Torres de Satélite rumbo a la UNESCO

junio 29, 2026 Santoñito Anacoreta 0 Comments






En todos los países existen sitios de gran valor cultural, artístico e histórico. Algunos reciben la categoría de patrimonio nacional. Otros, además, alcanzan el reconocimiento de Patrimonio Mundial otorgado por la UNESCO.

A nivel global, la lista de los países con más sitios la lideran Italia y China.

México tiene un fuerte reconocimiento en tradiciones vivas. A nivel mundial ocupa el séptimo lugar y en América el primer lugar por el número de sitios reconocidos por la UNESCO: treinta y seis lugares inscritos en total, de los cuales veintiocho son bienes culturales, seis naturales y dos mixtos. Pronto podría añadirse un sitio más a la larga lista.

Las Torres de Satélite rumbo a la UNESCO

Recientemente, durante una conferencia de prensa convocada por Fomento Cultural Torres de Satélite A.C., el pasado veintitrés de junio, el arquitecto Cuauhtémoc Rodríguez Gracia, presidente de la asociación; el ingeniero Galo Blanco Quintanilla, colaborador de la misma, y el arquitecto Ismael García, discípulo de Mathias Goeritz, dieron a conocer una noticia largamente esperada por quienes han seguido durante años la defensa de uno de los monumentos urbanos más emblemáticos del país: las Torres de Satélite. La noticia consistió en el envío de una carta dirigida a la presidente Claudia Sheinbaum Pardo para solicitar que el Gobierno de México inicie el procedimiento encaminado a obtener la inscripción de las Torres de Satélite en la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO.

La carta resume más de dos décadas de trabajo de una asociación civil que ha impulsado la conservación del monumento, promovido su difusión cultural y encabezado diversas gestiones para preservar tanto la obra como su entorno, además de interesarse por otras obras arquitectónicas y escultóricas sobre todo del municipio de Naucalpan.

La solicitud es razonable, incluso necesaria. Si México cuenta con una obra cuya relevancia artística ha trascendido las fronteras nacionales, resulta lógico aspirar a que alcance el máximo reconocimiento internacional en materia de patrimonio cultural.

Entre los anuncios realizados por los convocantes a la conferencia de prensa hubo otro que pasó casi inadvertido, pero que, a juicio del autor de estos Indicios Metropolitanos, es más inquietante y obliga a formular preguntas aún más profundas que las relacionadas con la propia candidatura ante la UNESCO.
Por qué y para qué declara la UNESCO los patrimonios culturales de la humanidad

El manifiesto de la UNESCO explica: “la declaratoria de Patrimonio de la Humanidad existe para identificar, proteger y preservar sitios y tradiciones con un ‘Valor Universal Excepcional’. Su objetivo es asegurar que este legado histórico, cultural o natural pertenezca a toda la humanidad y se transmita intacto a las futuras generaciones”.

Los motivos detrás de esta iniciativa institucional son sobre todo preventivos ante el riesgo de que sitios únicos en el mundo sean destruidos por el cambio climático, el turismo masivo, las guerras o la urbanización descontrolada. También destacan la riqueza de la diversidad cultural y natural, promoviendo el respeto, el diálogo y la cooperación internacional para la restauración y conservación de monumentos y ecosistemas. Además implican varias funciones y beneficios como protección legal, acceso a fondos, impulso turístico y económico, salvaguarda de tradiciones y el fomento de su transmisión a las nuevas generaciones.

Es claro que las Torres de Satélite podrían gozar de algunos de esos beneficios. Sin embargo, conforme avanzó la conferencia de prensa quedó claro que la carta constituía apenas una parte de la historia, la punta del iceberg.

El monumento que ¿todos ven?

La propuesta ha generado tanto adhesiones como cuestionamientos, pues mientras algunos consideran que las Torres reúnen valores artísticos, arquitectónicos e históricos excepcionales dignos de ser reconocidos conforme a los criterios de la UNESCO, otros han puesto en duda su relevancia o incluso han dejado de apreciar su relevancia única debido a la familiaridad cotidiana que implica convivir con ellas.

Las Torres de Satélite son, probablemente, uno de los monumentos contemporáneos más vistos del país y, al mismo tiempo, uno de los menos contemplados de manera consciente.

