El gato y las tierras del norte

Groenlandia marcada
Imagen creada con apoyo de inteligencia artificial.

Hay imágenes que no ilustran: delatan, denuncian.

No explican: acusan. La viñeta que acompaña este Paréntesis: Trump plantado sobre Groenlandia, con el dragón chino a un lado, el oso ruso al otro y una vulnerable Dinamarca —como la que puso de ejemplo de salud y bienestar el expresidente Andrés Manuel López Obrador, convirtiendo a México en el hazmerreír del mundo— no es una exageración gráfica ni una humorada coyuntural. Es una condensación brutal del momento histórico que estamos viviendo, una de esas escenas que, con trazo sencillo, dicen más que decenas de informes diplomáticos redactados con prudencia diplomática.

El mundo se recalienta, el hielo se retira, y con él retroceden también las últimas coartadas morales del orden internacional. Lo que emerge no es solo el océano Ártico: emerge un modo antiguo de hacer política global, actualizado con satélites, big data y lenguaje de “seguridad”. El mundo vuelve a dividirse entre quienes deciden y quienes son objetos y sujetos de decisiones arteras, más enfocadas en intereses creados que en el bienestar del planeta y de la gente que lo habita.

(Dicho entre paréntesis: nunca dejó de ser así, pero ahora ya ni siquiera se disimula).

Trump aparece en el centro de la escena como lo que siempre ha sido: no un ideólogo, sino un operador. El mismo hombre que llamó “patraña” al calentamiento global entendió —antes que muchos ambientalistas de discurso pulcro— que el deshielo del Ártico no es una hipótesis científica sino una oportunidad estratégica. No hay contradicción: hay cinismo funcional. Se puede negar el cambio climático para consumo interno y, al mismo tiempo, actuar como si fuera una certeza geopolítica.

Porque el hielo se derrite.
Y cuando el hielo se derrite, el mapa cambia.


Durante siglos, el Ártico fue un límite. Un margen inhóspito, una excusa cartográfica. Hoy es un atajo. Las rutas polares reducen semanas de navegación entre Asia y Europa. Bajo el suelo helado descansan tierras raras, hidrocarburos, minerales críticos para la transición energética y la industria militar. Sobre ese mismo hielo, ahora inestable, se despliegan —así sea como rancias ruinas, señas mustias de temores y certezas que se creían olvidados— radares, bases militares, aeropuertos, capacidades de proyección.

Controlar Groenlandia no es controlar una isla: es controlar el techo del mundo.

Pero Groenlandia no es solo geografía. Es también una sociedad pequeña, sí, pero con aspiraciones nacionales crecientes, cada vez menos dispuesta a verse como un simple protectorado danés-europeo. Reducirla a “territorio estratégico” es repetir el viejo error colonial: confundir baja densidad poblacional con inexistencia política. Quizá una salida que satisfaga a muchos —y por eso incomode a casi todos— sería el reconocimiento pleno de Groenlandia como nación soberana e independiente. Ello permitiría a los groenlandeses decidir con quién, cómo, cuántos y para qué se alían; disponer de sus recursos y determinar cómo beneficiarse de ellos. Algo muy similar a lo que ha alegado Taiwán para sí por décadas. Para Europa, sería un golpe maestro ético y estratégico, pero no sin costos: económicos, políticos y simbólicos. La autonomía real siempre incomoda más que la tutela cómoda.


Hablar de un mundo tripolar simplifica, pero no explica del todo.
Estados Unidos, Rusia y China son los grandes ejes, sí, pero alrededor de ellos se agitan actores que no quieren quedar relegados a comparsa.

Rusia y China no solo miran el Ártico: lo quieren. Moscú lo considera parte natural de su espacio vital euroasiático; Pekín lo llama, sin rubor, “ruta polar de la seda” y ya se autonombra un "país ártico" desde poco antes de la pandemia. A su alrededor, Noruega, Finlandia y Suecia refuerzan su atención hacia el norte; Gran Bretaña recalcula su rol atlántico; Canadá observa con inquietud; Irlanda también levanta la vista; Francia lo hace a través de Canadá; y España, envejecida demográfica y políticamente, intenta no soltar el cordón umbilical que aún la une a Hispanoamérica.

