¡Arre!, que llegando al caminito...

CON UN NUEVO VIDEO, el ex candidato a la presidencia de México por el Partido Acción Nacional, Ricardo Anaya, difundió uno más de sus videos al más puro estilo, toda proporción guardada, del mismo AMLO en los años que hizo campaña para la presidencia sin que se mencionara claramente la intención (me hizo recordar aquel en que conduce una carreta en Oaxaca), al punto que ni los reclamos causaron mella o conciencia entre los ministros del Tribunal Federal Electoral en su momento.



Por supuesto, el estilo personal también se impone y no por usar las "mismas armas conceptuales y creativas" se consiguen los mismos resultados; si así fuera, Ricardo Anaya tendría que esperar dieciocho años para acceder a la presidencia, como hizo el tabasqueño Andrés Manuel López Obrador. Es posible, si consideramos que son seis años de gobierno de AMLO y, como he augurado, serán desde el 2024 otros seis de una continuación de gobierno izquierdista (no necesariamente morenista), igual que sucedió cuando tuvimos en la alternancia dos panistas: Vicente Fox Quezada y Felipe Calderón Hinojosa, separados por un priyista, Enrique Peña Nieto (lo que, a ojos del sistema político mexicano pendular, coloca al PRI en el centro, lo que desubica o matiza la posición ideológica de los partidos satélites).

En contraste, ahí tenemos los diversos espots de campaña en la televisión abierta, algunos replicados en streaming y redes sociales. Unos más absurdos que otros, por no decir torpes no nada más en su hechura sino desde su concepción, como ese del Partido Encuentro Social (P.E.S.) que incluye entre sus afirmaciones de campaña, y cito:

Como sociedad, no nos gusta que se gasten nuestros recursos en partidos políticos.

Una afirmación que se antoja estúpida y contraria al inherente espíritu del mismo partido que emite tal dicho y que, además, hubo de utilizar recursos para mantener su registro luego de perderlo en las pasadas elecciones y resucitar por sobre los argumentos en contra que alegaban la inclusión de ministros de culto.

En estas campañas, no obstante lo álgido de la polarización promovida desde el gobierno federal y por el mismo presidente desde años atrás, noto una más mesurada distribución comunicativa en comparación con años anteriores. No por virtud de los estrategas de comunicación. Quizás sea explicable por la dinámica mediática que vivimos, o porque los impactos publicitarios ahora se ven más dispersos, o que los efectos anímicos de la pandemia nos pueden mantener distraídos en la búsqueda de contenidos más ligeros para sobrellevar la pesadumbre del encierro, la recesión y la angustia. Me pregunto cuánto de esa dispersión abona a la incomunicación y la efectividad publicitarias. Se verá en las elecciones venideras.

Una cosa es cierta, la cosecha de candidatos cada vez es más pobre en calidad y la oferta política en consecuencia, lo que en buena medida se explica por el bajo nivel socioeducativo de la ciudadanía en general, a pesar de los mayores índices de acceso a la educación y la cantidad de profesionales y posgraduados.

No niego que cualquiera, lo mismo Paquita "La del Barrio" como tú o yo tenemos en nuestros derechos y posibilidades ser votados. Aun así, ya he escrito que muchas veces el sentido común de un ciudadano corriente puede ser más asertivo que los años de experiencia de un político profesional. Diputados hay que no saben leer con soltura, aun a pesar de sus créditos académicos y hay burócratas que, por sus andanzas en la función pública, se saben lo duro y lo maduro, aun cuando no hayan ni siquiera terminado la primaria. Sin embargo, más allá del deseable conocimiento, capacidad probada y sensibilidad popular de un individuo, ya en el ejercicio del poder, lo hemos atestiguado, ocurren muchas cosas que o fructifican en beneficio o pudren en perjuicios de personas, grupos, ideas o la sociedad en general, por no decir del país mismo.

De ahí que, y aquí otro augurio en consonancia con lo que he escrito en mi blog más de una vez, preveo un notable aumento en el porcentaje de anulación en las próximas elecciones de julio. En parte, como efecto de la pandemia y los protocolos de sanidad de la mano del temor social respecto del contagio, máxime cuando se está anunciando ya la probabilidad de que en los meses veraniegos se produzcan no una sino dos olas a causa de las nuevas cepas ya presentes en México, unas más agresivas que otras: la china, la inglesa, la brasileña y la surafricana.

