A otro Perro con Ese Hueso



LEO CON CUIDADO el interesante reportaje de la colega Nancy Flores, colaboradora de la revista Contralínea, y no me cabe duda: lo que no entienden algunos colegas periodistas es que las transacciones de orden publicitario, las estrategias de campaña publicitaria apelan, por parte de los anunciantes, a llegar a la audiencia, abarcar más mercado de audiencia, alcance, proyección, cobertura, por consecuencia venta para pagar a la runfla de empleados que hacen posible que la información, chueca o derecha, se difunda, se ocasione entretenimiento y las familias de esos mismos empleados tengan un mendrugo para nutrir a sus crianzas, y para ello es parte fundamental el prestigio de los canales, las firmas, las personas, independientemente o justo por su perfil y capacidad para atraer a las audiencias y formar opinión pública hacia determinado producto o servicio; y los políticos,desde hace añales, a ojos de la mercadotecnia, eso son: productos, consumibles, con una caducidad específica. No se diga lo contrario de muchos comunicadores sea en lo local, lo estatal, nacional o internacional.

Si la campaña establece que se hable de un determinado producto y la personalidad incluida (contratada) al efecto se ciñe a los lineamientos de quien lo contrata, entonces el "chayote" no es para el individuo tanto como para el medio para el cual labora y fija la línea editorial, lo que no es tampoco cosa del otro mundo ni para satanizar. El "chayote" en su definición más básica no es eso, sino el pago directo en moneda o especie al individuo en concreto, a la persona física, no a la persona moral. ¿O sí?

Aquí quiero recordar las atinadas conclusiones de uno de muchos estudios que se han hecho recientemente, tanto como 2015, acerca del papel de los medios en la formación de la opinión pública, concretamente lo dicho por la académica e investigadora Bernardette Califano:
Concebir a los medios de comunicación como actores políticos implica entender que no son simples intermediarios entre los hechos y las audiencias, sino actores sociales con intereses particulares. En su quehacer diario, los medios comunican su discurso a una gran audiencia en un proceso en el que entran en contacto con otros variados actores. Su capital simbólico principal reside en la concentración de “recursos de influencia”, que hacen valer frente a cualquier otro actor social con el que entren en conflicto.
Las organizaciones de medios pueden perseguir objetivos políticos mediante formas diferentes, una de las cuales es el logro de políticas públicas particulares relacionadas con sus intereses. Sus actuaciones pueden ser públicas (en la publicación diaria de la actualidad periodística) y no públicas (tanto en el proceso de producción de las noticias como en otros ámbitos de negociaciones políticas). El objetivo permanente de la empresa mediática es “lucrar e influir”, al que se subordinan los objetivos específicos diseñados en cada caso.
La prensa posee un triple papel en relación con el proceso político: como observadora, como participante y como catalizadora. Como observadora es narradora y comentarista de conflictos en que no se involucra como empresa; como participante es actora de conflictos cuando la firma periodística es parte involucrada, y como catalizadora puede influir sobre los actores no gubernamentales del proceso político.
Y no importa la tendencia, inclinación, filia o fobia, la ideología del periodista en cuestión. Negocios son negocios y cada cual ha de resolver su hambre, sea esta de poder, de comida, de fama, de lectores, de influencia, etc. Ahí tenemos ahora al mismo Polemón y a Sin Censura con Vicente Serrano y muchos más, hoy favorecidos por la línea actual del poder, aunque digan lo contrario y se den golpes de pecho y griten su pureza. Quizá en la austeridad republicana inaugurada por el régimen de Andrés Manuel López Obrador no puedan hacer contratos millonarios, pero su "chayote" está a la vista al enarbolarse, queriendo o no, en voceros del régimen en turno tanto como lo hicieron aquellos que hoy son señalados: Carlos Loret de Mola, Denis Maerker, Joaquín López Dóriga, Ciro Gómez Leyva, Óscar Mario Beteta, y muchos más. Quizá aquellos resultaron más habilidosos en su negociación, quizá estos son más torpes y se invisten con ropajes de santidad. A saber.


Periodistas enfrentados en la lucha por el hueso

Con este comentario, aclaro, no salgo a la defensa de unos o de otros, sino pretendo poner el fiel de la balanza en vez de andar mordiendo a diestra y siniestra como perro rabioso que no se halla.

Que pueden definirse formas menos pervertidas de pagar la relación medios-poder económico, sí, se puede. Pero no se conseguirá con pesquizas puritanas. Porque tan perverso es tirar la piedra cuando no se recibe el estímulo, como arrojarla antes de firmar de recibido o hacerlo después de embolsarse el cheque o ante la promesa de sacar una tajada de parte del representante. Aquí nadie está libre de culpa.

