¡Políticos, a escena!

enero 26, 2015 Santoñito Anacoreta 0 Comments

LA CANDIDATURA DEL FUTBOLISTA CUAUHTÉMOC BLANCO por el partido Socialdemócrata (PSD) para ocupar en 2015 la alcaldía de Cuernavaca, Morelos, ha causado más revuelo del que nunca en la historia habían ocasionado candidaturas similares en la historia de México.

Esta candidatura ha llevado al extremo de que algunos comunicadores como Chumel Torres, al amparo de la libertad de expresión sobre todo la que se goza en el medio de la Internet cometan, a sabiendas o sin proponérselo, el delito electoral de convocar o inducir a la ciudadanía, en este caso de internautas, a no votar por tal o cual candidato, como consta a partir del minuto 2:12 de El Pulso de la República que conduce Chumel, en su emisión semanal del 26 de enero, donde luego de hacer una descripción y determinadas consideraciones editoriales acerca del tema y la persona remata, diciendo literalmente y señalando con dedo flamígero y retórica dictatorial: “La gente de Cuernavaca no está tan loca como para votar por... ¡No vayan a votar por Cuauhtémoc Blanco, cabrones, eh! ¡No mamen, neta! ¡Neta, neta, eh!... Cuernavaca...”. Y luego, en el minuto 3:31 dice: “¡No vayan a votar por Cuauhtémoc, cabrones, es neta!” para continuar en el minuto 3:41 afirmando: “Desde El Pulso de la República francamente deseamos que esto no suceda, porque si ya con le payasito ‘Lagrimita’ la vida de Guadalajara parece un programa de comedia, Cuernavaca parece el episodio más aburrido de los Supercampeones”.


El caso del ex futbolista no es nuevo ni exclusivo de México.En la historia moderna del mundo —pero México es lo que nos interesa aquí y ahora—, desde los años cincuenta por lo menos, diversas personalidades e intelectuales de la literatura, las artes escénicas, las artes figurativas, la arquitectura y los deportes, vaya, la cultura en general, lo mismo que campesinos y más recientemente miembros de algunas etnias del país, homosexuales, prostitutas han ejercido su constitucional derecho ciudadano para aspirar a un puesto de elección popular, siempre y cuando cumpliendo con los requisitos de ley. Así que en realidad no habría razón para llamarnos a sorpresa.

Poner en duda la honorabilidad de una persona, cualquiera que sea, por su solo oficio además de sus aspiraciones políticas es un signo de intolerancia supina, y sesga en la opinión pública hacia la discriminación grosera y humillante, aun cuando se haga con gracejadas irreverentes como en el caso de Chumel Torres.

Política mexicana, entre el dedazo y el "chapulín colorado"
Es cierto que en la historia del país los puestos políticos han dado pie a lo que en México llamamos “chapulines carroñeros”, es decir aquellos individuos que brincan de un puesto a otro de elección popular haciendo una “carrera” política, así sea efímera, en el afán de no soltar “el hueso” que les da de comer y la oportunidad para, con el poder en la mano, hacer tropelía y media en beneficio egotista y a contrapelo de los intereses de la nación o de la limitada localidad a la que representan o sobre la que gobiernan. Pero también es cierto que no todos los hombres están hechos del mismo barro. Que una persona se exprese o viva de tal o cual modo no la hace mejor que otra; el que tenga tales o cuales habilidades, conocimientos, profesión o vocación no la hace menos ni más apta que a cualquiera, salvo en condiciones muy específicas, para ejercer sus derechos. Insistir en semejantes barbaridades conduce a que, por ejemplo, si el día de mañana una persona con síndrome de Down quisiere aspirar a una diputación para representar a los similares a ella, le negaríamos el paso por el simple prejuicio de sus naturales o supuestas “limitaciones” o discapacidades.

