El basurero lunar

julio 02, 2020 Santoñito Anacoreta 0 Comments



VA A SER UN AÑO, días más o menos, de la "incursión China" al lado oscuro de la Luna, de los 50 años de la misión Apolo 11 y de la difusión de un conjunto de imágenes tomadas por diversas sondas desde años atrás en el afán por desmitificar la llegada del hombre a nuestro satélite principal (no olvidemos que desde 2018 sabemos que tenemos una nueva luna, diminuta, en un asteroide recién capturado por la gravedad lunar). Aquí la suma de indicios donde se muestra el basurero lunar; pero...

Personalmente jamás he cuestionado que el hombre haya llegado a la Luna y más lejos en su investigación y descubrimientos y aventuras por el espacio exterior o a las profundidades del cosmos o de los océanos. No solo me maravilla y cautiva, me fascina todo ello. Por lo mismo, soy muy cauto cuando de temas científicos se trata porque sí, también existe la tendencia a generar, por incredulidad e ignorancia, las más bizarras versiones de los hechos. Aunque no se crea, la ciencia también puede tener forma de credo opiáceo.

En el caso del viaje a la Luna, las teorías conspirativas han pecado de distorsionar y desviar la atención de los verdaderos hechos, poniendo en tela de juicio hasta las mentiras alrededor de la verdad o, si se prefiere, las verdades alrededor de la mentira, añadiéndose además al insidioso afán de algunos por prohijar la desmemoria, ya en el periodismo, la publicidad o la política.

Cuando cursé la carrera de Comunicación, en la Universidad Anáhuac y bajo la dirección del publirrelacionista Jean Domette Nicolescu, amigo de mi padre, tuve la fortuna de haber sido parte de una generación de pupilos que fuimos educados en la producción de televisión por una de las glorias mexicanas fundadoras de la televisión en México y en el mundo: el Ing. Roberto Kenny, a quien también tuvo el gusto de conocer mi padre y de colaborar alguna vez en su paso por la publicidad.

Por él supimos, de primera mano y entre otras cosas de no creerse, que el Apolo 11 nunca llegó a la Luna en 1969, aunque los defensores del tema opinen lo contrario y aleguen, con aparente rigor científicista —que no científico, más papistas que el Papa—, que la tecnología de televisión en la época no daba para tanto.

Él perteneció al equipo multinacional de producción de TV contratado por la NASA y CBS para efectuar la grabación del "hecho", "en vivo" y, sí, aunque rudimentaria, la creatividad puesta sentó las bases de lo que serviría para el desarrollo de los posteriores efectos especiales empleados en la televisión mundial y que, de alguna manera, ya se venían desarrollando en los programas unitarios y los filmes de ciencia ficción de esa década de los sesentas, sobre todo en EE.UU. e Inglaterra, donde la BBC destacaba con el "Dr. Who".

CBS, valga anotar, ha sido una cadena de producción de cine, radio y televisión que, desde su comienzo, siempre ha sido parte fundamental en la creación, difusión o enmascaramiento de teorías conspirativas, controversias, retorcidas negociaciones, escándalos y abusos. Y no lo digo yo, lo dice la Historia.

Que ese caso en especial no haya ocurrido, no obsta para que conste que el hombre ha llegado a la Luna más de una ocasión y que sus efectos estén descansando desperdigados en la superficie con carácter de memorabilia de desperdicios que nadie recoge, recicla, composta, transforma. Sí, en la Luna no hay pepenadores, a menos que los chinos hayan descubierto una cañada como el bordo de Xochiaca en el lado oculto del astro y aun no quieren darlo a conocer, herméticos como son. La Luna no es de queso, sino alberga literal y metafóricamente y a despecho de nosotros los poetas, mierda humana.

Esceptisismo no implica conspiración y viceversa 

No tengo por qué poner en duda el testimonio de un testigo de la calidad del Ing. Kenny, cuya hija, años después, colaboró como científica y técnica en la NASA. El problema, en realidad, consiste en que los escépticos han confundido la duda con el descrédito y esa es la base de muchas de las teorías conspirativas que ni siquiera —quedadas en la pasividad de la ataraxia que acompaña al escepticismo, o enredadas en los meandros de las contradicciones a que llevan datos incompletos, investigaciones inconclusas, declaraciones y evidencias no comprobadas que rayan en variantes del ocultismo—, ni siquiera hacen lo pertinente para corroborar lo cierto y lo falso. Y, como se antoja imposible en muchos casos por temas como el oscuro peso del poder gubernamental, económico, militar, político o religioso, capaces de cubrir las cosas con el velo del misterio, todo esfuerzo legítimo y humilde por tratar de desvelar la verdad acaba en el ridículo por falta de recursos, conocimientos, habilidades o información fidedigna. Lo prohibido tanto como lo ignoto y lo perverso siempre resultan atractivos, aun más que temibles. Algo tenemos de gatos y la curiosidad nos mata, cuando no de ansias, de certitud.

El conspiracionismo es otra manera de hacer aquello de "divide y vencerás". Hay los escépticos recalcitrantes que dudan hasta del aire que respiran; los hay que dudan hasta del aire que no respiran, porque tienen pruebas documentadas de que fue otro el que quitó el resuello. Unos y otros luego hasta se mueven a ofensa si uno osa confrontar sus posturas en la finalidad de allegar algo de luz sobre la oscuridad, independientemente de qué lado aporte qué.

Recientemente tuve a bien conminar al escritor Mauricio Schwarz a mostrar su postura escéptica informada para contrastar la de José Luis Camacho quien, en un video retaba a los "defensores" de la tecnología 5G a presentar pruebas fidedignas y fehacientes de que la tecnología no es "maléfica", para usar yo esa palabra.



Schwarz me respondió con alguna virulencia y compartiendo un video propio ya visto por mí con anterioridad:

Image from Gyazo



Hasta ahí llegó el debate.

Así, las teorías conspirativas, por apelar a la construcción de significado desde la distorsión del mismo, acaban en el rincón de la biblioteca que hace frontera entre las seudociencias, como apunta un reciente documental de la Deustche Welle (ahí se sigue ubicando a la Psicología en los sistemas de clasificación bibliográfica) y la religión; un rincón acaso más visitado por las personas de poca fe o en busca de algo inteligible en qué creer.

Las teorías de este tipo podemos entonces clasificarlas en dos caras de una misma moneda: de un lado están los que consideran que lo establecido es una conspiración de quienes detentan el poder; del otro lado están los que, diciéndose cercanos a las fuentes de información y dotados de una metodología infalible, consideran a los primeros unos conspiradores de pacotilla cuyas conjuras y elucubraciones pensadas fuera de la caja de la normalidad más semejan anatemas que actos de fe en el conocimiento.


Ese toro enamorado de la luna que es la humanidad, sigue todavía hoy rememorando y reviviendo el mito de Mitra, aunque en los cosos ya no corran ni la sangre ni el semen como proyecciones de la Vía láctea y cuales huellas del Sol de Justicia.



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