Obsolescencia humana programada


ERA DE LA OPINIÓN... de que parecía ya bastante el estrés con el que nos han mantenido la pandemia y la recesión económica por casi dos años, como para que vengan oportunistas pijos con argumentos que, aun cuando verosímiles, no dejan de ser una mentada de madre.

Recientemente he recibido el siguiente correo electrónico [énfasis míos]:

Estamos en el punto de mayor competitividad esperada entre profesionales y ejecutivos de la historia.
Por una parte los mejores trabajos se reducen y por otro aumenta la población productiva con gente cada vez más preparada, joven o con alguna ventaja técnica, tecnológica y funcional contra lo cual resulta imprescindible mantener ritmo de progreso propio.
Tu nivel de Inglés es hoy por hoy definitivo para proyectar un perfil profesional solvente e incluso destacar.
Reconoce esta verdad, conoce tu nivel actual y programa tu estrategia de actualización y desarrollo para no padecer la caducidad de tu carrera profesional y la obsolescencia de todos tus competencias y fortalezas productivas.
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TE DESEO COMO SIEMPRE LO MEJOR.
Atentamente,
Luis Gerardo Hernández
Dirección 
Mentor Personalized 
(Educación Bilingüe Personalizada, S de RL de CV)

Entre que es el típico correo de phishing o un vulgar volante publicitario, mueve a pensar. Cumple, pues, con su objetivo de persuasión y ¡cuidado!

Tengo cincuenta y ocho años de edad. Desde los treinta y cinco años he tenido dificultades para reubicarme laboralmente, si de trabajos de planta se trata y en los que mi fortuna no ha sido la mejor ni en sueldos ni en condiciones ni en tratos, sea por causas de mi personalidad, mi experiencia o conocimientos, razón por la cual el noventa por ciento de mi carrera profesional la he desarrollado como agente libre o free lance incluso desde antes de esa edad, pasando las duras y las maduras.

Ya en algún momento muy anterior llegué a contar en este blog cómo, en lo personal, he padecido esa "obsolescencia humana programada" primero en la forma de obsolescencia académica: me titulé como licenciado en Ciencias de la Comunicación Social en una carrera que llevó cinco años de estudio, con una tesis elaborada en serio y no para llenar un expediente que tomó cuatro años de preparación (comencé desde muy temprano durante la universidad, sin esperar el punto de arranque con la materia respectiva, cerca de la graduación). Mi título incluía una especialidad en producción de televisión que hoy nadie toma en cuenta porque la moda institucionalizada es que cada grado debe llevar su respectivo papelito que certifique. Las carreras se han vuelto más cortas por ello y también por motivos de movilidad social: hay que producir más rápido a egresados en condiciones medianas para insertarlos en el mercado laboral y cumpliendo mediocremente con las expectativas empresariales, industriales, políticas y sociales. La meritocracia se ha descarado y vuelto una escalera en que solo los cangrejos con pinzas fuertes y bien formadas pueden asirse y ascender hacia la gloria que engría. De ahí la atomización de los estudios en carreras técnicas y seminarios y diplomados y posgrados complementarios; pues la economía académica debe ampliarse en el tiempo para justificar la existencia como negocio de las instituciones educativas y los contenidos han de ajustarse a los lineamientos del grupo o grupos en el poder económico y político de turno. Los compadrazgos, entonces, si bien siguen siendo favorables para el acomodo en el conjunto social, ahora se disfrazan bajo las máscaras de la lealtad o de la efectividad (aunque no por fuerza de la eficiencia). Hoy los resultados importan poco, lo que vale es el modo de conseguir que estos se ajusten a la realidad supuesta, ya ni siquiera imaginada.