O sea, el abstencionismo en una mano como consecuencia del encierro de la cuarentena incidirá un poco más de lo esperado. En parte también por las consecuencias de mortalidad que la misma pandemia ejerce diariamente sobre el padrón electoral, desde el momento que el grueso de los decesos se halla estadísticamente ubicado en la porción de área de la curva normal que describe a la población adulta y adulta mayor. Un estudio de la UNAM publicado en diciembre de 2020 hizo notar que el 60% de los fallecidos por Covid-19 eran adultos entre 40 y 69 años), siendo además el sustento de sus familias. Es decir, el electorado se verá reducido por causas tanto naturales, sanitarias, como sociales y políticas. Por otro lado, el desencanto frente al partido de la "esperanza", la polarización y la carencia de opciones aceptables, decentes, con una ideología clara y no las insulsas promesas gazmoñas de siempre, llevarán a muchos a actuar en alguna de estas líneas de elección:

  • Votar por el menos peor o por el que se supone mejor malo por conocido que bueno por conocer; pero, como ya conocimos que todos se cuecen en el mismo hervor, pues qué más da. Es decir, la lógica del elector promedio será muy distinta de la que lo ha caracterizado en elecciones anteriores.
  • Anular el voto ya por reacción o por decepción, lo que refuerza los motivos detrás de esta forma.
  • Votar en blanco, en la idea de que esta forma de expresión no implica anulación y en la esperanza de que algún día los legisladores de veras consideren hacer tanto de la anulación como del voto blanco maneras de elección vinculantes. El día menos esperado podría darse que una buena cantidad de mexicanos votara, por ejemplo, por un servidor, anotando en la casilla blanca mi nombre completo José Antonio de la Vega Torres o el de otro de su agrado, con vida y en activo. No nada más como impulso o una salida al ahí se va mexicano, sino en conciencia de que alguien fuera del sistema, y aun más independiente que los candidatos independientes sujetos a los leoninos requerimientos del sistema de partidos, podría hacer una diferencia. Digo, soñar no cuesta nada, tanto en el portador del nombre anotado como en el del elector anhelante de un mejor destino común.

En 2018, solo para la Ciudad de México y de acuerdo con el estudio muestral efectuado por el IECM (Instituto Electoral de la Ciudad de México), la anulación efectiva y eficiente  alcanzó un 17%, dato este relativo respecto del conjunto de la votación y extrapolado de la diferencia entre votos anulados bajo un criterio de error (41%) y los anulados intencionalmente (59)%. El estudio consideró, a contrapelo de lo establecido por la ley y el reglamento electorales, catorce categorías de anulación, describiendo desde "el sufragio en blanco, las marcas totales y apodos a las críticas hacia partidos políticos y autoridades federales y locales, entre otras causas".

El sufragio en blanco, en teoría, no se ajusta a la anulación por antonomasia. Pero, la falta de claridad legislativa acerca de su utilidad vinculatoria al proceso ha llevado a que se le confunda incluyéndolo como una categoría de anulación, aunque en la práctica además se le contabiliza muy aparte y no hace factor determinante de anulación, como ya he anotado en varios textos anteriores.

Por supuesto que cualquiera de esas categorías se verán diferenciadas y presentan variaciones estadísticas y variantes lógicas dependiendo del tipo de comicios del que se trate y la entidad en que se haga la medición, pues no reflejará la misma anulación un comicio para elegir alcaldes, que uno para legislaturas, etc. Aún así, si tomamos como referencia el solo dato como elemento expresivo de la tendencia electoral de la ciudadanía, generalizando, podemos llegar a conclusiones interesantes. Veamos.

Siguiendo el estudio del IECM y comparando con los datos generales del INE de votos en 2018, cuando la participación ciudadana alcanzó poco más del 63% del padrón electoral, el porcentaje de anulación de votos (solo anulación) y en números cerrados absolutos superó el 2% (2.7% conforme a la numeralia del propio INE [p. 130]) frente al voto blanco que alcanzó el 0.000564%. Datos estos que marcan una cierta consistencia y coherencia entre las expectativas del electorado del grupo de los "aparentes indecisos" de la llamada espiral del silencio y la respuesta que este da con su voto ante la oferta de candidatos, partidos y plataformas políticas.

Un comparativo histórico permite ver que ya, en las elecciones de 2012, estos datos fueron muy similares: anulación 2.42%, si bien el voto blanco fue mayor, 0.06% como consecuencia de la confusión ya anotada líneas arriba pues, a ojos del elector, mientras los actores políticos no le hagan notar las diferencias entre voto nulo y voto blanco, estos serán siendo tomados como sinónimos y políticamente equivalentes, aunque estadística y legalmente no lo sean.

Esa enorme diferencia —aunque sea matemáticamente fraccionaria—, entre 2012 y 2018 en el voto blanco se explica por la aparición de las candidaturas independientes que, de algún modo, trajeron un elemento de mayor certitud y meta al voto blanco pues, en tratándose de candidatos, a ojos del elector siempre es más manejable cognoscitivamente contar con un nombre específico sobre el cual optar —así se trate incluso de una alianza o coalición— que apostar por una casilla vacía.

Las candidaturas independientes, entonces, trajeron un capítulo más en el perfeccionamiento del sistema democrático mexicano, aunque el sistema de partidos las convirtió en un esperpento legal, administrativo y burocrático, insensible ante la realidad de los verdaderos aspirantes a candidaturas independientes, forzándolos a justificar su aspiración mediante leoninos requisitos para los que solo los pudientes en relaciones o finanzas pudieron cumplir. Así, los candidatos independientes en las condiciones actuales solo valen como monigotes para distraer el voto inconforme, lo que no es nada despreciable en la lectura de los datos y sus significados para la democracia.