Lo cierto es que hoy, en vez de abonar a la concordia y la legalidad, tal parece que las envidias de unos respecto de otros, así entre medios, comunicadores, políticos y partidos, el afán por montarse en los hombros de los cangrejos solo está logrando hacer insípida sopa de jaiba, por no saber hacer un sabroso chilpachole.

Si la audiencia se quejó tras la creación del Sistema ECO—creado Jacobo Zabludovsky, otro estigmatizado por la "izquierda" y, sin embargo, con quién más a gusto se sentía AMLO al dar entrevistas—, porque resultaba excesivo un sistema de noticias 24/7, hoy, abusando de las redes como hacen, entre otros, Sin Censura con Vicente Serrano (que ya harta su constante bombardeo de "noticias" y comentarios insidiosos en Twitter), resulta sintomático que hoy suceda lo contrario y hasta parezcamos adictos a semejantes contenidos, independientemente de su calidad discursiva. Como he dicho, los que ayer fueron acusados de medrar, o ya no están o fueron sustituidos o en vías de serlo por parte de los que ayer acusaban tal cosa. En esto, la navaja de Ockham hinca su filo con sutil precisión.








Cuando el hambre de rating aprieta

La cacería de brujas es lo de hoy y México ya lleva un año convertido en un mal remedo de Salem y la vieja URSS, con purgas soterradas, inquina y divisionismo por donde se vea, bajo la máscara de una supuesta "cuarta transformación". Digo "supuesta", por la manera como la pintan sus actores, porque sí, es verdad que estamos viviendo, mundialmente una cuarta transformación muy dolorosa que pasa, primero, por el desmantelamiento del viejo orden del capitalismo real, las nuevas tecnologías de comunicación y la construcción de nuevas formas de relaciones sociales mediante la recuperación de valores determinados. Y, lo peor, el ciudadano del día a día, vulnerable, cae con singular gusto en la trampa propagandística de la transparencia, formándose en la fila de su antojo: la de la descalificación constante del otro o la del terror asociado a los efectos del crimen organizado.

Por supuesto, esta es una primera impresión de mi parte hacia lo que ya viene ocurriendo desde mediados del año pasado; aseguro, no será la última. Solo venía esperando a que se asentara el actual gobierno para, o corroborar lo dicho en estos Indicios Metropolitanos desde 2007 o/y, además, ahondar en los análisis hechos desde entonces por este humilde plumífero. Ya entonces había anunciado, auguruado quién gobernaría desde 2018 y ahora afirmo: tendremos dos sexenios de MORENA, tal como sucedió con el PAN. Nuestro sistema político mexicano está pensado y estructurado de tal forma pendular.

Cierro solo cuestionando, ¿y Carmen Aristegui con su Aristegui Noticias? O qué, ¿a qué esquema publicitario se ha ceñido su equipo de mercadotecnia?

Es claro que las estrategias mercadológicas no sólo apuntan a señalar lo positivo de algo. Poner el dedo flamígero hacia lo negativo también da raiting como queda expuesto en la publicación de SDP, un medio otrora lopezobradorista. Y se antoja escribir un epigrama:

En el juego de pisotones,
quienes más se quejarán siempre
serán los que no sepan limar
sus incómodos espolones.


Publicidad y Adaptación



LA PUBLICIDAD es mucho más que solo hacer una campaña, un conjunto de mensajes para posicionar, dar a conocer, impulsar, promover, anunciar, recordar una marca o producto, aun cuando muchos la vean de tan simplista manera.

La publicidad es la expresión adaptativa mediante la cual las organizaciones comerciales e industriales consiguen sostenerse, crecer, proyectarse en la conciencia de los ciudadanos consumidores de cosas e ideas en un momento particular de la historia, pero también como una huella de la evolución de esas cosas y esas ideas asociadas a un devenir humano.

La publicidad no es solo una actividad accesoria de la administración, sino implica el anclaje de sus objetivos, misión, visión, filosofía, planes y valores enfocados al mercado que hace su contexto.

Pero, la publicidad no vende, sino son los agentes comerciales los que ponen al alcance de distribuidores y consumidores los productos, y los cobradores quienes obtienen la remuneración respectiva del intercambio.

La publicidad muestra, enseña, expone, evidencia aun cuando a veces lo haga recurriendo a formas discursivas abstrusas, complejas. Extrae la esencia del objeto de su atención para sustanciarlo a los ojos y el entendimiento de sus potenciales compradores. Hace esto, también e incluso si es necesario transgredir las normas establecidas.

La publicidad no hace mercadotecnia, aunque esta sea uno de sus instrumentos de trabajo.