Desde que me titulé solo he podido atestiguar cómo la meritocracia odiosa nos ha ido envolviendo en un torbellino de humillaciones disfrazadas bajo las ideas de la "excelencia" (muy de moda en los ochentas y parte de los noventas del siglo pasado), la competitividad, la educación en el desarrollo de habilidades "empresariales" y un largo etc. que pasa por un enteco afán por el bilingüismo (primero con el inglés, ya desde que yo era un infante, y desde comienzos del siglo XX apuntando al chino mandarín, cuando el empuje de los "Tigres asiáticos" cimbraba los cimientos estadounidenses del capitalismo real  rampante y cada vez más insidioso); un bilingüismo muy atendible, cierto, pero más artificioso que otra cosa el cual solo nos ha convertido en ignorantes de la lengua materna y pésimos practicantes de la ajena y adoptada. Y todo comenzó con dos ideas concretas y específicas nacidas del darwinismo social: la especialización y la obsolescencia programada.

Darwinismo social y pandemia

Si nos atenemos a la definición de Wikipedia:

El darwinismo social es un término que se refiere a varias teorías que surgieron en Europa Occidental y Norteamérica en la década de 1870, que aplicaron los conceptos biológicos de la selección natural y la supervivencia del más apto a la sociología, la economía y la política. El darwinismo social postula que los fuertes ven aumentar su riqueza y poder, mientras que los débiles ven disminuir su riqueza y poder. Las distintas escuelas de pensamiento darwinista difieren en cuanto a qué grupos de personas son los fuertes y cuáles son los débiles, y también difieren en cuanto a los mecanismos precisos que premian la fuerza y castigan la debilidad. Muchos de estos puntos de vista hacen hincapié en la competencia entre individuos en el capitalismo laissez faire, mientras que otros hacen hincapié en la lucha entre grupos nacionales o raciales, apoyan el nacionalismo, el autoritarismo, la eugenesia, el racismo, el imperialismo y/o el fascismo.

Tras la Segunda Guerra Mundial, la teoría cayó en el descrédito general aunque todos estos años ha habido académicos, políticos, empresarios, religiosos, ideólogos que la han mantenido vigente en una constante revisión a la luz de las nuevas aportaciones de las ciencias, sobre todo aquellas enfocadas en ofrecer explicaciones acerca del desarrollo social y las facultades intelectuales humanas, y dándole una "vuelta de tuerca" para convertirla en una más fina cubierta para prejuicios. Los avances en el estudio de la genética y el descubrimiento (y patente industrial en algunos casos abusivos) del genoma humano vino, citando al clásico, como anillo al dedo a los eugenesistas de ropero.

El determinismo biológico derivado de este pensamiento ha permeado en muchos campos incluido el de la administración, no se diga ese en el que me desenvuelvo, el de la comunicación, quizás el más pernicioso desde que los profesionales que nos dedicamos a él somos formados justo para tener el conocimiento y las habilidades para "manipular" las conciencias de los consumidores. Las disciplinas asociadas como la Publicidad, la Mercadotecnia, la Comunicación Organizacional la Comunicación Institucional tienen, tristemente, ese agrio fundamento, aun cuando los colegas que las desempeñan no quieran reconocerlo. Por supuesto, esa verdad no significa que estemos entrampados y no podamos zafarnos a sabiendas de lo que significa salirnos del huacal.

Desde finales del siglo pasado, sin embargo, las reacciones en contra y complementarias no se han dejado apabullar y las críticas a este determinismo biológico han hecho lo propio atajando en la medida de lo posible los embates de los defensores del IQ (coeficiente de inteligencia) como factor determinante del éxito y le han opuesto el IQ2 (coeficiente de inteligencia emocional) como un factor complementario en el proceso adaptativo y estableciendo nuevos y distintos parámetros para contrarrestar lo que algunos consideran la "falsa medida del hombre".

Sin ser los únicos, los estudios sobre las emociones son algunos de los aportes más importantes para dilucidar lo que hay de verídico en este determinismo social.

La pandemia, junto con las teorías conspiranóicas que ha despertado o avivado ha puesto otra vez el tema sobre la mesa, aunque no lo parezca y con asuntos que se antojan tan triviales como la manufactura y distribución de las vacunas, la definición de las actividades esenciales, el encierro y el trabajo a distancia.