La aspiración legítima de un hijo cualquiera de vecino está, por ahora, fuera de todo alcance, a menos que el voto blanco se vea afinado desde la ley para permitir el equilibrio y, sobre todo, el destino específico del sufragio de aquel elector que no quiere anular, quiere participar y no abstenerse, pero ninguna opción registrada en la boleta le convence. Ese no es un indeciso, simplemente es un elector que no halla representación en lo establecido, ya en la forma de partidos, ya en la de candidatos. Si en el primer caso, para incluso volverse militante. Si el segundo, para simpatizar. Para ese, el voto blanco le significa el clamor por ser tomado en cuenta por la comunidad, no por imposición, seducción o conveniencia, sino por convicción comunitaria. Imagina, estimado lector, un escenario en el que un conjunto de votantes inconformes se reúnen y acuerdan votar al unísono por el compadre de la esquina, quien les parece un individuo capaz de liderarlos, pero cuyos recursos le son insuficientes para registrarse. Y estos vecinos se pasan la voz "vota por fulanito" y, en la casilla, todos anotan su nombre y resulta ganador en los comicios. Nuestra ley aun no contempla claramente ese escenario y sus consecuencias vinculantes.

Algo que el sistema de partidos olvida es que los líderes nacen y no solo se hacen, que la cacería de talentos para el liderazgo es un arte y que los líderes jamás triunfan cuando son impuestos o al menos puestos y acomodados por los intereses fácticos. Los verdaderos líderes gozan del reconocimiento pero también del escrutinio sociales.

Los casos del actual presidente, Andrés Manuel López Obrador o el antecesor, Enrique Peña Nieto, vistos en perspectiva seguro no me dejarán mentir.

Cenizas y Pandemia


ESTA SEMANA, para los creyentes cristianos y sobre todo católicos fue Miércoles de Ceniza.

El miércoles de ceniza es un día santo cristiano de oración y ayuno. Se trata de una celebración litúrgica móvil precedida por el Martes de Carnaval y es el primer día de Cuaresma,​ que son las seis semanas de penitencia antes de Pascua. 

Se celebra cuarenta días antes del domingo de ramos, día tras el que comienza la Semana Santa. Y se acostumbra la unción del símbolo cristiano (pez o cruz) en la frente de los creyentes, como un recordatorio de la marca sobre las puertas de los judíos esclavos en Egipto preparatorio de las plagas que derivaron en su liberación, motivo por el cual se celebra la pascua o pesaj y que en 2021 ocurrirá entre el 27 de marzo y el 4 de abril.

La ceniza, cuya imposición constituye el rito característico de esta celebración litúrgica, se obtiene de la incineración de los ramos bendecidos en el Domingo de Ramos del año litúrgico anterior. Sin embargo, ¿se han preguntado de dónde sale tanta ceniza para ungir a tanto creyente?

Entre la fe y la utilidad

La respuesta de sentido común es que, si es insuficiente el rescoldo de los ramos, se hace más quemando y triturando madera, virutas, papel, tela de ropa vieja, de preferencia hecha con fibras naturales como algodón, lino, seda o lanas.

El comentario que haré podrá parecer insensible, apóstata, por lo menos absurdo a los ojos de algunos. No lo hago con mala intención ni ánimo de ofender; pero, no descarto la posibilidad de que parte de las cenizas también provengan de los hornos crematorios de las funerarias y/o de las quemas e incendios tan comunes a estas alturas de cada año, si bien estas obedecen a otras razones.

Incineración de una víctima de coronavirus
en crematorio de Iztapalapa.
Foto y fuente: Chicago Tribune
¿Por qué digo esto? Porque tiempo atrás supe que las cenizas restantes, en la limpieza de los hornos (por lo menos los de crematorios veterinarios y rastros), eran vendidas, en tratándose de cenizas provenientes de productos orgánicos, para la elaboración de compostas y fertilizantes para la agricultura y la jardinería, e incluso para su procesamiento en la industria química en la elaboración de jabones, cosméticos, pegamentos (y no quiero que esto implique una odiosa remembranza de la industria nazi tras los campos de concentración) o la generación de energía eléctrica. ¿De esto último podría derivarse parte de la "necedad" del actual gobierno mexicano por apostar a la generación eléctrica a partir de la explotación del carbón, en vez de apostar a las energías renovables?

Piénsalo, amigo lector, y puede no resultar descabellada la duda, aunque parezca tétrica y horrorosa: México no es un gran productor de carbón. De hecho, la industria carbonífera mexicana con yacimientos en el norte y el sur lleva varios decenios de capa caída, por no decir que depauperada al punto de que CFE ha tenido que importar carbón, de manera especial, pero no únicamente, de EE.UU. y China, desdeñando la producción nacional como acusó en 2014 la AMDE (Academia Mexicana de Derecho Energético). Al comienzo del actual gobierno, en marzo de 2019, Manuel Bartlett titular de CFE habría afirmado que la empresa no recurriría al carbón para generar electricidad. La pandemia lo llevó a un giro de timón y a contradecirse no solo en los dichos, sino en los hechos y para sorpresa del mundo.