Pocas obras de arte en México comparten una paradoja semejante a la de las Torres de Satélite. A diferencia de los grandes vestigios arqueológicos o edificios coloniales, las Torres nunca han permanecido ocultas bajo la vegetación, la arena o la tierra. No hicieron falta exploradores para descubrirlas, ni arqueólogos o historiadores para devolverlas a la memoria colectiva. Tampoco han necesitado sangrientos sucesos como los ocurridos recientemente en Teotihuacan para volver a ocupar el debate público, y ni siquiera los múltiples accidentes automovilísticos registrados a su alrededor han bastado para que muchos vuelvan la mirada hacia ellas por lo que son. Solo han permanecido siempre ahí, erguidas a un costado del Periférico Norte, sobre un corredor que durante décadas formó parte del sistema de la Carretera Panamericana y que hoy continúa siendo uno de los principales ejes de comunicación entre la Ciudad de México y el centro, el norte y el occidente del país. Precisamente esa exposición permanente ha jugado en su contra. Lo que vemos todos los días termina por confundirse con el paisaje y deja de despertar preguntas. Su presencia, por constante, las ha naturalizado, las ha vuelto invisibles, objeto de la indiferencia.

Sin embargo, basta detenerse unos minutos literal y metafóricamente para comprender que las Torres de Satélite nunca fueron concebidas como un simple referente vial, ni como un anuncio monumental de Ciudad Satélite.

Una oración estética

El proyecto, desarrollado entre mil novecientos cincuenta y siete y cincuenta y ocho por Luis Barragán y Mathias Goeritz, con la decisiva intervención cromática de Jesús "Chucho" Reyes Ferreira, constituyó una de las expresiones más audaces de la arquitectura y la escultura mexicanas del siglo XX, y es considerada una de las obras que inauguraron el estilo minimalista .

Goeritz hablaba de la "arquitectura emocional" para referirse a aquellas obras capaces de provocar una vivencia estética antes que una explicación racional. Las Torres de Satélite responden plenamente a esa idea de ser una “oración estética”, así en el sentido de ser un “enunciado artístico” como un “rezo espiritual”.

Sus cinco prismas, de proporciones deliberadamente desiguales y colores cuidadosamente estudiados, no pretenden narrar una historia ni representar un símbolo reconocible. Su propósito no era decorar una glorieta, embellecer una avenida. No conmemoran un acontecimiento histórico ni exaltan a un personaje. Su fuerza reside precisamente en la abstracción. Aunque inspiradas en antiguas torres medievales, las Torres de Satélite no buscan representar un modelo arquitectónico específico, sino condensar esa memoria en una experiencia espacial y emocional. Invitan a quien transite frente a ellas o entre ellas, a experimentar el espacio, la escala, el color y la verticalidad como un acontecimiento estético abierto a múltiples interpretaciones, pero también como un puente de comunicación entre lo mundano y lo universal, lo terrestre y lo celeste. Por ello, reducir las Torres a los cinco prismas o a cinco mojones descomunales es tan equivocado como pensar que una catedral se limita a su fachada. No son simples piedras miliares o modernos menhires.

El proyecto concebido por Goeritz incluía también la explanada a manera de atrio o rotonda que las rodea. Ese vacío no es un espacio residual, sino un componente esencial de la composición escultórica. La distancia entre el espectador y las estructuras, la amplitud del terreno y la relación visual con el horizonte forman parte de la obra misma.

Conviene recordar este hecho, porque ayuda a comprender que las alteraciones sufridas por el conjunto con el paso de los años, y sobre todo al ser recortada la explanada en sus laterales cuando la construcción del Viaducto Bicentenario en dos mil diez, no afectaron únicamente a su entorno: al modificar uno de los elementos concebidos originalmente como parte integral del monumento incurrieron precisamente en el tipo de alteraciones que una candidatura ante la UNESCO obliga a valorar bajo los principios de autenticidad e integridad del bien .

Aun a toro pasado, quizá por eso resulte tan pertinente la iniciativa de buscar su inscripción en la Lista del Patrimonio Mundial. No porque las Torres necesiten que la UNESCO les otorgue el valor que ya poseen, sino porque esa aspiración obliga a volver la mirada hacia una obra que no sólo ha permanecido frente a nosotros, sino también entre nosotros, integrada desde hace décadas a la vida urbana y a la memoria colectiva.