(Dicho con cierta crueldad: España quiere seguir siendo puente, pero cada vez se parece más a un muelle abandonado).

A esta cartografía conviene añadir una isla que suele pasar como nota al pie y no lo es: Islandia. No solo por su posición estratégica en el Atlántico norte, sino por su potencial geoenergético. Volcanes, fallas, calor interno. Energía casi inagotable en un mundo que dice abandonar los combustibles fósiles mientras pelea con ferocidad por los últimos restos. Islandia no es periferia: es laboratorio. Y como todo laboratorio, interesa a quienes piensan el planeta como campo de pruebas y no como hogar.

En el tablero europeo-africano aparece además una especulación incómoda: una posible presión —o incluso intervención— marroquí sobre las Islas Canarias, con beneplácito tácito de Washington. Control de rutas atlánticas, proyección africana, debilitamiento adicional de una España cansada. No es profecía ni conspiración: es geopolítica cuando los equilibrios se aflojan.


India, por su parte, no es solo demografía ni espiritualidad exótica para occidentales distraídos. Es potencia científica, tecnológica y espacial, con ambiciones claras de autonomía estratégica. Australia juega otro rol: el del aliado fiel, el peón avanzado del poder estadounidense en el Pacífico sur. No resulta descabellado preguntarse si Australia podría cumplir una función similar en la Antártida, ampliando de facto la influencia anglosajona en el “piso del mundo”. El Tratado Antártico resiste, pero cada nueva base, cada inversión, cada misión científica introduce hechos consumados.

Arriba, el Ártico. Abajo, la Antártida.
El planeta entero entra en disputa.

Y mientras tanto, bajo el Atlántico sur, la anomalía magnética crece, como si la propia Tierra quisiera recordarnos que no solo la política se desordena.


Nada de esto se mueve por democracia, derechos humanos o bienestar global.
Se mueve por dinero, por flujos, por control. Por la persistencia de una supremacía blanca que ya no se justifica moralmente, pero que se defiende estructuralmente. El discurso cambia; la jerarquía resiste.

Conviene decirlo sin eufemismos: Trump no piensa como estadista, piensa como mafioso. Control de territorio, control de rutas, control de dinero. Por eso la obsesión con México no es sanitaria ni moral. No le preocupa la salud del adicto estadounidense. Le preocupa quién controla el trasiego, quién lava, quién cobra peaje. El narcotráfico no es un “problema”: es un mercado. Y como todo mercado grande, debe ser regulado… o apropiado. Seguridad nacional es solo el nombre elegante de ese impulso. El muro no es frontera: es aduana.


Si Estados Unidos logra hacerse con Groenlandia —formalmente o mediante control efectivo— el precedente será devastador. China leerá esa señal en clave taiwanesa; Rusia, en clave postsoviética. No habrá grandes declaraciones. Bastarán silencios acordados, zonas grises, pactos tácitos. No hace falta una Tercera Guerra Mundial cuando el reparto puede hacerse sin ruido.

Laissez faire. Laissez passer.
Pero esta vez, a escala planetaria.


En este contexto, Venezuela no es anomalía sino caso de estudio. La última gran guerra de la Era del Petróleo. Una guerra sin bombas, de sanciones, desgaste, negociación a media luz. Un conflicto diseñado para no terminar nunca del todo, porque mientras dura, el botín sigue disponible.

(Bueno, al menos lo que de manera orquestada dejaron Rusos y Chinos luego de extraer la plata que les "correspondía" como pago de las deudas contraídas por Nicolás Maduro, es decir una industria minera y petrolera derruida, y a las que las petroleras y mineras estadounidenses terminarán de exprimir, como hicieron ataño en sitios como México antes de la expropiación de mil novecientos treinta y seis. Quien crea que las petroleras dejarán prosperidad comete un error infantil: dejarán migajas, dependencia y silencio. Es el canto del cisne del crudo, y como todo final de era, será sucio, enchapopotado).