Las decisiones recientes en este tema para dar nuevo impulso a este rubro no nada más van a contrapelo de la tendencia mundial y las recomendaciones de especialistas en cambio climático y energía, sino muy probablemente llevan una segunda intención que es, por una parte, ocultar los tejes y manejes de la industria funeraria y, por otro lado, aprovechar los excedentes (que no han de ser tantos, si nos atenemos a las cifras oficiales de mortalidad; pero, súmense los demás residuos sólidos que generamos diario los seres humanos, y la cosa cambia) para, mezclados, incidir en un "ahorro" presupuestario ad hoc en tiempos de recesión, pandemia y "austeridad republicana". Es decir, si por un lado se apuesta a una industria sucia que incide en el efecto invernadero, por otro se le busca un lado virtuoso al propiciar la generación de energía "limpia" a partir de la incineración de "desechos solidos". Por una parte se promueve la reforestación de maderas preciosas en el sureste, por otro se "rescata" (como hiciera Vicente Fox con los ingenios azucareros) una industria como la carbonífera y, por otro se aprietan las tuercas a la minería extranjera en México, especialmente la canadiense, en un afán retrógrada por recuperar un patrón plata para sostener a un peso cuya dinámica hoy no se basa en ningún metal como antaño sino, y desde el sexenio de Ernesto Zedillo, es volátil en función de los vaivenes del mercado cambiario.

¿Será que el empuje reciente de criptomonedas como el Bitcoin está ejerciendo una presión grande sobre las criptomonedas a las que había apostado AMLO como ya había yo anotado en un artículo previo?



En estos dos primeros meses de 2021 el Bitcoin ha repuntado como nadie imaginaba, partiendo de los ocho mil dólares estadounidenses hasta alcanzar una cotización superior a los cincuenta y dos mil dólares (antes de publicar estas líneas), significando un crecimiento de alrededor del seiscientos cincuenta por ciento. Este dato, en el contexto de la política económica estadounidense no significa para México un buen augurio, pues la liga con esa moneda conlleva el debilitamiento de la nuestra y, según los analistas, no es descartable que entre 2021 y 2022 el nuevo orden mundial lleve a un cambio de moneda patrón al colocarse el yuán chino como la moneda de referencia.


¡Hagan sitio! O cuando nos volvamos carbón

Esto me lleva a un recuerdo anecdótico, escatológico, pero que encierra una cruda verdad. Alguna vez, en la universidad, uno de mis compañeros preguntó a cierto profesor acerca de qué era un determinado personaje sobre el cual teníamos que estudiar. El maestro que era ex militar, ex miembro del Estado Mayor Presidencial y que nos enseñaba entre otras materias Metodología de la Investigación, tosco y seco contestó: «¡Fiambre! ¡Es fiambre!». No entendiendo el compañero la palabra requirió mayor explicación, a lo que el maestro espetó impaciente: «¡Fiambre! ¡Cadáver! ¡Difunto! ¡Despojo! ¡Residuo sólido! ¡Restos mortales!». Y sí, por crudo que suene, eso somos al final de nuestra vida, independientemente de que muramos por causas naturales, pandemias, o acabemos occisos, es decir, muertos por causa violenta, asesinados por cualesquier aviesos motivos del criminal que nos despache. Al final somos fiambre, residuo sólido orgánico que, junto con otros, somos materia convertible en energía y lo que está por discutirse es nuestra huella de carbono y su incidencia en el cambio climático. Si sepultados, nos descomponemos en metano, igual que la basura, y tardamos años, quizás siglos en desintegrarnos, en compostarnos para ser uno con la tierra. Incinerados, en cambio, podemos ser disponibles de manera más pronta, expedita e inmediata para el bien común.

¿Acaso esto recuerda la película y la novela Cuando el destino nos alcance basada en la novela ¡Hagan sitio!, ¡hagan sitio! (1966), de Harry Harrison? En cierto modo, quizás lo que vemos ahora con esas cenizas es una variante del soylent verde. Se trata de "hacer sitio" a los vivos y, ¡qué interesante! ¡Cómo ajusta todo incluso con una Agenda Habitat de la ONU! a la que se ligan planes de desarrollo urbano como el presentado recientemente en Naucalpan y otros municipios del país para el desarrollo de "ciudades resilientes" y que comenté tiempo atrás. Tema este que pasa por otro también tocado aquí en estos Indicios Metropolitanos y al cual tampoco nadie le quiere entrar a cabalidad, si no es para sacar tajada y raja para su molino; es decir, ni pepenadores ni industriales ni gobiernos municipales: la generación de energía a partir de la basura y la mierda que arrojamos a los cuerpos de agua y afluentes. Solo unos pocos municipios lo hacen en México, lo que tiene muy alejada la meta y propósito del mismo gobierno de López Obrador de generar el 35% de la energía a partir de fuentes renovables para 2024.

