años han engrosado y engrasado para que reboten y se resbalen los "insultantes dardos de la fortuna", citando a Hamlet.

Si me lo dice desde el punto de vista estrictamente literario, bueno. Aún así, como todo, tomo las cosas como de quien vienen. Si me lo dijera un experto humorista, me detendría a estudiar mejor las fórmulas literarias conocidas para conseguir el texto hilarante, aun a sabiendas de que ni siquiera los mismos Moliere, Aristófanes, Ionesco, Jardiel Poncela, Chaplin, Tin Tan, Shakespeare o Cervantes logran o han logrado generar simpatía en todos los espectadores. He visto a gente desternillarse de risa con un film de Buster Keaton, con su carota, y a quien, ante un sketch de Eugenio Derbez, pone más gesto de palo que el mismo mimo. Pero, si el comentario es de otra índole, entonces tendría yo que pensar en volverme a meter al molde del vientre de mi madre y solicitar un "update", que actualice y mejore la calidad de la  versión 50.5.2 del widget o el gadget de mi existencia, de mi manera de ser, incluidas mis bromas, quizá consiga una versión avanzada del "Hombre Bicentenario" más parecida a Robin Williams.

El otro tema que mueve a reflexionar estos torpemente seductores apuntes es la segunda parte de la respuesta: "[...] que te informes antes de publicar tus comentarios".

Ya me veo a mí, preguntando aquí, en las dinámicas redes sociales, como haría en la calle: "¡Oiga, usted! ¿Qué quiso decir con tal publicación? ¿Cuál es el fundamento de su dicho o del hecho que hace público en su estado o en su cara?", para obtener la información elemental a partir de la cual decir en un comentario que estoy de acuerdo o en desacuerdo, que me resulta gracioso, etcétera. Ya quiero ver a la persona dándome santo y seña para instruirme y orientar mi opinión y expresarla de manera "informada" y "al gusto del consumidor", comenzando con ella. Y sin embargo, cuando ha sido necesario lo he hecho, por lo general mediante correo privado, sobre todo en tratándose de temas de interés público, porque del privado, ese, cada quién sabemos lo que cargamos en el costal y las tonterías o la lucidez que publicamos. Pero... ¿dónde queda la espontaneidad tan característica de la dinámica social?

Esta misma persona, a quien estimo y respeto, ayer anotó: "[...] Siempre se los digo a mis alumnos: piensen lo que escriben en Redes Sociales, infórmense antes de opinar y no hagan mofa del trabajo de los demás".


Puedo decir que, desde un ámbito educacional, esa es la instrucción correcta. ¡Estudiantes, hagan caso! Pero... (me encantan los peros, las peras y las canciones de Perales). Eso de "piensen lo que escriben" va mucho más allá de la sola ortografía, tan importante y menoscabada en estos medios. Tiene que ver con el orden de las ideas, aún más que con la "información" que las sostiene. La información hoy es lo que abunda, en contraste con la formación. La información básica está en lo que se va diciendo, cada letra, cada signo, cada estructura gramatical ya nos da la información elemental susceptible de desatar la opinión. El problema no está en la tarea de opinar, porque la opinión no forma juicio, así como el gustar o no de tal o cual gracejada de equis persona no nos erige en especialistas en chistología. Y el mismo gustar requiere de la experiencia previa y la "información" fundamental que acomoda la percepción. Pienso en quien dice: "no me gusta comer grillos", cuando ni siquiera los ha probado. En este caso, yo probé la publicación como a los grillos y emití el comentario que relaté en la vez anterior. Mi colega probó mi humor y concluyó que no comulga con él. Cada quién. En adelante, si vuelvo a comentar en sus espacios, ya sé que sólo tolera cierto tono y temática. En esto de ir conociendo a la gente no hay mejor y más arduo método que el del ensayo y el error.

