Podrían "cargarle el muertito" a Edgar Olvera Higuera.

DE TIEMPO ATRÁS vengo señalando que Edgar Olvera Higuera, alcalde de Naucalpan, Estado de México, debe cortar de tajo y por lo sano con las relaciones perniciosas que lo tienen apergollado desde la campaña, concretamente con Azucena Olivares y su esposo Guillermo González, pero no nada más.

En un artículo anterior enfaticé la importancia de este tema. Ahora que el senado ha votado favorablemente las modificaciones a la Ley #3DE3 propuestas por el Presidente Enrique Peña Nieto, eliminando lo referente a que los particulares involucrados en relaciones comerciales con los gobiernos federal, estatales o municipales efectúen sus declaraciones correspondientes, en especial la de intereses, se cierra la puerta para una fiscalización que de veras transparente el ejercicio del poder.

Es, sí, comprensible y respetable que los particulares no hagan una declaración patrimonial, pero es fundamental conocer los grados de interés, los recovecos de relaciones que, por debajo de la mesa o a todas luces disfrazan, encapsulan componendas de toda índole que favorecen no nada más a los funcionarios corruptos, sino a los particulares beneficiados por la corrupción de forma directa o indirecta por lo menos en tres niveles de relación.

Por supuesto que las razones del veto presidencial reciente, muy al margen de las consideraciones y la presión empresariales, son comprensibles, atendibles, tanto como lo son en lo esencial los reclamos de los profesores de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) en estricto sentido de la necesidad de una verdadera reforma de orden pedagógico y no solo laboral, aunque yerren en su proceder. Pero los mismos empresarios harían bien en no ponerse el parche en el ojo sano y también exigirse transparencia.

Todos debemos ser transparentes, no translúcidos. Quien nada debe, nada teme. Así, el profesor mal preparado para atender el aula, faltista por compromisos gremiales y que por ellos coloca en segundo plano a su primera responsabilidad que es la infancia a la que se debe, ha de pagar las consecuencias, actuar en apego a la norma tanto como incidir de forma activa, más al cambio pedagógico y didáctico que al estancamiento y la regresión so pretexto de la defensa de sus indiscutiblemente legítimos derechos. El servidor público también y no se digan los empresarios y todo ciudadano.

La deuda de Azucena Olivares a los trabajadores del SUTEyM que asciende a poco más de 46 millones de pesos es resultado de estas formas opacas de administrar el erario tanto al interior de las administraciones gubernamentales como entre quienes conforman las cúpulas sindicales, que no son blancas palomas. Pero está visto que, siendo chipotuda la justicia en nuestro país, capaz que en un arranque de "cóbrese de lo perdido lo que aparezca", algún juez pudiera "cargarle el muertito" al gobierno actual de Edgar Olvera y a su costa se libre la exalcaldesa de pisar la cárcel tanto como de pagar lo que debe, aun cuando su hija, la diputada local Irazema González, tenga inclinación por negar la realidad. Sólo se entendería tal de tratarse de una jugarreta política dirigida desde el PRI de Eruviel Ávila para congraciarse con esa ala del partido que podría apuntalar sus pretensiones presidencialistas, aun habiendo sido opositora a las ambiciones que llevara a David Parra Sánchez a jugar el rol de convidado de piedra.

El colega Alfredo Ibáñez anotó bien el indicio en su artículo reciente en Todo Texcoco:
[...E]l secretario del Ayuntamiento de Naucalpan, Horacio Jiménez, [...] expuso que, de ordenarlo la autoridad competente, el actual gobierno local que preside Edgar Olvera, tendría que pagar los 46 millones 18 mil 23 pesos que Azucena Olivares desvió. 
Días anteriores se negó a reconocer la posibilidad de que la administración del PAN cubriera dicho adeudo, ahora cambió de parecer y dejó ver la posibilidad de asumir la deuda, siempre y cuando se lo demanden oficialmente.
De acuerdo con la entrevista efectuada por el colega Mario Ruiz, Jiménez afirmó que:

[...] justamente el peritaje en el que se documenta el daño patrimonial fue a petición de un juez para determinar la asunción de responsabilidades, viene correlacionado con una carpeta de investigación abierta en la que se le hace una imputación directa a una persona y/o presunto responsable; por lo que, derivado de la sentencia, se conocerá del otorgamiento de las penalidades y las consecuencias para la reparación de la presunción del daño que funde el órgano jurisdiccional.
Las finanzas del ayuntamiento de Naucalpan no están en condiciones de absorber semejante deuda. Tiene bastante con el fardo heredado, medio disminuido por las administraciones anteriores de Claudia Oyoque y David Sánchez Guevara.