La publicidad no hace tampoco relaciones públicas, aun cuando las incluya en su estrategia porque la base humanista de la publicidad son las relaciones humanas, el establecimiento de nexos entre público consumidor o cliente externo y los propiciadores del bien a consumir, esos clientes internos que conforman los conjuntos de los empleados y los accionistas.

LA PUBLICIDAD PASA, SE QUEDA Y LOS PUBLICISTAS YACEN EN EL OLVIDO

Decir que la publicidad es la "expresión adaptativa" puede sonar pomposo, petulante, ambicioso. No. Simplemente es el reconocimiento de una función vital de las organizaciones, las que han de acomodarse a las exigencias y necesidades de los tiempos.

Podemos poner muchos ejemplos para clarificar la idea, pero uno, por lo pronto, bastará o eso espero.

Hablemos de una firma mexicana: Del Fuerte. Una compañía surgida en Los Mochis, Sinaloa, en 1933, entre cuyos principales productos estaban y están los tomates. Tras una larga historia de crecimiento y evolución que incluyó adquisiciones y asociaciones con otras firmas extranjeras como Heinz, llegando a 1974 tuvo lo que podríamos decir su clímax, el que se potenció de manera importante en la memoria colectiva gracias a un ya clásico de la publicidad: la campaña de "Los Tomatitos". El anuncio, que algunos atribuyen a Fernando del Paso y otros a Federico Baena, consiguió instalarse en el gusto popular por su jingle pegajoso, su letra sencilla y su significado trascendente que, más tarde, hacia comienzos de los noventas, hubo de adaptarse a la nueva circunstancia nacional y mundial, ya en manos de la compañía competidora, también mexicana, Herdez (de la que mi padre fue Gerente de Publicidad entre 1957 y 1959).

Esta campaña, si en una época causó sensación y simpatía, con el pasar de los años y el cambio en la cosmovisión discursiva, a ojos y entendimiento de algunos se volvió perniciosa por hablar abiertamente de la muerte.

VIOLENCIA NECESARIA VS. ESCÁNDALOS MORALINOS

No hay que escandalizarse. No habla de "muerte" como tal. Hay que entender de poesía y de figuras poéticas aplicadas a una literatura ancilar como lo es la redacción publicitaria.

En estos tiempos, cuando todo se quiere literal, masticado y en la boca, es comprensible que la lectura superficial de aquel jingle original sorprenda a los simples y a los moralinos. Vamos de menos a más en la lectura, un poco de semiótica no hace daño.

Si bien es cierto que los tomates son seres vivos que aun después de cosechados siguen su maduración, puede pensarse entonces que el solo separarlos de la mata ya los mata, valga la cacofonía, y hacerlos jugo, machacarlos, es peor que tortura para las células que los componen y su jugo es equivalente a la sangre derramada. Mirarlo así, naturalmente, lleva a una exageración ñoña.



El jingle les daba vida como personajes de un imaginario colectivo, capaces de ser agradables a los ojos de los niños que éramos entonces (al escribir esto tengo 57) y que nos desagradaba el sabor del jugo de tomate y muchas verduras (cosa que no ha cambiado). Hacía que simpatizáramos con los tomatitos y los valoráramos como quien valora al héroe que es capaz de sacrificarse por los demás, en este caso por la salud de nosotros, infantes en desarrollo. El verdugo, es decir el campesino y luego el industrial que los "recluta" (cosechándolos) y prepara para el acto heróico (procesándolos) no es un villano, como usualmente se lo pinta en los cuentos de hadas. Es el ayudante, el nigromante que justifica mediante la transformación la existencia y la misión de los tomates, posibilitándola, dándole valor agregado. Así lo entendíamos y no sentíamos ni pena, ni conmiseración, sino admiración, gusto, satisfacción, agradecimiento de saber que había unos peculiares héroes campiranos dispuestos a hacernos fuertes y saludables porque eran productos "del fuerte", para el fuerte.

Luego, en la versión edulcorada moderna de finales del siglo XX, el sentido no cambió, solo utilizó eufemismos (clásico recurso del timorato y el santiguado) cambiando palabras.

En ella la suerte es la misma: acabarán "muertos" (la muerte es tránsito, transición, transformación) metafórica como literalmente a manos de "Del Fuerte" aun cuando, y este es el cambio importante, vivirán (como los héroes,  como los seres queridos que no olvidamos, en el recuerdo,) "vivos" en los productos "Del Fuerte" y asimilados en nuestros organismos.