El Caribe, por su parte, deja de ser “patio trasero”. Eso era cuando el mundo tenía fondo. Hoy el Caribe es muralla y atalaya. Un cinturón defensivo, una línea avanzada de control.

Estados Unidos ya lo hizo antes. Arrebató Cuba y Puerto Rico a España, no para liberar, sino para reorganizar su dominio. Martí lo vio con claridad trágica: “Viví en el monstruo, y le conozco las entrañas” —dijo en una de sus últimas cartas a su amigo Manuel Mercado, un día antes de morir en combate el dieciocho de mayo de mil ochocientos noventa y cinco, aludiendo a su profundo conocimiento de la sociedad estadounidense tras vivir allí y su lucha contra la amenaza del imperialismo yanqui en Hispanoamérica.

Después vinieron la política bananera, Batista, la corrupción inducida, la miseria administrada por las mafias irlandesas, italianas, bostonianas, cubanas, remanentes de la Gran Depresión. La pregunta incómoda es si la película se repetirá. Si Díaz-Canel —o quien le siga— será otro capítulo del mismo guion. Si Panamá volverá a ser “recuperada” en nombre de una seguridad que siempre es ajena. Si Jamaica y Haití seguirán a la deriva, hundidas en hambre y discriminación racial extrema, o si serán incorporadas como bloques del gigantesco arrecife defensivo de las Américas trumpianas.

Nada indica que el nuevo orden sea más piadoso que los anteriores.


La ley internacional ya no es siquiera decorado: es utilería. Se saca a escena cuando conviene, se guarda cuando estorba. El mundo no se rige por normas, sino por correlaciones de fuerza, como en los albores del imperio, como en el siglo XIX, como siempre que la historia decide dar marcha atrás sin avisar.

Groenlandia no es el problema. Es el síntoma. El síntoma de un planeta repartido mientras arde. De potencias que discuten soberanía ajena mientras privatizan el futuro. De ciudadanos convertidos en piezas menores, contables, prescindibles. Que, como en Irán, pueden manifestarse con permiso del ayatolah a sabiendas de que apenas abran la boca la represión les costará la vida, a menos que el régimen sea rebasado por el hartazgo de una generación más dispuesta a gozar el ahora que a deberle a los intérpretes de Alá el destino de sus posibilidades y de sus sueños.

Y mientras tanto —para distraer, para confundir, para mantener la sensación de que “algo se hace”— se abren archivos ovni, se filtran supuestas bases submarinas alienígenas, se agita la Agenda 2030 como si fuera profecía o amenaza. Puro ruido. Pura cortina.

(Dicho entre paréntesis, y no tan entre paréntesis: si olvidamos el calendario gregoriano y recordamos que Jesús nació alrededor del año menos cuatro, entonces dos mil veintiséis ya es dos mil treinta. ¡Huy qué miedo! El apocalipsis nos alcanzó. ¡Vaya la Generación X corriendo a Costco, a adquirir sus galletas Soylent Green, mientras los de mi generación nos formamos en la transportadora que nos procesará en lo que sus paladares degustarán pronto. El futuro no viene: ya está aquí, solo que mal repartido).

Este Paréntesis no busca tranquilizar a nadie. Busca incomodar. Porque quien aún duerme creyendo que estas decisiones no le afectan, omite que ya es daño colateral de lo decidido, haga lo que haga. Y no estuvo en la mesa ni como convidado de piedra.

El Tesoro de los Espejos: Verdad Sintética y el Fin del Juego en Venezuela



La captura de Nicolás Maduro el 3 de enero de 2026 no pasará a la historia como el gran enfrentamiento bélico que muchos profetizaron. Al contrario, lo que el mundo presenció fue una coreografía de silencios, una entrega pactada y una asombrosa "tranquilidad" por parte del ahora prisionero en Nueva York. Esa calma, casi cínica, no es la de un hombre derrotado, sino la de quien sabe que el botín ya no está en el fuerte. Lo que Estados Unidos ha tomado es la cáscara; el contenido ya ha sido liquidado.