Sí, es cierto que entre las soluciones que se han buscado para desminuir la huella de carbono mexicano está la prohibición del uso de ciertos plásticos, aunque la pandemia dio al traste con tal iniciativa de ley en aspectos insospechados como el desarrollo de empaques de alimentos o el reciclaje de las bolsas de plástico mediante la reutilización, mientras por otra parte el consumo y desecho de cubrebocas, guantes, micas y otros insumos preventivos contra el Covid-19 se ha convertido en un problema más en ciudades y costas.

Uno de muchos estudios de especialistas, elaborado en 2019 al respecto, señala:

La creciente producción de residuos sólidos urbanos (RSU) está directamente relacionada con el aumento de la población en áreas urbanas y con el desarrollo económico. Actualmente más de la mitad de la población mundial se ubica en áreas urbanas y la tasa de crecimiento de la población en estas zonas se estima en 1,5%. Con la mayor demanda de bienes y servicios de la población, para el año 2025 se estima que la producción global de RSU será de 2.200 millones de toneladas al año. Por tanto, es urgente para los países en vía de desarrollo, que no poseen programas de gestión integral de residuos sólidos que los implementen, considerando los RSU como un recurso y no como un problema. [Diversos autores] plantean varias alternativas de valorización de los residuos, tales como el reciclaje, el compostaje, y la biodigestión. Adicionalmente, los RSU pueden ser aprovechados para generación de energía a través de procesos bioquímicos (digestión aeróbica y anaeróbica) y procesos termoquímicos (incineración, gasificación y pirólisis). Los procesos termoquímicos tienen mayor potencial energético y mayor capacidad de reducción del volumen de RSU. Se estima que, en todo el mundo, aproximadamente 130 millones de toneladas de RSU son procesadas en plantas de Residuo-a-Energía (RAE) cada año, y producen 45 GW-h.

La incineración de RSU es el método más usado entre los procesos termoquímicos, esto se debe a que tiene la capacidad de procesar residuos con composición heterogénea. Sin embargo, este proceso se da a altas temperaturas, lo que favorece la emisión de sustancias con grave impacto en el ambiente y la salud pública [...]
Sí, sé que suena fantasioso, producto de una mente distorsionada o de una ficción de horror. Pero, no ha de serlo tanto en un país donde las verdades oficiales en torno a la osamenta de la Paca y los 48 desaparecidos de Ayotzinapan o los "otros datos" resultaban increíbles, míticos y luego resultaron una espantosa realidad o la más ominosa mentira alrededor de la cual los gobiernos en turno nos han tenido girando y en vilo.

Polvo somos... y hasta polvo de instituciones

Tengo claro que es este un tema que nadie, en realidad, se ha puesto seriamente a investigar por lo sensible y delicado que es, en lo moral y en lo emocional, lo político y lo legal. No obstante, circunstancias como la pandemia orillan a repensar incluso estos tópicos desde una perspectiva seria, humanista tanto como humanitaria, que son dos cosas distintas. La muerte también obliga a transparencia y, como ya he dicho en otra parte, la transparencia es la más sutil de las trampas. Para saber vivir hay que saber morir, dice el libro tibetano de los muertos.

Para ninguno de nosotros es un secreto o una novedad que a lo largo del ya casi año y medio de pandemia por el SARS-2 Covid-19 (dos años, si contamos los meses previos de sufrimiento en China), uno de los problemas más acuciosos que hemos enfrentado en nuestros países es el de la saturación de las funerarias y por tanto de los crematorios, por causa del aumento en la mortandad. Eso sin mencionar el escandaloso y multitudinario sacrificio, en Dinamarca, en dos ocasiones, de visones contagiados de Covid-19 o de pollos contagiados, en Japón y Europa, por una nueva variante de gripe aviar.

En el grupo de estos Indicios Metropolitanos y su página en Facebook tuve cuidado de dar seguimiento a esas terribles noticias que nos describían incluso el "olor a muerte" en algunas delegaciones de la Ciudad de México y las inmediaciones del Estado de México, aroma ocasionado por las incesantes emanaciones del humo surgido de los hornos crematorios de funerarias y panteones saturados donde se incineraban, por norma, los cuerpos de los fallecidos, máxime si el acta de defunción indicaba como causa el Covid-19.

Ya, tiempo atrás, vecinos cercanos a esos panteones, funerarias y crematorios (algunos incluso clandestinos) habían denunciado en diversos estados de la república la "contaminación" generada por los mismos y dichas denuncias se multiplicaron con la pandemia junto con la desesperación de los deudos que, por la saturación debían velar en las condiciones más insalubres a sus fallecidos en sus casas.

Es triste decirlo, pero la pandemia hizo para la industria de la muerte una discutible bonanza que "favoreció" a constructores de ataúdes e incineradores, pero empobreció a sepultureros. Y aun así, tampoco fue beneficiado ese giro de servicios, porque acabaron rebasados como parte del sistema de salud del que forman parte.