Hoy, muchos profesionales de edad mediana empezando por (OPPENHEIMER, 2018)  nos preguntamos sobre nuestra viabilidad en un mundo donde la tecnología cobra factura de primordial en el desarrollo de las habilidades de gestión, administración, creación, comunicación, economía, etc. El analfabeto funcional en lo tecnológico y lo idiomático poco a poco y más marcadamente que antes va quedando marginado de cualquier posibilidad de construir un mercado en el cual sobrevivir. Libros como los de Alvin Toffler u Oppenheimer ¿son una advertencia o una apología sobre este proceso determinista?

La misma capacidad de estar conectado se ha vuelto determinante en este sentido, pues el aislamiento durante la pandemia fuerza a convertir al individuo dispuesto a salir a hacerse con el pan de la forma básica en una amenaza social, y las medidas de prevención, las reglas, leyes, se vuelven una extensión social de los antígenos del cuerpo físico. Si no se cree, ahí están documentados los casos en que ciudadanos comunes y corrientes han sido apresados o incluso linchados, violentados por trabajar en el sector salud o no portar un cubrebocas o negarse a la aplicación de la vacuna, por ejemplo.

Pandemia y obsolescencia

El miedo lleva a unos y a otros a mirarse con recelo y a fustigar a grupos y formas de pensar generando una nueva empero igualmente odiosa forma de segregación en tiempos, justo, cuando creíamos que estábamos salvando aquéllos prejuicios basados en el credo, la raza, la piel, la ideología, el sexo.

Los ancianos y las personas de edad mediana, el grupo más vulnerable a los efectos de la pandemia en sus diversas fases empiezan (empezamos) a experimentar el temor de sabernos ya no nada más cercanos a la muerte, sino obsoletos, aun cuando los avances médicos nos indican lo contrario, que física e intelectualmente estamos aun capaces para muchas tareas productivas. Esto y la recesión mundial de la mano del costo enorme que significa el mantenimiento de una población con promedio de vida más avanzado, que significa una gigantesca carga en pensiones por jubilación hace de esta jubilación todo lo contrario a su significado original, es decir nada alegre, y nos pone como enemigos del estatus quo y de las generaciones venideras y pujantes. ¿Quizás la "mata viejitos" y ex trabajadora del IMSS arrestada en México en los noventas ya era un aviso de lo que se cernía; o era un primer enviado a solucionar de manera perversa y torcida lo que ya entonces pesaba en el ánimo de los administradores privados y públicos de vocación futurista? Por supuesto, esto no es exclusivo de estos grupos de edad, pues también los jóvenes hoy en condiciones de alguna forma de vulnerabilidad como la pobreza indigente o la ignorancia supina o la franca indolencia acaban también por ser obsoletos a los ojos de esta corriente que hoy nos consume día con día, sobre todo cuando nos imbuye en una ficticia selva donde, bajo el pretexto de la necesidad de adaptarse para sobrevivir, terminamos en un enfrentamiento de todos contra todos callado mas estruendoso en su ignominia. De poco valen los valores inculcados; o de mucho.

Así, nos enfrentamos a un tiempo en que la especialización a ultranza se vuelve un factor evolutivo determinante anclado ya no nada más en los genes, la inteligencia, las habilidades, sino en la sola razón de existir. Tal vez tradujimos mal a Descartes y su frase de que "pienso, luego existo" quiso decir "existo, luego soy". Junto con Bacon, ambos padres del actual método científico, Descartes nos proveyó de una certeza: la duda como base del pensamiento y motor de la existencia.

Dudo que el camino que cartas como la recibida en mi correo electrónico abone en algo positivo de veras a quien decida abrazar la propuesta y solicitud implícita por el remitente. Si bien comprendo la motivación detrás: el autor o necesita chupar datos o necesita auto emplearse para sentirse útil y vivo, más me parece una indigna bofetada oportunista de esos que, instalados en la escala que consideran más elevada, miran de soslayo a todos esos otros que, sin título, sin un segundo idioma, sin diplomas de capacitación, sin una especialidad exclusiva, son abrumados por el sentimiento de abandono e inutilidad a que orillan la pandemia y la recesión son vistos hoy como esquiroles del desarrollo social, lacras pusilánimes o, cuando menos instrumentos para explotar y hacer la propia riqueza desde su ingenuidad; o, cuando más, seres humanos obsoletos, desechables. Grave realidad, ¿no crees, amigo lector?