El Mensaje en el Píxel: La Verdad detrás del "Fake"
Para entender este desenlace, debemos volver la vista a diciembre de 2024. En aquel entonces, un video protagonizado por un avatar de inteligencia artificial —un analista chino— filtró información sobre la retirada masiva de las reservas de plata venezolanas por parte de Rusia y China. Las plataformas digitales, encabezadas por Facebook, no tardaron en censurarlo, tachándolo de fake news y desinformación.
Sin embargo, aquí reside una de las claves de la comunicación moderna: la censura de las plataformas suele ser el primer indicio de que se ha tocado una fibra sensible. En un ecosistema saturado, la filtración de inteligencia real suele disfrazarse de simulacro digital. Un video hecho con IA no es necesariamente una mentira; a menudo es el único refugio para una verdad que, de ser dicha por un humano, costaría la vida. Solo los analistas perspicaces notaron que, mientras el video era eliminado, el mercado de la plata comenzaba un rally que hoy ha explotado. El "analista sintético" no mentía: las arcas estaban siendo vaciadas ante los ojos de un mundo distraído por la etiqueta de "falso".

El Nuevo Oro Digital: Plata y Supremacía Tecnológica
La importancia de esta huida de la plata no es meramente financiera; es una cuestión de supervivencia en la carrera tecnológica. Hoy, la plata es un componente crítico para la infraestructura digital de vanguardia, desde semiconductores avanzados hasta hardware para Inteligencia Artificial. En la guerra por el control de las tierras raras y los materiales estratégicos, China ha asegurado un suministro de plata que es vital para fabricar el mañana. Mientras Occidente celebraba una victoria política, Pekín se llevaba el combustible metálico necesario para ganar la carrera de la IA. Quien controla la plata, controla la conductividad del futuro.

Una Moderna "Guerra de los Pasteles" y el Factor Mexicano
Este escenario evoca irremediablemente una analogía histórica con el México del siglo XIX. Estamos presenciando lo que bien podría llamarse una "Moderna Guerra de los Pasteles". Al igual que en 1838, cuando las reclamaciones económicas sirvieron de pretexto para una intervención por el control de la soberanía, hoy la protección de intereses extranjeros ha servido de combustible para el desenlace venezolano.
En este contexto, la propuesta de la presidenta Claudia Sheinbaum de posicionar a México como mediador adquiere una lectura de urgencia doméstica. Al "ver las barbas de su vecino cortar", el gobierno de la 4T entiende que la presión que Donald Trump ejerce sobre México —en temas comerciales y de seguridad— podría escalar bajo la misma retórica intervencionista. México no solo ofrece mediación por diplomacia, sino por instinto de preservación: busca frenar un precedente donde Washington decida "hacerse cargo" unilateralmente de los activos estratégicos de sus vecinos bajo el pretexto de una crisis institucional.
El Reparto del Botín: China, Rusia e Irán
La geopolítica de los últimos días confirma que la salida de la plata fue el "seguro de retiro" del régimen y el cobro de facturas de sus aliados:

 * China y Rusia: No se quedaron a defender un territorio que ya no podía pagar sus deudas. Al asegurar las reservas físicas de plata antes de la intervención estadounidense, liquidaron sus activos. Se llevaron la riqueza tecnológica, dejando a Washington con el activo pesado y problemático: el petróleo.

 * Irán: El apoyo logístico y tecnológico que Teherán brindó para burlar sanciones se evaporó silenciosamente. La falta de respuesta de los sistemas defensivos sugiere que ellos también recogieron sus piezas del tablero semanas antes de la captura.

El Silencio de los Fusiles: ¿Traición o Negociación?
Resulta casi inverosímil que la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB) no disparara un solo cartucho. La inacción militar no es cobardía, es un acuerdo. La tranquilidad de Maduro al ser escoltado refuerza la sospecha de que el alto mando militar negoció su propia inmunidad a cambio de entregar la llave de Miraflores. El ejército no peleó por un cofre que ya estaba vacío; simplemente dejó pasar al nuevo dueño.

