DIEZ RAZONES

noviembre 02, 2009 Santoñito Anacoreta 0 Comments

La siguiente meditación fue provocada por el audiovisual que aparece abajo. Dejo a tu criterio, amable lector, las conclusiones muy personales y la libertad para hacer cuantos comentarios quieras. Perdona la falta de imágenes ilustrativas y capaces de hacer más llevadera la extensión, pero en este caso la palabra basta para pintar; al menos eso espero.
Primero. Me sorprenden los créditos, pues me ubican la realización de este audiovisual en Argentina, mientras la voz se me hace muy conocida. Si no es Jorge Guzmán, locutor de mi camada, colega, y miembro de la estación de radio mexicana El Fonógrafo (muy del agrado de mi madre y mío), cuyo giro especial es la música del recuerdo (boleros, baladas de los años 30 al 70); si no es él, se parece muchísimo.
Segundo. Por audiovisuales como este es que luego no hago demasiado caso a los mensajes de "autoayuda", las intervenciones coloquiales que buscan animarlo a uno. No quiero decir con esto, insisto, que no valoro su peso, el cierto grado de verdad y razón que pueden encerrar y encierran en muchos casos, como este. Lo que quiero expresar es que cada cual toma de cada mensaje, como de la moda, lo que le acomoda. Y desafortunadamente no siempre es lo mismo que tomaría aquél o aquélla. Y eso es lo rico de ser humano, la diferencia, para empezar, de criterios.
Tercero. El eufemismo "no estás deprimido, estás distraído" es una invitación a la negación, una de las etapas del duelo. Reconozco que es una invitación más constructiva que otras que puede haber. Pero no es conveniente olvidar que la depresión es una enfermedad, mientras que la distracción es una actitud. Dos cosas jamás concomitantes.
Cuarto. Sí, sí, comulgo con mucho de lo dicho en este y otros mensajes. Sobre todo con la idea de reconciliarse con uno mismo, en recobrar o reforzar el amor por uno mismo para poder amar al prójimo. Igualmente que nada ni nadie es de ninguno, y por lo tanto la pérdida (en cuanto a despojo de lo poseído) es una falacia. Pero en el duelo, la pérdida, al menos en mi caso, no es por lo que tuve o dejé de tener, sino por el vacío que definitivamente queda en el corazón y en la vida. No es el espacio físico, no es el hueco en el sofá, la huella en la cama, la silla desocupada, la mamá de Toño o la de sus hermanas, la abuela... Es mucho más profundo y existencial, sobre todo cuando el apego, la simbiosis con la persona amada ha sido la raíz de lo que uno es y ha sido y espeRABA ser.
Quinto, Sí, estoy deprimido, incluso a veces ciclotímico. Sí, estoy también distraído, no rindo igual, todo mi mundo se acabó como lo conocía. De pronto no sólo me encuentro SOLO (y esto es muuuucho más que una simple palabra descriptiva de MI situación), sino confrontado conmigo. Debo construir una vida. No una vida nueva, no reconstruir, como puede hacerlo el viudo, el divorciado, el que cortó con la novia, el desempleado, todos los que tienen de una u otra forma un apoyo en la mascota, en la pareja, en la familia inmediata, en los hijos...
En mi caso muy particular, nadie en realidad me Necesita y aunque suene duro, la verdad es que podría morir dentro de una hora y a nadie haría Falta, por más que mis poquísimos allegados, o familiares con quienes casi no tengo contacto me digan lo contrario. No es igual ser considerado por los otros que ser necesitado. Entiendo que les "faltaría" como el amigo o el tío o el hermano, y eso es muy importante, pero estoy seguro (pues es ley de vida) más pronto que tarde pasaría a ser el recuerdo, el retrato, la anécdota. Claro que muchos dirán, "sucederá en tí lo mismo en relación con tu madre". Es posible, y sólo el tiempo lo dirá, pues no es asunto de voluntarismo, y quien así lo crea, que me perdone pero es un cretino y un cínico, y también por ello muy respetable.
Sexto. Muchas de las cosas contenidas en mensajes como este yo mismo las he dicho a otros, muchos de mis alumnos lo pueden atestiguar. Pero no se ven igual los toros desde la barrera, desde galería que desde el centro del ruedo. Siempre lo he sabido, pero ahora lo confirmo. Parafraseando a la poetiza en su descripción de la rosa, vivir es padecer es sufrir es morir. Para aprender a morir se debe aprender a vivir, y viceversa. La vida con toda su salud y su enfermedad se padece día a día y duele; duele la lágrima de la madre primeriza feliz al tener a su hijo entre los brazos, como duele la lágrima del individuo que despide por última vez a su ser más amado. Y sí, muerte es mudanza es cambio es transición. En lo material y en lo espiritual. En lo social y especialmente en el ámbito de la persona.
Séptimo. Es filosofía de vida la misma muerte. Es filosofía de muerte la misma vida. Llevaban razón Heidegger, Kierkegaard, Hume, Unamuno, Ortega y Gasset... La circunstancia, conglomerado de situaciones, nos determina pero no nos enclaustra. Somos y estamos para la nada. Ahí radica la humildad de nuestra condición mundana. Ahí radica nuestra humanidad.
Octavo. Las cenizas de mi madre me aterrizan, son arena fértil sobre la que la memoria resguarda la semilla de lo que seré, de lo que anhelo. Ignoro lo que hay para mí adelante. ¿Una pareja? ¿Una familia? ¿Mejor situación económica? ¿El final? ¿El comienzo de algo? Es claro que quieto y aterido no responderé estas y otras preguntas, pero puesto a meditar como aprovechamiento del "tiempo perdido", como consecuencia de la "distracción" en que me hallo, mi condición actual es la del embrión. ¿Qué saldrá del cascarón? No lo sé. Lo mismo puede ser un monstruo que su contrario. El fruto del anhelo o lo que deja la necesidad.