Un monumento para todos aunque parezca de nadie

Esa relación cercana con el monumento también ha generado distintas formas de apropiación simbólica.

Para algunos habitantes de los fraccionamientos vecinos, las Torres pertenecen tanto a La Florida o a Bulevares como a Ciudad Satélite, debido a su ubicación en la colina que funciona como límite entre estos desarrollos urbanos. Por eso, además de la larga historia del monumento, cuando ocurrió la construcción del Viaducto Bicentenario, la preservación del conjunto fue resultado de una convergencia de esfuerzos. Entre ellos destacaron las gestiones de Fomento Cultural, pero también las movilizaciones vecinales, las protestas y las mesas de diálogo impulsadas por habitantes de distintos fraccionamientos a lo largo del periférico norte.

Precisamente por ello resulta pertinente preguntarse si su importancia trasciende el ámbito local y alcanza los valores universales excepcionales que exige la UNESCO para la inscripción de un bien en la Lista del Patrimonio Mundial.

Los logros de Fomento Cultural Torres de Satélite

A decir del arquitecto Rodríguez, entre los principales logros de Fomento Cultural Torres de Satélite tras veintitrés años de gestión, un antecedente primordial en el camino de asegurar la propuesta actual fue haber impulsado la declaratoria de las Torres de Satélite como Monumento Artístico de la Nación, formalizada mediante el decreto presidencial firmado el veintiuno de noviembre de dos mil doce, y publicado ya durante la administración siguiente. Gracias a esa protección jurídica nacional, el conjunto quedó sujeto a la tutela del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (INBAL), conforme a la legislación federal aplicable.

A ello deben sumarse un modesto museo que reúne un importante acervo documental y artístico relacionado con la historia de las Torres y la trayectoria de sus creadores, los trabajos constantes de mantenimiento y restauración del monumento, así como las gestiones emprendidas para conservar otros bienes patrimoniales de Naucalpan cuya preservación enfrenta presiones semejantes derivadas del crecimiento de la metrópoli.

Esto invita a preguntarnos si el patrimonio de Naucalpan podría pensarse algún día de manera integral. Más allá de las Torres, porque nada de lo anterior garantiza, sin embargo, que la candidatura prospere. Si una asociación civil ha conseguido articular durante dos décadas la defensa de las Torres, ¿no valdría la pena pensar con la misma ambición en el patrimonio de Naucalpan en su conjunto?
Una candidatura como para qué

La candidatura no obliga únicamente a demostrar que el monumento posee méritos suficientes como los que se asientan en la carta a la presidente Sheinbaum. Obliga, sobre todo, a demostrar que el país es capaz de conservarlo.

Esa es la diferencia fundamental entre un reconocimiento honorífico y la inscripción en la Lista del Patrimonio Mundial.

A diferencia de los reconocimientos honoríficos que Fomento Cultural ha otorgado durante años a personas e instituciones vinculadas con la difusión de las Torres, la UNESCO no distingue la calidad artística de una obra mediante medallas. Evalúa algo mucho más exigente: la capacidad del Estado para garantizar permanentemente su conservación, autenticidad, integridad y adecuada gestión.

Visto desde esa perspectiva, las Torres de Satélite dejan de ser el objeto del examen. Los examinados somos nosotros, los mexicanos. Pero también toda clase de instituciones relacionadas que han visto sus esfuerzos e intereses disgregados, y laboran de manera dispersa y muy rara vez coordinada.

La pregunta ya no consiste en averiguar si el monumento posee un valor excepcional; esa condición difícilmente puede ponerse en duda después de casi siete décadas de reconocimiento por parte de historiadores del arte, arquitectos y especialistas.

La verdadera pregunta es si las instituciones mexicanas han demostrado, con hechos y no sólo con discursos, que poseen la capacidad y la voluntad para protegerlo.