María Corina Machado y el Dilema de la Estabilidad
Con la captura de Maduro, el escenario para María Corina Machado se vuelve determinante para la estabilidad de la región. Mientras ella personifica la legitimidad civil y la esperanza de una transición democrática, se enfrenta al reto de gobernar bajo la sombra de un tutelaje directo de Washington. La estabilidad política de Venezuela dependerá de su capacidad para maniobrar entre las exigencias de Trump —quien ya ha reclamado el control del petróleo— y la necesidad de una soberanía real que no convierta al país en una simple base de operaciones extractivas. Su papel es evitar que el vacío dejado por el chavismo sea llenado únicamente por intereses corporativos externos.

El Choque de los BRICS y la Última Guerra del Petróleo
Estamos ante una de las últimas grandes guerras de la era de los hidrocarburos, pero también ante el campo de batalla de la desdolarización. El bloque de los BRICS+, liderado por China y Rusia, ha estado impulsando un sistema financiero alternativo al SWIFT, apoyado en monedas digitales y activos respaldados por metales. La extracción de la plata venezolana no fue solo un cobro de deuda, sino un movimiento para fortalecer la liquidez de estas nuevas arquitecturas financieras lejos del control del Tesoro estadounidense.
Al declarar que "EE. UU. se hará cargo" del petróleo venezolano, Trump busca asfixiar la competitividad industrial de China e India, cortando el flujo de energía barata negociada en monedas locales o criptoactivos. Es una lucha por obligar al mundo a volver al dólar justo cuando las monedas digitales de los bancos centrales (CBDC) del bloque oriental amenazan con hacerlo irrelevante.

Conclusión
La captura de Maduro es el cierre de una liquidación por quiebra. Los aliados estratégicos se llevaron la plata; los militares compraron su libertad con silencio; y Estados Unidos se queda con un país en ruinas y un petróleo que el mundo empieza a dejar de usar. Al final, el video de IA que todos llamaron "mentira" terminó siendo el mapa más preciso de la realidad. En la era de la desinformación, la verdad no se encuentra en las noticias oficiales, sino en los indicios que el sistema intenta censurar.

La Conjunción del Desorden: Crónica de una Democracia en Jaque



En el corazón del Estado de México, la democracia se despliega como una tragicomedia de intrigas y silencios cómplices. Mientras la ciudadanía se enfrenta a elecciones relámpago en dos mil veinticinco, el telón de fondo se tiñe de episodios de dos mil veinticuatro –y hasta de antecedentes que se remontan a dos mil dieciocho–, revelando un entramado de irregularidades, operativos encubiertos y maniobras que sacrifican la transparencia en nombre del poder.

Era un domingo agitado: el treinta de marzo de dos mil veinticinco, la elección de delegados y planillas de Consejos de Participación Ciudadana (COPACIs) se celebró en cada fraccionamiento, colonia, barrio y pueblo del Estado de México, bajo el mandato de un gobierno encabezado por Delfina Gómez Álvarez, afiliada al movimiento morenista.

Con apenas una semana de campaña y una convocatoria comunicada a trompa talega, el proceso se redujo a un ritual burocrático en el que la verdadera participación ciudadana quedó relegada. La utilización experimental de urnas electrónicas –“prestadas” por el INE a solicitud de los gobiernos estatal y municipal en distritos específicos del Edomex, sin que ello implicara garantías ni del proceso ni de los resultados– pareció favorecer de manera sospechosa a las planillas marcadas con el enigmático número cuatro, muchas de las cuales parecían auspiciadas de alguna manera por la llamada "4T" del partido MORENA.