Los arreglos "estratégicos" efectuados tras el conflicto con el SUTEyM y confrontar necesidades urgentes han incrementado y ampliado el compromiso financiero de Naucalpan por causa de arrendamiento de vehículos para servicio público, saneamiento y seguridad. Si por una parte estas decisiones han supuesto una ventaja táctica en relación a la administración de los costos por concepto de mantenimiento de las unidades, por otra parte supuso hacer un agujero al saco, el cual no está siendo remendado ni rellenado de la mejor manera. La recaudación fiscal va lenta, en parte por la situación económica general, en parte por las ineficiencias burocráticas que se agravaron en algunas dependencias por el "natural" cambio de estafeta que sigue, perniciosamente, con cada cambio de gobierno.

Enrique Vargas del Villar, Víctor Hugo Sondón Saavedra
(aspirante a la presidencia del PAN Naucalpan) y
Edgar Olvera Higuera, alcalde.
Foto: Perfil Facebook de Edgar Olvera
Hay una lista de alrededor de unas 40 cabezas de funcionarios de distinto nivel pendientes de ser cortadas por diversas razones. Pero el edil, más preocupado por el acomodo de las piezas del ajedrez en el PAN de Naucalpan con miras a las elecciones del 2017 distrae su atención de lo fundamental para el municipio.

Su apuesta debe ser a su reelección, no a perseguir algún otro cargo como quizás una senaduría. Hacerlo lo llevaría a caer en el mismo error político de David Sánchez Guevara que, en su ambición y en el interés por escudarse en el fuero legislativo, solicitó licencia un año antes de terminar su gestión para perseguir una diputación federal. Craso error que ni siquiera le ayudó a librarse de la prisión.

No faltan los desorientados que miran en Olvera un posible candidato a la gubernatura estatal, pero eso, por lo ya dicho, sería lo mismo. El lema de Olvera es "Orden y Conciencia"; mientras no ponga orden suficiente y creíble en la casa, su conciencia no podrá estar lo bastante tranquila para dar el siguiente paso. Jugar en otro sentido podría significar el fin de su carrera política. Si aspira a la gubernatura, ha de esperar al 2023 y mejor afianzar una reelección que le dé un mayor plazo para, en conciencia, poner orden al desmadre existente, al muladar hallado.

Olvera no debe olvidar que el hartazgo ciudadano, el miedo por la creciente inseguridad, las marcadas necesidades de los naucalpenses fueron algunos de los factores que lo llevaron al lugar que hoy, bien o mal, ya ocupa.

(Con información de Mario Ruiz / Vallemex Noticias.)

Una metodología para el autoplagio

UNA AMISTAD Y COLEGA compartió mediante Facebook una guía o manual de entre tantos que hay para citar trabajos, documentos, fuentes informativas, referencias en lo que uno escribe. Concretamente en relación al conjunto de normas de la American Psicology Asociation (APA). Es una buena guía simplificada (aunque no indica quién es el autor; en la casa del jabonero...). Si gustan el documento armado en PDF, pueden descargarlo desde mi biblioteca virtual haciendo clic aquí.

Me detengo en dos puntos de las descripciones y explicaciones vertidas en ese manual.

1) La mayoría de las normas metodológicas se preocupan mucho por los derechos de autor, el copyright, y está bien, pero también existe el Copyleft del Creative Commons y, si bien, de algún modo aplica igual la citación para obras registradas bajo ese esquema, referirlas, incluirlas, modificarlas (según el caso de la licencia) es un gorro, pues no falta el lector-investigador ortodoxo o por lo menos tarambana que confunde la cita modificada con plagio sin serlo necesariamente.

Esto me lleva al segundo punto, donde se define y describe el autoplagio, en parte, si se quiere, para curarme en salud.

De antiguo se consideraba que, si uno no es citado o referido por el conjunto de los colegas o por terceros, uno prácticamente no existe, aun teniendo ideas decentes, aceptables, por lo menos “en el parecer de mi mamá”.