Lo que cuenta, sin duda, al momento de uno lanzarse tras un puesto político o de votar por alguien que aspira a legislar o gobernar nuestros destinos son los propósitos, los que por supuesto cualquiera imaginamos nobles en principio, pero caras vemos, corazones no sabemos e intenciones, menos. La imbecilidad o la estupidez son rasgos que metafóricamente acaban envolviéndonos a todos y no por ello tenemos menos oportunidad de incidir en el desarrollo de una nación, para bien o mal ya seamos administradores públicos, de empresas, abogados, ingenieros, expertos en ciencias políticas.

Manuel Velasco Coello y Anahí.
Foto: Revista Hola
Podemos aquí mencionar algunos nombres de famosos, muchos, que han ocupado curules o puestos políticos, o simplemente incursionado de un modo u otro en la política. Actrices: María Rojo, Silvia Pinal, Helena Rojo, Irma Dorantes, Irma Serrano “La Tigresa”... Actores: David Reynoso, Ignacio López Tarso, Julio Alemán, Erick del Castillo, Héctor Bonilla, sin olvidar, saliéndonos del ámbito mexicano a John Gavin (embajador de EE.UU. durante el gobierno de Ronald Reagan), Arnold Schwarzeneger (gobernador de California)... Escritores: Heráclio Zepeda, Andrés Henestrosa, Agustín Yáñez, Mauricio Magdaleno, Carlos Pellicer, Jaime Torres Bodet, Pablo Neruda, José Martí (y con él ya me fui al siglo XIX donde encontramos a Ignacio Ramíres “El Nigromante”), Octavio Paz, César Augusto Santiago, el poeta Václav Havel (el primer presidente de la República Checa post socialista)... Deportistas: Carlos Mercenario, Carlos Hermosillo, Raúl “Ratón” Macías, Ana Gabriela Guevara, Noé Hernández, Iridia Salazar, Víctor Estrada, Roberto Ruiz Esparza, Fernando Platas...  La lista puede ser exhaustiva y no basta con revisar las listas de militantes de los distintos partidos o la historia del Congreso mexicano y quienes han pasado por él ya como diputados, ya como senadores, en la mayoría de los casos y al menos hasta 1994 bajo el emblema priyísta. En puestos de gobierno aún no se han dado casos a no ser marginalmente, como sucedió con Silvia Pinal mientras fue esposa del gobernador de Hidalgo Tulio Hernández Gómez, Victoria Rufo tras casarse con el también gobernador de Hidalgo Omar Fayad, o los más reciente y más sonados de la primera dama Angélica Rivera “La Dueña” o “La Gaviota” casada con el presidente Enrique Peña Nieto y de la actriz y cantante Anahí comprometida actualmente con el jovencísimo gobernador de Chiapas Manuel Velasco Coello.

Sin entrar en teorías conspiratorias acerca de la mano que mueve la cuna y las relaciones perversas de las televisoras, concretamente Televisa, y el poder político, las reacciones populares a casos como los mencionados no dejan siempre de ser desproporcionadas aun cuando las sustente algo de razón.
No es gratuito que los partidos políticos apelen, desde una perspectiva de mercadotecnia y comunicación política, a la fama de las personas para atraer votantes, afiliados, simpatizantes a su causa, incluso militantes y para afianzar sus particulares objetivos y estrategias políticas. Si lo hacen las empresas particulares, ¿por qué no los institutos políticos o las instituciones gubernamentales o los organismos no gubernamentales y las asociaciones civiles? ¿Acaso hay una norma que lo prohíba fuera de las consideraciones moralinas de ciertos grupos de ciudadanos aquí y allá?

El mercado de la fama
Algunas celebridades se prestan al juego de la imagen aun cuando en el proceso pueden salir raspadas. A diferencia del ciudadano común, los famosos están hechos de una pasta refractaria a la crítica y la maledicencia. Para ser famoso se requiere, sin duda, de un carácter lo suficientemente desfachatado y cínico para soportar la andanada de señalamientos justificados o no en su favor o en su contra.