Aun más indignante es la designación de funcionarios menores o de confianza del gobierno municipal como funcionarios de casilla en estas elecciones de autoridades auxiliares. Aunque legal, esta práctica no solo es reprobable, sino indecente. El “atole con el dedo” al que se somete la ciudadanía evidencia que, en estas elecciones de COPACIs, los gobiernos municipales –y, a través de ellos, los estatales y el federal– actúan como jueces y parte, anticipando un preocupante precedente que se extiende hasta las próximas elecciones de jueces, magistrados y ministros.

Antecedentes que ya implicaban preocupantes indicios

Una semana antes de los comicios, en el fraccionamiento La Florida, el alcalde Isaac Montoya encarnó a un gobierno operante tras bambalinas.

Con el beneplácito de la mesa directiva de la asociación Colonos de La Florida, Montoya utilizó instalaciones privadas para convocar a una junta de seguridad de alto nivel.

Funcionarios y mandos de seguridad de los niveles estatal, municipal y federal –incluida la imponente Guardia Nacional– se congregaron en un ambiente que pretendía ser la solución a los problemas vecinales. Sin embargo, mientras los vecinos aguardaban en el exterior, el alcalde se retiró con una lista de cerca de veintidós pendientes, no solo en materia de seguridad, sino también de compromisos que exigían respuesta inmediata. Lo más revelador fue su omisión al no visitar la comandancia local para constatar las deplorables condiciones en que viven los oficiales de policía.

En medio de este desencuentro, la mesa directiva me señaló –¡a mí, Santoñito Anacoreta, la voz crítica de Indicios Metropolitanos!– como responsable de tal omisión, simplemente por haber estado en la cercanía, cuando las calles eran custodiadas por policías estatales armados con armas largas. En ese clima, ya de pie en el templete instalado en las canchas del parque del fraccionamiento, Montoya no escatimó en alardear de supuestas instrucciones –presuntamente emanadas de la presidenta Claudia Sheinbaum y la gobernadora Delfina Gómez– destinadas a reorganizar el oriente del Estado de México, en un plan que, a mi juicio, más parece que apunta a diluir la autonomía municipal de Naucalpan y otras periferias.

Sucesos con larga cola en el tiempo

El año dos mil veinticuatro ya se presentaba como telón de fondo de hechos inquietantes a los que se sigue sumando a un legado de corrupción y violencia que se remonta a dos mil dieciocho y aún antes.

En aquellas elecciones, cuando Andrés Manuel López Obrador ganó la presidencia y Patricia Durán la alcaldía de Naucalpan, surgieron en Naucalpan y otros municipios narcomantas atribuidas al “Mayo Zambada”, que instruían a los alcaldes a no entremeterse, bajo la promesa de que el crimen organizado se encargaría de “limpiar” las plazas de narcomenudistas –con la venia, según se cuenta, del mismo AMLO–. Desde entonces, la violencia y la inseguridad se han incrementado poco a poco, a pesar de los “otros datos” oficiales, los “detentes” y otras ocurrencias emanadas desde el Palacio Nacional.

En abril de dos mil veinticuatro se supo del polémico sacrificio de aves en el Senado de la República, llevado a cabo por legisladores morenistas encabezados por Adolfo Gómez Hernández, acto que, de forma sorprendente, pasó sin sanción.

Apenas un mes después, el siete de mayo, durante un cateo en un domicilio del fraccionamiento Echegaray, Naucalpan –motivado por una denuncia de maltrato animal contra un babalawo de origen venezolano, identificado como César Granda– la fiscalía estatal, en un operativo que rozó lo clandestino, extrajo cinco libretas que parecían agendas o registros de direcciones de clientes y seguidores del santero. Indicios Metropolitanos solo ubicó y contactó a César Granda; sin embargo, cuando se solicitó una entrevista para conocer la actualización de los avances sobre este caso, la fiscalía eludió dar respuesta y, hasta la fecha, no se ha publicado ni un boletín informativo que sintetice lo respectivo. Este episodio refuerza la hipótesis de un entramado de vigilancia y control que opera en la penumbra.

Babalawo César Granda.
Imagen tomada de publicación en su canal de TikTok.

Pero, como en un thriller, la trama se oscurece aún más con los incendios que asolaron oficinas de alcaldías y palacios municipales durante dos mil veinticuatro.