Con el avance de la tecnología, la abundancia de asociaciones gremiales, el snobismo de ciertos grupos académicos e intelectuales, y los intereses creados alrededor de la producción de conocimiento y contenidos, se sigue considerando el autoplagio una especie de pecado. Y puede serlo, pero hay que distinguir la sutileza de los casos. En aquellos en que el autor (típico en los contenidos de blogs y sitios diversos en internet), falto de originalidad o memoria, copia y pega lo dicho y escrito en algún momento pasado solo para justificar el tráfico, la temporalidad del contenido, aun dando una “manita de gato” a la forma o el fondo, para allegarse centavos y oportunidades no a costa de otros autores sino de su propia pobreza intelectual, comete autoplagio por pereza. Los lectores no son tontos y más pronto que tarde se percatan del “fraude” intelectual y creativo anclado en la repetición, peor que en la redundancia.

Sin embargo, también ocurre que el autor (en esa canasta me meto), en afán de mantener, justificar, remembrar, redundar y no perder la congruencia de lo dicho y por decir, se cita a sí mismo, directa o indirectamente, parafraseándose incluso, como un servicio de continuidad a sus ideas y su obra, pero también como un servicio de honestidad intelectual frente a sí mismo y de los lectores asiduos y los por venir.

Es difícil saber cuándo uno es citado por los colegas o por los no colegas. Hoy, las etiquetas en las redes sociales, los vínculos con funciones de tracking facilitan un poco ese conocimiento en calidad de vana retroalimentación (el mejor ejemplo lo tienes, amigo lector, en los vínculos que he incluido en este texto para no incluir más adelante una lista de referencias). Entre que son peras o manzanas, a veces uno, ya por presunción ya por previsión, en la idea ya expuesta o con el fin de justipreciar el trabajo previo a falta del reconocimiento ajeno, opta por autocitarse, por autoplagiarse como que no quiere la cosa, autoincluirse en la lista de referencias como si se tratara de un otro distinto, poniendo así una leve distancia respecto del propio trabajo de investigación o creativo previo y que fundamenta la argumentación actual a los ojos del lector.

Todavía hay quien, al amparo de las normas metodológicas, mira esta conducta legítima —no dejes a los demás lo que puedas hacer por ti mismo— como reprobable por egotista, dicen, cuando de alguna manera es una forma de hacer valedero el esfuerzo personal sin esperar el apoyo de las vejigas de algún flotante santón. No en balde escribí hace tiempo este, el primero de tres artículos alrededor del tema: “¡Que me plagio solo!” y con respecto de lo cual lo aquí comentado ya se puede conocer como una cuarta continuación. Sí, esto que escribí originalmente en Facebook, lo copio, pego y me plagio ahora aquí, en mi blog.

Injusticia por propia mano

ERA DE LA OPINIÓN… de que la civilización es una de las mejores cosas que ha hecho el hombre y, siguiendo a Rousseau, que el hombre es el buen salvaje. Pero quizás el optimismo rousseauniano se queda corto en la superficie y, sin salir de la misma idea filosófica, lo más determinante de la misma sea que la civilización, como subproducto cultural que justifica la necesidad humana de asociarse y de reunirse en formas racionales de convivencia, más que ser “la persuasión de la victoria sobre la fuerza” —como diría Platón— viene siendo aquella forma de relación que, en vez de suprimir la barbarie, la perfeccionó y la hizo más cruel.

Sí, el final del párrafo me coloca más en el lado de Voltaire, acérrimo crítico de Rousseau, aun cuando la Fundación Rousseau hoy tiene su sede justo en la casa de aquel.

Esta reflexión o meditación antropológica surge en mí por enésima vez luego de leer cierta noticia acerca de cómo un ciudadano asesinó a otro. El hecho en sí no tiene nada de particular fuera de lo reprobable y grave que es siempre que uno mate a otro. Pero siguen existiendo en nuestras sociedades resabios de antiguas creencias y ordenamientos como la Ley del Talión, el Código Hammurabi, etc., que prohíjan el rencor, promueven el odio y anclan la paranoia.

Decía Sigmund Freud que “el primer ser humano que insultó a su enemigo, en vez de tirarle una piedra, fue el fundador de la civilización”. Y hay mucho de cierto en ello.

En estos tiempos cuando la piel de unos y otros se muestra sumamente sensible y delgada frente al insulto y ocasiona reacciones virulentas, muestras de indignación tan grosera como el mismo insulto que la provoca, los seres humanos hemos desarrollado una paranoia, un delirio de persecución que se complica con un complejo del héroe envalentonado, iracundo.

La noticia que me mueve a estas líneas expone cómo un hombre mató a otro que pretendía robarle su vehículo. Lo hizo en un arranque por defender su propiedad, falso y estúpido heroísmo anclado en la injustificada indignación por no ceder ante la sola idea de perder lo poseído.