Ya vimos lo que ocurrió en el sexenio pasado cuando se eliminó a mansalva toda clase de fideicomisos, incluso aquellos destinados a la conservación de zonas arqueológicas como Chichén Itzá. O las afectaciones ecológicas que ha significado el Tren Maya. No son cuestiones menores. La historia reciente del patrimonio mundial demuestra que la declaratoria de la UNESCO no constituye un punto de llegada, sino el inicio de una responsabilidad permanente y compartida.

Por eso, antes de preguntarnos si las Torres de Satélite merecen ingresar a la Lista del Patrimonio Mundial y si en verdad se cumplen todas las condiciones y requisitos, quizá convenga formular una interrogante más incómoda: ¿ha hecho México lo suficiente para convencer al mundo de que será un custodio responsable de una obra que pertenece no sólo a su historia, sino al patrimonio cultural de la humanidad?

El elefante en la sala

En la superficie de lo expuesto durante la conferencia de prensa quedó de manifiesto que una candidatura de esta naturaleza es el resultado de un proceso prolongado de investigación, documentación y construcción de consensos. No basta la relevancia simbólica del monumento ni el afecto que pueda despertar entre quienes lo conocen. Es necesario sustentar con evidencia histórica, arquitectónica, urbanística y cultural las razones por las cuales el bien merece ser considerado patrimonio de la humanidad.

Uno de los principales aportes del encuentro se antojaba este: desplazar la discusión del terreno de las preferencias personales hacia el de la valoración patrimonial. La pregunta dejaría de ser si las Torres de Satélite "nos gustan" o si forman parte del paisaje cotidiano, para convertirse en otra mucho más exigente: ¿qué elementos las distinguen de otras obras de la arquitectura y del urbanismo del siglo XX en el mundo?

La respuesta puntual a esa pregunta ya no depende de Barragán, de Goeritz ni de Chucho Reyes.

Si por ahora la respuesta ha dependido de las gestiones de Fomento Cultural Torres de Satélite mediante su presidente Cuauhtémoc Rodríguez, tampoco depende de la UNESCO.

Depende de la manera en que los distintos órdenes de gobierno, las instituciones culturales y la propia sociedad mexicana han tratado este monumento durante las últimas décadas.

Ahí tenemos a los presidentes de los recientes gobiernos reclamando a los gobiernos extranjeros la devolución de tesoros nacionales, ¿para qué? ¿Para soterrarlos en vitrinas y bodegas a falta de presupuestos para investigación y conservación?

Y es precisamente ahí donde la conversación deja de ser artística para convertirse en política, administrativa y, sobre todo, ética, aún a pesar de que actores específicos argumenten, de acuerdo con los dichos de Galo Blanco Quintanilla, que su “movimiento” no es de orden político.

Es verdad que defender el patrimonio cultural no es hacer política partidista; pero pretender influir en las decisiones, no nada más del gobierno sino del Estado, para modificar políticas públicas constituye, por definición, un acto profundamente político. Negarlo sería reducir la política a la competencia electoral, cuando en realidad también comprende la deliberación ciudadana sobre los asuntos públicos.

Más que ofrecer una respuesta definitiva, la conferencia de prensa permitió comprender que la eventual inscripción de las Torres de Satélite en la Lista del Patrimonio Mundial no depende únicamente de reconocer su importancia artística o de su arraigo en la memoria colectiva, sino de demostrar, mediante criterios técnicos e históricos, que poseen un Valor Universal Excepcional conforme a los lineamientos establecidos por la UNESCO.

Sin embargo, una cosa es obtener una declaratoria y otra muy distinta garantizar que ésta cumpla el propósito para el que fue concebida.

Algunos sitios inscritos han recibido severas observaciones por el deterioro de su entorno, mientras que otros incluso han perdido la declaratoria al incumplir los compromisos asumidos para su conservación. Ahí están los ejemplos del puerto de Liverpool, en Inglaterra, y el Valle del Elba, en Dresde, Alemania. El reconocimiento internacional no sustituye el trabajo cotidiano; por el contrario, lo vuelve más riguroso y más visible. En otras palabras, el verdadero desafío comienza después de obtener la declaratoria, no antes.