Esto viene entonces a escribir un interesante capítulo en la historia de los cementerios y la historia de la muerte misma que, ya, ha implicado para los gobiernos y los ciudadanos y clérigos de todos los credos un abrupto, forzado cambio de mentalidad y formas de administración, tanto como lo hizo en al menos dos etapas del pasado: en la Edad Media, tras la peste negra que llevó a replantear el papel, ubicación y funcionamiento de las catacumbas y criptas, trasladándolas a los campos circundantes de las ciudades, creando los panteones y los cementerios parroquiales, así como en el enterramiento con cal o la incineración forzosa de los cadáveres y la creación de un sinnúmero de métodos más para la prevención de contagios y menoscabo de la higiene.

Otro caso fueron las epidemias de viruela o, más próxima en el tiempo, la pandemia de influenza española a comienzos del siglo veinte, en cuyo último decenio pareció darse una reversión a la tendencia sobre el control de camposantos, fundamentalmente por dos razones: una, los intereses inmobiliarios; dos, los intereses económicos parroquiales que, en el afán por dar un "servicio de calidad al público", optaron por remodelar templos (el caso más cercano a mí es el templo parroquia de Nuestro Señor del Campo Florido, en el fraccionamiento La Florida, en Naucalpan, Estado de México que, muy a pesar de su valor artístico universal, años atrás el párroco de turno decidió (y obtuvo el permiso) para alojar en la torre del campanario nichos para incensarios para allegarse recursos adicionales a los servicios de consagración, donativos y limosnas; y, como ese, hay numerosos ejemplos donde se quiera ver. En resumen, ya no cabíamos los vivos, y empiezan a no caber los muertos. 

En aquella época medieval, las cenizas de los ramos eran mezcladas ya con las cenizas de los cadáveres y en algunos templos eran ungidas con el dedo del sacerdote o pastor, o mediante el uso de sellos tallados con el símbolo al efecto en huesos de esos mismos cadáveres, humanos o animales, o en madera.

También, otro tema poco estudiado, por considerarse de poco interés noticioso, es el relativo a la especulación inmobiliaria asociada a esa "industria de la muerte" que supone no nada más la construcción de cementerios, el aprovechamiento de amplias zonas incluso "protegidas" para parcelarlas en lotes cuya propiedad temporal o a perpetuidad ha significado un negocio redondo paralelo, incluso del que se han visto beneficiadas notarías que, cuando algún lote no es "cuidado", visitado, conservado, por debajo de la mesa han llegado a cambiar los registros de propiedad permitiendo que en una misma tumba o cripta queden enterrados individuos pertenecientes a distintas familias o, incluso, que sean exhumados restos "no reclamados" (a pesar de la perpetuidad). O, se dan los casos en que los enterradores, coludidos con la administración del cementerio y algún notario, consiguen "clientes" y, conocedores de los lotes "abandonados", se dan a la tarea de exhumar sin permisos o con permisos apócrifos los restos originales para arrojarlos a las fosas comunes y/o los crematorios respectivos, dejando el lote dispuesto para su especulación y venta. Y esa escena escabrosa en la película Poltergeist de féretros saliendo de debajo de la tierra en un poblado residencial de moda construido sobre un antiguo cementerio encierra una sutil crítica.

Los medios modernos tomaron como una novedad el hecho de que el Papa Francisco modificara el rito litúrgico para, en vez de ungir la ceniza en la frente, esparcirla sobre la cabeza de los feligreses, y que otros prelados hicieran lo propio en sus respectivos templos. Pero, no hay tal novedad, sino acaso el retorno de una práctica más antigua como bien lo describen los historiadores.

Papa Francisco espolvoreando cenizas sobre cabeza de prelado.
Foto y Fuente: La Vanguardia.com

Citado por Wikipedia, el estudioso Joaquín Bastús y Carrera Vicenz, explica [énfasis mío]:

La ceniza fue entre muchos pueblos una señal de dolor y de arrepentimiento.

El esparcirse ceniza o polvo sobre la cabeza en lugar de los perfumes con que solían ungirse los orientales, el sentarse en el suelo entre ceniza o polvo, eran las señales con que se expresaban las calamidades públicas, el dolor, la penitencia, el luto de donde se derivó, como dice el señor Torres Amat, la frase comer el pan con ceniza, pues es natural que caería esta de la cabeza del que comía.

Los judíos hacían una lejía o agua lustral con las cenizas de una ternera sacrificada el día de la gran expiación, la que servía para purificar a aquellos que habían tocado algún cadáver o asistido a los funerales. Los griegos y romanos, que observaban la costumbre de quemar a los muertos, tenían urnas llamadas cinerarias en las que ponían las cenizas de aquellas personas que les habían sido queridas y cuyos restos deseaban conservar.