El afán de tener por tener, o dicho de otra forma y para retomar a Erich Fromm, de tener para ser, en vez de ser para tener nos ha llevado a construir una civilización cuya apuesta por lo material es lo que la sostiene. Mientras por una parte nos maravillan los alcances espirituales de las obras humanas, en el día a día lo que nos define solo es el límite material de nuestras posibilidades. Así de contradictorios y cortos de miras podemos ser.

Saber que un individuo fallece o se autoinmola por causa de sus ideas, sus creencias, como hacen los seguidores de ISIS, nos produce horror, incomprensión. Pero tan grave y extremo es morir por fanatismo religioso, como por un fanatismo que suponemos más ligero, respetable y digno de disculpa como es la defensa de la posesión material aun a costa de la propia vida o de terceros.

También, en los tiempos recientes es común escuchar en aquellos que se llenan la boca con prodigios, con vana misericordia, decir de frente al flagelo de la delincuencia y el crimen organizado: “somos más los buenos”, en un llamado a reaccionar en contra y poner a raya al villano. Pero no es esto sino una vil falacia, sutil motivo que increpa con inquina a actuar en consecuencia equiparada. No invita, es cierto, a tomar las armas o a hacer justicia por propia mano ante la ineptitud de las autoridades, la desesperación popular, sino es una falacia sobre la que ya Lope de Vega en su Fuenteovejuna nos advertía: “Cuando se alteran los pueblos agraviados, y resuelven, nunca sin sangre o sin venganza vuelven”. Y, en ese justificar la violencia grupal, la indignación social, se toma por verdad indiscutible y fanatismo disfrazado de derecho que es perfectamente aceptado “morir, o dar la muerte a los tiranos, pues somos muchos, y ellos poca gente”.

En esa igualación civilizada, la estupidez es la que al fin termina cobrando la verdad tras los hechos, guste o no a los perpetradores y a quienes detrás suyo los aplauden, los permiten, los impulsan.
En esa noticia, una de tantas que ni caso tiene especificar, la idea popular de que “ladrón que roba a ladrón tiene cien años de perdón” adquiere peso y se extiende a “matón que mata a matón tiene valor de valentón”.

Qué pena por ambos. Así por el ladrón asesinado por su víctima. Así también por el individuo que de tan sangrienta manera impidió el asalto. Por muy torcida que esté, toda vida es valiosa. Es muy grave que los ciudadanos en su desesperación, en unos casos, o en su valentía exacerbada (resabio de machismo), en otros, caigan en situaciones donde el heroísmo, así sea atenuado por el argumento de la “legítima defensa”, deriva en tragedias más lamentables. Pues lo peor que uno puede hacer es convertirse de víctima en victimario.

Comprendo la indignación de la gente ante los abusos de los malhechores de toda índole (incluyo a las autoridades y los funcionarios corruptos), pero nada se gana y mucho se pierde andando en el filo de la navaja por causa de temperamento, de poca inteligencia, de obnubilación causada por el miedo o por el odio, el resentimiento o el ánimo justiciero derivado de una avaricia contumaz.

Sí, sé que más de uno me señalará ahora por lo que digo, que es más fácil decir cosas así que estar en los zapatos de quien sufre a manos de la delincuencia. Y tendrán mucha razón en sus siguientes diatribas, exordios, mentadas de madre o quizá en retirarme la palabra y su deferencia para con mis Indicios Metropolitanos. Pero las leyes son las leyes, chuecas o derechas, y el mejor pueblo no es el que vive regodeándose en el rencor y ajusticiando a su leal saber y entender, sino el que hace todo lo que está en su mano para que el gobierno elegido por sí, emanado de sus filas (ni funcionarios, ni policías, ni autoridades, ni políticos, ni narcos, ni nadie es oriundo de otro planeta y otro mundo, sino el mismo que nos sostiene y define) se ajuste al derecho.

Hablamos, leemos y escuchamos que no hay un estado de derecho en México, viendo noticias como esta, uno puede explicarse por qué.

Adjunto también una noticia de dos años atrás por estar a tono de lo que aquí, ahora, he venido meditando.


Añado: tristeza para las familias, una por perder a un miembro por causa de violencia, el ladrón occiso; la otra porque probablemente, sin perder a un miembro, conocerá el infierno que sigue a la prisión que es, en buena medida, una forma social de morir.