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Si Jerusalem fuera Helena…


HACE ALGUNOS DÍAS, a comienzos de diciembre, circuló la noticia del "reconocimiento" del presidente Donald Trump sobre Jerusalem como capital de Israel, y su decisión de trasladar a esa ciudad la embajada estadounidense.

Trump habló el martes 5 de diciembre con cinco líderes de la región para comunicarles su decisión: el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu; el presidente de la Autoridad Nacional Palestina, Mahmud Abás; el rey Abdalá II de Jordania; el presidente de Egipto, Abdelfatah Al Sisi; y el rey de Arabia Saudita, Salman ibn Abdelaziz.

En redes sociales, no faltaron los que tacharon tal noticia como "falsa", sobre todo tras la sátira elaborada y difundida por un portal canadiense acerca del “probable comentario” —más no exento de verdad desde la perspectiva netamente histórica— del presidente palestino en el sentido del reconocimiento de Texas como territorio arrebatado por Estados Unidos a México.

La respuesta inmediata del mundo musulmán fue de afirmar el reconocimiento del lado este de la ciudad y, en contrario, como capital de Palestina.

Hoy, la Organización de las Naciones Unidas (O.N.U.) votó con una amplia mayoría de 128 países en contra de la propuesta de Estados Unidos para tal efecto.

Los especialistas ven este revés dado por las Naciones Unidas a Estados Unidos —quien de inmediato vetó la votación— e Israel como el probable comienzo del final de las negociaciones para la paz en Medio Oriente, otra vez. ¿Será que se están ya colocando las piezas últimas para el Armagedón?

Si por una parte Rusia ha venido jugando el papel de “fiel de la balanza” haciéndose con determinante hegemonía en la región antes más dominada por Estados Unidos. Si China, en unión con Rusia ha tendido las redes políticas y económicas necesarias para ejercer mayor control sobre las viejas rutas comerciales de Oriente y Medio Oriente. Si el mismo mundo musulmán ahora se halla dividido entre quienes apoyan a Isis y quienes se le han opuesto. Si el parentesco judío del presidente Trump es una especie de piedra en su zapato que lo tiene maniatado a los intereses creados que lo llevaron al triunfo electoral, suponer que tras estos acontecimientos podría desatarse una debacle diplomática de “apocalípticas” proporciones no suena tan descabellado, sobre todo si consideramos la supina estupidez diplomática que ha caracterizado a Donald Trump y su camarilla desde que se desenvolvió en su campaña presidencial. O, al menos, siendo benevolentes, solo de tal manera podría calificarse la omisión hecha por el presidente estadounidense al dato fundamental de la división ya existente de la ciudad israelí en Jerusalem oriental y occidental, división con claras y específicas razones instrumentales —no por ello menos injustas para israelíes y palestinos— desde la creación del estado de Israel.

Todo esto me recuerda la “broma” de humor negro de un amigo judío que, harto de la división y las causas antisemitas, en un arranque de terrorismo intelectual propuso en una plática de café: “¡Explotemos Jerusalem! ¡Estallémosla! ¡Desaparezcámosla del mapa! Así, nos quitaremos judíos, musulmanes y cristianos de la manzana de la discordia.


Tal vez estamos comenzando a comprender cuál es la verdadera ramera alegórica a que hizo alusión San Juan en su Apocalipsis, esa manzana de la discordia que, a lo largo de la historia y aun más y antes que Roma, fornicara con los reyes de la tierra.