El temperamento es un elemento adicional que ayuda a modo de parapeto o incluso de ariete al momento de las tácticas políticas de los partidos y de quienes mueven los hilos detrás de ellos, máxime de los partidos pequeños en su afán por obtener el porcentaje básico para mantener su registro y seguir chupando del presupuesto. De ahí que no cualquiera tenga esa “piel de rinoceronte” con el grosor suficiente para tolerar las a veces lacerantes e injustas argumentaciones propias de la opinioncracia que hoy nos dirige.

"La Venus del Espejo" por Diego Velázquez
Esto que digo nos pone frente a frente ante los distorsionadores espejos de la casa de la risa, en ellos el más pintado descubre ampliados y deformados sus rasgos, aunque sean muy nobles. Sea intelectual, artista, abogado, ama de casa, joven estudiante, al momento del ejercicio del derecho democrático para votar y ser votado, y aún más, al momento de acceder al poder que la democracia otorga al elegido por una mayoría, los individuos quedan igualados en sus ambiciones tanto como en sus mezquindades. ¿O qué, es necesario pertenecer a un gremio específico para dedicarse a la política?

La política vuelve más vulnerable a la persona y más si esta queda inscrita como ahora estamos viendo y experimentando en una meritocracia para la que merecer un cargo público debería ser tema exclusivo para iniciados. Por eso, en lo personal, execro la meritocracia.

Cuando escucho y leo acerca de la idea de promover entre nuestros legisladores una “carrera” y poner como condicionante de la misma la idea de la reelección me ataca la carcajada. ¿Acaso nuestra sociedad es tan ingenua como para no darse cuenta que esa carrera, a querer o no ya existe? Nos gusten o no, entre las filas de legisladores y políticos “profesionales” tenemos verdaderos tribunos que han conseguido logros plausibles y claro que tenemos también esquiroles y pamemes y chambones y lamebotas y rémoras... La fauna política es muy extensa y no ha llegado el taxidermista que haga la clasificación correspondiente que permita adentrarnos en las peculiaridades de cada clase, orden, especie, tipo y filum políticos.

Aristóteles lo dejó muy claro en la antigua grecia: el hombre es un ser político. La estupidez es tan humana que ninguno estamos exentos de cometer torpezas ya en la elección de quien puede representarnos, ya como representantes de un grupo concreto, ya como gobernantes. Errar es humano, pervertir es humano, corromper es humano, santificar y bendecir también son acciones humanas. Y hay torpezas que se cometen por maldad y otras en que se incurre por inocencia.

¿Acaso Chumel Torres es mejor que Cuauhtémoc Blanco? ¿Por qué? Si él aspirara a un puesto de elección popular, ¿qué pensaríamos de él, cómo lo calificaríamos? ¿Sería un buen candidato? ¿Para quién? Una cosa es segura, representaría a los irreverentes para empezar; ¿a todos?

Lo que olvidan comunicadores como Chumel y candidatos como Cuahtémoc son el peso y las posibilidades que conllevan el poder de hablar ante un micrófono o desde un templete y una silla de gobierno. Posibilidades que van desde experimentar el escarnio, la antipatía y la reprobación hasta la loa ante el tino en las decisiones tendientes a propiciar el bien común. Esto mismo que ahora escribo me coloca en la palestra, ante los ojos de los lectores críticos que pueden manifestar su acuerdo con mi dicho o discrepar.

De nuevo mi exhorto es a no ser más papistas que el Papa. La máxima revolucionaria de dejar hacer y dejar pasar encierra una gran sabiduría, porque al fin y al cabo las cosas y las personas caen por su propio peso sin necesidad de colocar la testa en la guillotina, y si bien ninguno somos monedita de oro para caerle bien a todo mundo, todos "merecemos" al menos una oportunidad para mostrar lo que somos capaces de hacer en pro de los otros o incluso de nosotros mismos. Como bien dice el juramento que han de hacer los servidores públicos, al final será la nación quien les demande cuentas y la historia la que los ponga en su “justo” sitio. Dejemos que los actos hablen por quienes los cometen y se dicen hombres de bien.

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