Noveno. No es fácil, al menos para mí y otros, ser lo que se quiere. Muchas veces sólo se es lo que se puede o lo que se debe. No obstante estas verdades, creer es la clave. Y, cuando las circunstancias y lo que envuelven lo han orillado a uno a perder la confianza, a descreer de las propias capacidades, es entonces que cabe la preocupación.
A veces la desconfianza es ficticia. En mi caso, los golpes recibidos han sido suficientemente certeros para herir ya no la vanidad del ego, sino la fe. Frases, miradas, apretones de mano, respuestas, dudas de propios y ajenos han caído en buen y sensible caldo, minando como moho pernicioso mi creencia en mí. Como cualquiera, tengo mis fracasos y mis triunfos, mis frustraciones y satisfacciones, ponderados equitativamente. Pero la fe, la Fe es la que sostiene la decisión bajo la disyuntiva shakesperiana. Ser o no ser, he ahí la cuestión. Y de ella depende, aún menos que la felicidad, el grado de bienestar. Estoy en la labor de volver a creer en mí y con la esperanza de hallar quien por su parte también crea en mí. Desde este punto de vista, empero la aparente blasfemia, soy como Dios mismo.
Décimo y último. Dar y Ser... Ser para Dar... Dar para Ser... Dar-se... Es lo más arduo y como todo lo que se da, uno mismo se agota, si bien es recurso renovable. Me he dado tanto y a la vez tan poco. He recibido más agradecimiento que otra cosa. Pero aunque notablemente satisfactorio, no sólo de agradecimiento vive el hombre. Amar y Ser amado, no es igual que amar y ser amado. Las mayúsculas y minúsculas encierran variantes de significado muy importantes.
¿Cuán amado he sido? He llegado a ser amado, pero no tengo claro con qué intensidad, con qué intención, por cuánto tiempo y muchas veces ni siquiera por quien.
¿He alcanzado la categoría de Ser amado? Por lo que respecta a mi madre adorada, definitivamente sí. Mañana, quizá a los ojos de alguien más. Algunos dirán, "ya lo eres de Dios", mas no quiero entrar por ahora en discusiones teológicas y mucho menos teogónicas o doctrinarias.
Y aquí cabe traer la idea del Dar como Entrega de uno mismo, que no necesariamente como sacrificio. Algunos piensan y han dicho sin hacerlo con todas sus letras, que sacrifiqué mi vida por dedicarla a mi madre y viceversa. ¡Me río, pues desconocen los detalles de los motivos y los motivos específicos de la entrega mutua y recíproca que derivó en simbiosis, para despecho de más de un psicólogo y psiquiatra!
No es el amor del hijo lo que ha quedado fracturado, mucho menos el del hombre; es el amor de madre, que si bien comprendo pervive en mi mente y en mi corazón, al cambiar de sustancia lo hace también en su modo de relación. Lo arduo y doloroso no es saberme sin ella, o verme forzado vivir sin ella, sino de la noche a la mañana, ser sin ella. Parafraseando la canción "Laura", nada soy sin ella, y este es un descubrimiento asaz grosero, contundente, furtivo, continuo que viene y sigue al deceso exacto.
Cuando ocurrió el fallecimiento, no sucedió lo que alguna vez imaginé a manera de guión de película o telenovela: no me lancé al camastro, no lloré, no la besé, sólo acaricié su mano, mi mirada recorrió su cuerpo inerte. En cuanto salí del gabinete para dar la noticia a mis hermanas, al verlas, al ver la mirada angustiada de mi hermana mayor, la "más fuerte", sufrí el primer vahido, flaqueé. Mis fuerzas, acumuladas por años para sostener el amor que nos unía, se desvanecieron. Y no fue sino hasta el momento de llegar a la casa, en la madrugada, cuando subiendo la escalera topé con su retrato principal, cuando su sola vista provocó el estallido. ¡Qué drama griego ni que nada! Si no desperté al vecindario, es porque al final del día, en realidad a los otros lo que pasa dentro de uno vale un sorbete.
Así, que la idea de que estar uno deprimido deriva en la depresión del vecindario es una fómula gazmoña y falsa. Cada cual tiene sus penas como para dejarse llevar por la depresión de uno y es tarea exclusiva de ese uno salir avante, desahogar la embarcación o hundirse sin remedio. Realmente la solidaridad es un manjar esporádico. Y si bien siempre se agradece, uno debe aprender a expresar su alegría y su dolor sin preocuparse por los demás, para no preocupar a los demás que podrían sentirse afectados de un modo u otro. En circunstancias como la planteada, todos extendemos la mano, ponemos a disposición del doliente el oído, el hombro, el pañuelo, ¿pero por cuánto tiempo, cuántas veces? Si algo no tolera fácilmente la paciencia es al impertinente. Y cuando uno está imbuido en el propio dolor el tiempo las actividades de los demás quedan desdibujados y es muy fácil pecar de inoportuno en la solicitud de ayuda, de apoyo, de comprensión. Ni todos ni todo el tiempo es posible darse sin conmiseración. Allá, aquel dirá, "este otra vez chillando, ¡bah!"; y aquella optará por la indiferencia.
Entonces, sí, acepto; estoy deprimido, y es natural. Estoy distraído y es consecuencia parcial de mi estado emocional. No estoy mal. No estás mal. No estoy bien. No estás bien. Tienes razón y yo también.
La Muerte encierra el inicio en lo que tiene de final.

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