En la primitiva Iglesia el obispo ponía un poco de ceniza en la frente del pecador al principio de su penitencia y de aquí viene la práctica, mandada en el Concilio de Benevento celebrado en el año 1091, de ir a recibir la ceniza el primer día de cuaresma. Hay algunas órdenes monásticas, como los trapenses, que ponen a los religiosos en medio de la iglesia sobre una cruz de ceniza poco antes de morir, para recordarles su origen y a lo que van a parar.

No cabe duda que los tiempos de esta pandemia han sido para más de uno de dolor y arrepentimiento, de reflexión sobre los estilos de vida, las expectativas en más de un aspecto. El nuevo orden mundial que nos hemos visto forzados a experimentar ha sustentado tanto a los más diversos temores como a las más variopintas explicaciones oficiales o conspiracionistas. Pero, en el fondo de todo, lo que queda son los recuerdos de los fallecidos, el sufrimiento de los contagiados y familias, muchas de ellas truncadas por el azar, la desidia, la negligencia o la dinámica propia de la vida aunada al proceso del contagio. Lo que queda es una verdad de las pocas absolutas que debemos enfrentar: polvo somos... hasta nuestras instituciones.


El Mayordomo de Palacio

RECIENTEMENTE, el presidente Andrés Manuel López Obrador tomó una decisión que muchos catalogarán de ocurrencia. Pero, antes de hacer una crítica acérrima o negativa o una loa como las que suelen hacer las voces idólatras, detengámonos a ver el trasfondo de la misma en al menos dos de sus vertientes, la utilitaria y la política.

La decisión a la que hago referencia es la relativa a la creación del cargo de Gobernador del Palacio Nacional. En realidad, lo que el presidente está haciendo es recrear, más que crear, un cargo que ya existía de antiguo: el Mayordomo de Palacio. Tema que, en su sola enunciación ya me da pie para un proyecto literario.

El mayordomo es un cargo de servidumbre de mucha más importancia y envergadura de la que la literatura ha rescatado, en especial tras las visiones de la ilustración y el colonialismo, mediante las cuales asociamos a la mayordomía con una actividad dedicada a la atención particular del rey y por extensión de la corte.

Hay varios tipos de mayordomía. Antiguamente se distinguían las siguientes clases de mayordomo:

  • Mayordomo de estado, persona a cuyo cargo estaba en la casa real el cuidado de la servidumbre del estado de los caballeros.
  • Mayordomo de estrado, el que en palacio cuidaba de la mesa del gentil hombre.
  • Mayordomo de fábrica, el que recaudaba el derecho de fábrica.
  • Mayordomo mayor, jefe principal de palacio a cuyo cargo estaba el cuidado y gobierno de la casa del rey.
  • Mayordomo de semana, persona que en la casa real servía la semana que le toca bajo las órdenes del mayordomo mayor supliéndole en su ausencia.
  • Mayordomo de la artillería. En el orden militar, el encargado de los pertrechos y municiones de artillería.

Muchos, y me incluyo, hemos criticado a AMLO durante su gobierno calificándolo irónicamente como el "rey desnudo", en alusión al cuento de Hans Christian Andersen "El traje nuevo del emperador". Esta decisión seguramente enfatizará en sus detractores esta idea. Sin embargo, esta vez, a reserva de analizar más a detalle las causas y efectos de la misma, puede que no sea tan descabellada y quizás hasta sea necesaria.

La mayordomía ha tenido distintas lecturas dependiendo del ámbito cultural e histórico en que se desarrollarel cargo como parte de una estructura social domiciliar y de gobierno.

Las funciones del mayordomo pueden ser tan variadas y amplias o limitadas como las necesidades de organización, estructura y dinámica del castillo, casa, villa o poblado en que desarrolla su actividad.

Mientras en Europa prevalece la idea grecorromana y medieval del mayordomo de castillo o mansión, en México, y en general en América Latina, predominan dos variantes, la del mayordomo rural, herencia de la hacienda y la encomienda coloniales, y la del mayordomo palaciego, más citadino, ambos en la idea del mayordomo jefe y/o del mayordomo de estrado, mientras el rural, además, se asocia a la idea del mayordomo de Estado (sin perder jamás de vista la definición de los componentes del Estado: poblacíon, territorio y gobierno).

Debajo de este máximo cargo administrativo, de servidumbre administrativa, hay toda una estructura organizacional que pasa por puestos también muy socorridos por la literatura y desprestigiados por la misma como son el amo o ama de llaves, también conocidos como mayordomía mayor y en el ámbito militar dieron paso a los grados de comandancia; el caballerango, reducido modernamente al servicio de atención a los semovientes caballares en los ranchos, cuando originalmente se asociaba a la mayordomía de fábrica en equivalencia o teniendo subalternos en el capataz, caporal o cabo; el teniente, asociado con el cargo de mayordomía de semana, al igual que sus subalternos; el sargento, asociado a la mayordomía de artillería, que en lo rural se relacionan a veces con el del aceñero, el molinero, el tendero.