Uno de los episodios más inquietantes ocurrió en la madrugada del veintinueve de junio en el Palacio Municipal de Naucalpan, cuando un incendio en la Secretaría del Ayuntamiento no solo dejó daños materiales considerables, sino que puso en jaque la seguridad de documentos oficiales en un momento crucial de transición administrativa. Incidentes similares en Tláhuac, Coyoacán, Chilpancingo, Soledad de Graciano Sánchez y Ecatepec evidenciaron una vulnerabilidad que, en un contexto de alta tensión política y social, amenazaba con borrar la memoria institucional.

En medio de este torbellino, se desplegó el “operativo enjambre”, destinado a arrestar a policías y funcionarios municipales y estatales presuntamente vinculados al crimen organizado. Este operativo alcanzó su clímax dramático al coincidir con la aprehensión marginal de agentes relacionados con el “Mayo Zambada”, aprehendido en medio de irregularidades legales, y quien enfrenta procesos judiciales en Estados Unidos. La presión se volvió insoportable cuando el Director de Seguridad de Texcatitlán se suicidó en el preciso instante de su detención, dejando un eco de desesperación en un ambiente de control y vigilancia extrema. Los incendios pasaron a ser de solo incidentes forestales a provocaciones vergonzosas, algunas en calidad de cortinas de humo para ocultar las peores perversidades, incluida la verdad en torno a los desaparecidos.

Un fragmentado mosaico de hechos.

Ante este mosaico, se imponen reflexiones profundas y urgentes.

La improvisación electoral, la concentración del poder y la opacidad administrativa no son meros incidentes aislados, sino síntomas de una democracia sometida a la lógica del control y la impunidad. Es imperativo que la ciudadanía, en su papel de vigilante y partícipe, exija reformas que reestablezcan la transparencia y la justicia. El problema es que, de los partidos políticos, de todos no se hace uno lo suficientemente confiable, ya no digamos representativo de los intereses de la sociedad.

Podría levantarme de mi asiento ahora y, con un manotazo en la mesa, proponer enérgicamente, una reforma integral que contemple la planificación y la transparencia en las convocatorias electorales, auditorías independientes que revisen tanto la tecnología como los protocolos de manejo de información, y una revisión exhaustiva del marco legal para cerrar las lagunas que hoy permiten estos abusos. Pero ingenuo no soy. Eso, al menos en la circunstancia actual y mientras tengamos el gobierno de ahora, es tanto como pedir peras al olmo.

Sin duda es vital modernizar los sistemas institucionales y fortalecer la seguridad física y digital de nuestros archivos y oficinas. Mejorar la eficiencia y la honestidad de las instancias ejecutivas de prosecución de la justicia, no solo una "pedorra" reforma a un poder, como el Judicial, que no resuelve nada. Solo así se podrá reconstruir la confianza perdida y devolver a la democracia su esencia, en un compromiso real con el bien común.

Y no podemos obviar que se avecinan reformas legislativas que insisten en minar a la república: la farsa de las elecciones de jueces, magistrados y ministros, y la creciente cooptación del INE por el gobierno, son señales de alerta de un futuro en el que el poder concentrado amenaza ya los cimientos mismos de nuestra soberanía. Me atrevo a decir que aún peor de lo que sucedía en tiempos del priato, con todo y que Vargas Llosa la calificara de la dictadura perfecta o dictablanda. Muchos legisladores parecen estar de acuerdo en acomodar las piezas en el ajedrez para la hegemonía de partido en México pueda semejarse a la del viejo PRI o hasta del Partido Comunista Chino.

La historia reciente del Estado de México, como la de Sinaloa, Jalisco, Tamaulipas, por mencionar los estados hoy más adoloridos por los efectos de la violencia, nos convoca a no aceptar pasivamente una democracia desvirtuada. Es hora de repensar, cuestionar y transformar un sistema que ha permitido, a expensas del ciudadano, que se jueguen los destinos de una nación en la penumbra de la impunidad.