LA CENSURA COMO FUERZA ADAPTADORA

Entonces, mientras que la primera versión apelaba a una relación de consumo básico, proceso industrial con efecto directo sobre la salud, la segunda versión apelaba simplemente al mantenimiento de la marca en la memoria de los consumidores, aunque con un sentido de "corrección política", pues en esos años 90 empezó a darse el discurso (más católico que otra cosa, vaya contradicción) contrario a la idea de la muerte que campeaba entonces en las noticias plagadas de información sobre terrorismo y locura.

La cosmovisión original quedó sustituida por una mera recordación instrumental, la que dependió además de que la primera versión hubiera conseguido pasar entre generaciones.

En ambos casos, la clave para comprender el significado está en la palabra "decoro". Pues morir con decoro, implica hacerlo con orgullo, alegre y libremente y por una vida digna. Quien sabe morir es porque ha sabido vivir, como se intelige del Libro Tibetano de los Muertos. Quien conoce el valor del sacrificio está dispuesto a darse por entero. La naturaleza (y los tomates eso son) nos enseña que la vida da paso a la muerte y viceversa, es necesaria la muerte para nutrir a la vida.

Sin duda, para las mentalidades sensibleras, para las sensibilidades delgadas como papel cebolla, lo que choca es la idea de la muerte a manos de un "verdugo" y la imagen violenta, sangrienta que esta palabra suscita. Pero, la violencia fabril implícita en la producción del puré de tomate no es una perversión, como sí lo es la lectura distorsionada y censora de un mensaje tan noble en su espíritu como este pues, en conclusión, las palabras no cambian los hechos.


Entre aviones y puentes te veas


NO ES TAN DESCABELLADA la idea del presidente Andrés Manuel López Obrador de reformar los asuetos. Si bien es importante el argumento del turismo que esgrimen los opositores, en realidad tenemos un calendario plagado de fechas (históricas, oficiales y religiosas) que restan los días de productividad.
El problema no estriba en la idea en sí, sino en el planteamiento gazmoño hecho por el presidente.
Los estudios internacionales reflejan que México es uno de los países que trabajan más horas, pero no más días, sin que ello suponga una mejora o aumento de la productividad como tampoco una justificación balanceada del valor adquisitivo de los sueldos y salarios, muy a pesar de los incrementos históricos, extraordinarios recientes. 
Es verdad que el cambio hecho durante el sexenio del ex presidente Felipe Calderón para "arrastrar" las fechas de asueto que caían en la mitad de la semana al fin de semana previo o próximo inmediato ha significado un ligero aumento en la derrama de ingresos por conceptos de turismo interno, por otro lado ha implicado la simulación, pues al final de cuentas siguen restándose días hábiles semanales.
Todos los países gozan de fechas de asueto. Es no solo conveniente sino hasta sano en tanto práctica social. Lo que nadie ha planteado nunca ha sido la posible idea de, en vez de acomodar fechas, redefinir las causas, los motivos que justifiquen la vacación, el descanso. Un ejemplo: todos, aun los huérfanos, tenemos madre, sin embargo el Día de la Madre, invención de los comerciantes hace decenios (como otras fechas similares), es común que sea laboral medio día, mientras que no todos somos guadalupanos y aun así el 12 de diciembre se toma como asueto completo en la mayoría de las empresas. Es una muestra de los despropósitos calendáricos que determinan las contradicciones de identidad que nos sustentan a los mexicanos. Eso, sin mencionar las demás fechas "a modo" para la celebración de las más variopintas causas, unas propuestas o impuestas internacionalmente, como el Día del Trabajo, otras resultantes de las victorias revolucionarias o democráticas.
Las discusiones de quienes se van oponiendo hoy a la idea están yéndose por el lado de la ocurrencia tanto  más que el mismo presidente, en vez de ahondar en esos "otros datos" que, analizándolos de manera adecuada, sí podrían darnos luz de por dónde es necesario encaminar parte de la transformación económica que el país está necesitando, pues es un tema asociado, se quiera o no los planteamientos acerca de la ley de salarios máximos, aunque no lo parezca, y que he expuesto más de una vez en este blog.
Decía don Federico Reyes Heroles —me gusta citarlo con singular frecuencia— que en política la forma es fondo. Tal parece que las corrientes simpatizante como las antipatizantes de AMLO y el morenismo han perdido la dimensión de las formas y, por lo tanto, de los fondos que subyacen en ellas. Los temas importantes no son los aviones sujetos a rifa o los puentes propuestos para su eliminación. Esas son apenas máscaras de problemas más chonchos que ni el propio gobierno está sabiendo asir y menos resolver y, lo peor, que en su marasmo interno, como ojo de torbellino, está generando vientos de inconformidad, confusión, incertidumbre que nos están arrastrando a todos con sus bandas repletas de escombros y reconcomio.