A lo largo de la historia y aunque la idea no guste a los militares, la base estructural y funcional de estos cargos y grados de servidumbre administrativa, bien definida desde la masonería, tanto domililiar como gremial (ejemplo claro es el de la albañilería, de donde surgen los cargos de tutores, maestros, profesores e instructores, entre otros) pasaron como herencia a formar y reorganizar la estructura de la milicia, redefiniendo y especializando las labores en función del cargo y el desempeño dentro del ejército, así, los mayordomos de estado o mayores pasaron a ser los generales y almirantes en sus distintos grados, como brigadier o comodoro (para el caso marino); los mayordomos jefes fueron también conocidos en tanto coroneles, es decir encargados de las "columnas" de soldados de infantería, que a efectos domiciliares se refiere a las columnas de siervos campesinos sembradores, segadores, cosechadores, pastores, etcétera.

En los ámbitos académicos y eclesiástico, los cargos de servidumbre no están alejados de la misma idea, aun cuando obedezcan a nombres y funciones distintas como es el caso del mayordomo parroquial o templario que es el sacristán, o los de diácono (que la traducción inglésa confunde con la de "decano"), presbítero, por mencionar dos casos y sin abundar en detalles.


Así, que el presidente AMLO haya sugerido la creación de un "gobernador" de Palacio Nacional implica o el reconocimiento del desorden burocrático al interior no nada más de un monumento, sino de un edificio de importancia política, social, cultural y que, además tiene función como domicilio del gobernante principal en turno. O puede significar también la reestructuración amañada de la burocracia existente para dar cabida disfrazada, como en la vieja usanza, a personas individualmente designadas por el poderoso para ocupar altos cargos con el beneficio de ser incluidos en el presupuesto, aun a despecho de las contradictorias políticas y reformas legislativas como la efectuada recientemente contra el outsourcing, o las retóricas arengas contra el nepotismo, síntoma de corrupción. ¿Al rato veremos mayordomos en las demás dependencias de gobierno, en los ayuntamientos, como ocurrió en el periodo de David Sánchez Guevara, en Naucalpan, cuando creara el puesto del Director de Buen Gobierno, aun cuando su justificación obedeció a "estándares internacionales"?


Don Benito Juárez no requirió de mayordomo, hasta que ocupó Palacio Nacional —gajes de andar a trompa talega, a salto de mata, gobernando en la diáspora y a bordo de un carruaje—, en contraste con Maximiliano, quien tenía una clarificada estructura de servidumbre en cada uno de los edificios e instituciones del imperio, comenzando por el Castillo de Chapultepec; y los miembros de esa naciente cortesanía mexicana, tan criticada en el siglo XIX por Madame Calderón de la Barca, surgidos de una clase media y burguesa despuntando, estuvieron felices de armar así las bases de la nobleza y la aristocracia "de petatiux".

¿Será que las izquierdas mexicanas están empujando legal, moral y socialmente para crear una nueva forma de aristocracia mexicana? ¡Cuidado! No sea que en algún momento nos pinten al Dr. Hugo López-Gatell como una suerte de moderno Jean-Paul Marat, a Marcelo Ebrard como una calca de François-René de Chateaubriand; espero que no vean a Ricardo Monreal como un moderno Georges-Jacques Danton o a Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano como un remedo de Alexis de Tocqueville sabedor de que —citando a Roger Bartra— "la igualdad puede llevar a las naciones tanto a la libertad como a la servidumbre, a la ilustración como a la barbarie, a la prosperidad como a las miserias". Y espero también que no nombren a algún Calzontzin Inspector como alguacil de la Guardia Nacional.

En algún momento escribí que las pugnas internas de las "izquierdas" mexicanas aglomeradas en y alrededor de, primero el PRD y luego MORENA, me han recordado las purgas dentro del socialismo soviético, y me atreví a hacer un parangón entre Porfirio Muñoz Ledo y Trotsky. Puedo estar equivocado, pero la vocación jacobina de la izquierda hacia el divisionismo es en parte lo que tiene al país en vilo hoy.

Aquí viene a cuenta la pregunta, ¿es necesario un mayordomo en Palacio Nacional? De ser así, ¿para cumplir exactamente qué funciones? Será importante e interesante que, en un ejercicio de plena transparencia, el gobierno de Andrés Manuel López Obrador y la administración de recursos humanos de Palacio Nacional den a conocer la descripción del nuevo puesto y de la estructura subyacente, para establecer su oportunidad y eficacia como parte de un sistema organizacional avocado al buen desempeño y la gobernanza de lo que cotidianamente mueve y da sentido al edificio y a la institución presidencial y, más, al gobierno entero y a la democracia mexicana.

Dicho entre Paréntesis, ya veo a los que denostan de Olga Sánchez Cordero "Florero de SEGOB" ubicándola como el Ama de Llaves de Andrés Manuel o... ¿Será que, en tiempos electorales, el lopezobradorismo necesita del martillo de un Carlos Martel para frenar el embate de los infieles opositores en medio de un 2021 convertido en su particular batalla de Poitiers?