Algo que es muy común en el ambiente de la academia y la investigación, y de manera muy acusada en las Ciencias Sociales es la pedantería con que llegamos a veces a exponer nuestros hallazgos, los que queremos seguir invistiendo de ley, sucedáneo de la severa "exactitud" de la naturaleza, cuando lo menos preciso que hay es el ser humano y su quehacer. Pero (de nuevo un pero), en el caso del fenómeno comunicativo son muy característicos aquellos refranes: "en casa del jabonero, quien no cae, resbala"; "en casa del herrero, azadón de palo". Por eso, a diferencia de mi colega, yo he preferido enseñar a mis estudiantes en su momento, a contrapelo y aún bajo la máxima que aprendí mientras estudié Ingeniería en Sistemas Electrónicos (matriz de las Ciencias de la Comunicación, aunque pese a muchos): así como el programador, en comunicación has tus mensajes a prueba de pendejos.

¿Qué significa "a prueba de pendejos"?  Dejo abierto el paréntesis...

De por qué río mientras muero o viceversa


En el umbral de la eternidad,
Vincent Van Gogh, 1890
Sé que hay quienes, amigos, ex alumnos y hasta familiares, me han tachado de severo, ora por mi manera de expresarme que algunos etiquetan de "choros mareadores", ora por mis silencios que pueden ser prolongados e incómodos, espacios mentales para la observación y la meditación; ora por mi necedad y tozudez, por mi manera de pensar; ora por mi afán de discutir lo que consideran indiscutible, por examinar y analizar lo que se antoja evidente aun cuando eso no dé carácter de prueba a las cosas; ora por mis definidos gustos, en especial respecto de las mujeres; ora por mi manera de disfrutar esto o aquello, ora por mi apego a ciertas normas, ora por mi afán de romper esas mismas reglas, ora por intentar sumarme al gremio, ora por aislarme de los otros para perfilar mi particular y propio mundo.

Y no faltan los que, incapaces de comprender el prurito en mi alma o un simple vocablo o la construcción de tal o cual argumento, se lleve una frase o varias, me encasillan así o asá. Y esos mismos que presumen de una liberalidad y de una modernidad a prueba de atavismos, justicieros contra ese o aquél, con respecto de mi persona se muestran rigurosos y pretenden cortarme con el cartabón de lo socialmente aceptado, del "sentido común" y ante mi resistencia acaban por envolverme en el halo del hereje, del apóstata, del proscrito, del rebelde, del equivocado, del loco de la colina. Incluso no faltarán quienes lean en estas líneas lo que describirán como el "discurso dramático del aspirante a mártir", "la queja de la víctima perenne de las circunstancias". Río... ¡Río!

Me veré socrático. Sólo sé que no sé nada; que no soy nadie, y por lógica soy alguien. Un alguien con un corazón enchido de amor, necesitado de amor. Un amor que entrego a cuentagotas en cada signo que pienso, escribo, vivo, a veces a mansalva. Y me veré cartesiano, porque ese alguien amante tanto como amable en cada expresión desata su pensar que es tanto como gritar su existir. Y me veré sartriano. Pues tal existencia, al fin y al cabo, sólo tiene un derrotero: la nada, la muerte. Esa nada donde todo justifica la transición que está implícita en la muerte.

Cada vez que escribo, yo vivo y viviendo existo y si existo, al menos para el espacio donde queda plasmada mi expresión, es porque voy muriendo poco a poco, letra tras letra. Y así como hay un punto final, en él está el potencial de un nuevo comienzo.

Aquella persona que verdaderamente se atreve a desvelar el misterio tras de mis líneas, mis verdes líneas,  en este o en mis otros blogs, jamás topa con pared ni con un abismo infranqueables.

¡Tú!, afirmas que sabes leer, pero, si, tolerante de mí, has llegado hasta este párrafo ¿sabes leer lo que hay más allá de mis largos, ruidosos silencios como este que ahora termino, creo, con un signo de interrogación?

Muero. Renaceré en la siguiente página en blanco.