Lo que realmente está en juego

Durante la ronda de preguntas y como autor de estos Indicios Metropolitanos planteé una inquietud que considero central: después de décadas de maltrato, abandono, conflictos competenciales entre distintos órdenes de gobierno, presiones derivadas del desarrollo urbano y problemas recurrentes de mantenimiento, ¿qué garantía existe de que las Torres de Satélite conserven una eventual declaratoria de Patrimonio Mundial? Dicho de otro modo, ¿la inscripción en la Lista del Patrimonio Mundial constituye una protección permanente o puede llegar a perderse si el Estado y la sociedad incumplen las obligaciones que ella implica?

La respuesta del arquitecto Cuauhtémoc Rodríguez fue optimista, sin embargo dejó abiertas varias interrogantes.

En esencia, sostuvo que, una vez conseguida la declaratoria, correspondería a la sociedad y a las instituciones públicas asumir plenamente la responsabilidad de conservar el monumento.

Pero, si como también declaró Cuauhtémoc Rodríguez, una vez alcanzado el objetivo de la declaratoria de las Torres de Satélite como Patrimonio Cultural de la Humanidad, Rodríguez renunciará al cargo por motivos de salud personal y Fomento Cultural cesará sus actividades, en caso de que, por cualquier circunstancia, el reconocimiento llegara a perderse, ¿cómo, quién trabajaría para recuperarlo?

La declaratoria de la UNESCO no equivale a un blindaje automático. No impide por sí misma el deterioro físico de un bien, ni resuelve los problemas administrativos, presupuestales o políticos que puedan afectarlo. Tampoco sustituye la voluntad de las autoridades responsables de cumplir las obligaciones derivadas de esa inscripción. Tampoco garantiza el compromiso e involucramiento de la sociedad civil de modo constante y continuo. ¿México será capaz de conservarlas de manera que nunca exista motivo para poner en duda la distinción?

La estrategia de Fomento Cultural ha consistido en solicitar que sea el Estado mexicano quien impulse formalmente la candidatura ante la UNESCO, lo que inevitablemente conduce a una pregunta: ¿qué tan viable resulta esperar el respaldo del gobierno federal en el contexto político actual?

La preocupación es legítima por donde se vea. Todo proyecto de esta naturaleza requiere voluntad institucional. ¿La presidenta Claudia Sheinbaum abrazará como propio el proyecto y lo promoverá a través de las instancias competentes?

Rodríguez sostuvo que, si el gobierno percibe un amplio respaldo social, tendría incentivos para asumir la candidatura como una buena noticia para el país, una de esas capaces de colocar el patrimonio cultural en el centro de la conversación pública.

Galo Blanco Quintanilla complementó la idea al subrayar que la iniciativa “no pretende ser un movimiento político, sino social, y el objetivo principal es que el proyecto avance sin convertirse en motivo de confrontación”.

Más allá de la coyuntura política, la respuesta permite una reflexión de mayor alcance. La protección del patrimonio cultural nunca debería depender de afinidades partidistas ni de los ciclos electorales. Los monumentos sobreviven a los gobiernos y forman parte de una memoria colectiva que pertenece a generaciones distintas. Precisamente por ello, cualquier candidatura ante la UNESCO exige que las instituciones del Estado (gubernamentales y privadas) actúen con una visión de largo plazo.

La verdadera prueba consistirá en demostrar que la conservación de las Torres de Satélite puede convertirse en una política pública sostenida, independientemente del partido que ocupe el poder. Si la candidatura logra despertar ese consenso, habrá conseguido mucho más que un reconocimiento internacional: habrá fortalecido la cultura de protección del patrimonio en México.

Porque bajo la lupa de la UNESCO un nombramiento semejante puede retirarse cuando hay una mínima sospecha de una destrucción irreversible de la estructura histórica o una alteración masiva del paisaje urbano (como ocurrió en Liverpool con rascacielos y un estadio). Las intervenciones actuales de la jefatura de gobierno corresponden a obras cosméticas, de servicios turísticos o de iluminación, las cuales se mueven bajo parámetros de conservación y reversibilidad.

Más allá del reconocimiento que las Torres puedan obtener, la verdadera noticia deja al descubierto un problema que trasciende este monumento y alcanza a buena parte del patrimonio cultural mexicano: ¿estamos construyendo instituciones capaces de garantizar su conservación o seguimos dependiendo de esfuerzos individuales que, por admirables que sean, inevitablemente tienen un límite?

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