Ya en los noventas la literatura y el cine nos sometieron al escrutinio de las razones detrás del consumo exacerbado, el que había llegado incluso al extremo de consumirnos unos a otros primero mediante la simplificación de las prácticas sexuales algunas de las cuales, en esa idea determinista, fueron asociadas con la aparición y diseminación del VIH creando una categoría más en la larga lista de etiquetas segregacionistas. Luego, a comienzos del siglo XXI, los jóvenes dejaron de mostrar interés por forjar una carrera profesional a la vieja usanza, manteniéndose leales a una firma con una estancia larga y optaron por hacerla más dinámica, transitoria, hecha de pespuntes y brincos empíricos. Ahora, no estudiar y no trabajar también pueden ser (igual que siempre, no es nuevo en verdad) detonadores de triunfo y acceso al bienestar, la comodidad, el reconocimiento y el poder, bastan la perspicacia, la audacia, los conocimientos y experiencias hechos sobre la marcha, para dar cara al porvenir.

¿Debe preocuparnos la obsolescencia humana programada? Sí, cuando esta proviene de perniciosas ideologías. No, cuando la realidad nos enfrenta a la propia, personal y natural caducidad, la que ocurre como refiere Amado Nervo:

Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, vida,
porque nunca me diste ni esperanza fallida,
ni trabajos injustos, ni pena inmerecida;
porque veo al final de mi rudo camino
 
que yo fui el arquitecto de mi propio destino;
que si extraje las mieles o la hiel de las cosas,
fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas:
cuando planté rosales, coseché siempre rosas.
 
…Cierto, a mis lozanías va a seguir el invierno:
¡mas tú no me dijiste que mayo fuese eterno!
Hallé sin duda largas las noches de mis penas;
 
mas no me prometiste tan sólo noches buenas;
y en cambio tuve algunas santamente serenas…
Amé, fui amado, el sol acarició mi faz.
 
¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!


Referencias (en orden de aparición)

  • Darwinismo social. (2021, 26 de julio). Wikipedia, La enciclopedia libre. Fecha de consulta: 20:31, septiembre 7, 2021 desde https://es.wikipedia.org/w/index.php?title=Darwinismo_social&oldid=137248828.
  • Eugenesia. (2021, 26 de agosto). Wikipedia, La enciclopedia libre. Fecha de consulta: 20:29, septiembre 7, 2021 desde https://es.wikipedia.org/w/index.php?title=Eugenesia&oldid=137921684.
  • La falsa medida del hombre. (2020, 27 de marzo). Wikipedia, La enciclopedia libre. Fecha de consulta: 20:42, septiembre 7, 2021 desde https://es.wikipedia.org/w/index.php?title=La_falsa_medida_del_hombre&oldid=124598827.
  • OPPENHEIMER, Andrés. Sálvese quien pueda. El futuro del trabajo en la era de la automatización. Penguin Random House, México, 2018.

Una inteligente frase tonta

 


PARA QUIENES se han ido con la finta meritocrática por años (y no precisamente "aspiracionista" en el sentido peyorativo que hoy algunos quieren plantear por error). Esa frase de "lo importante no es ganar sino competir" fue acuñada por el Barón Pierre de Coubertain, creador de los Juegos Olímpicos y no han falltado los sofistas que han tergiversado su valor considerándola tonta y contradictoria, por perder de vista su peso filosófico. Rescato uno de tantos textos que puede uno hallar por ahí:

El famoso barón Pierre de Coubertin, fundador de los juegos olímpicos, dijo una frase sumamente tonta: –Lo importante no es ganar, sino competir. ¿Por qué tonta? Porque empezando es una frase contradictoria per sé. ¿Qué significa competir? La Real Academia de la Lengua Española nos dice lo siguiente: Competir significa “intr. Luchar, rivalizar entre sí varias personas por el logro de algún fin.” Es decir, uno compite para ganar. Entonces, esa frase que dice lo importante no es ganar, sino competir, se contradice por sí misma porque al decir que lo importante es competir, entonces lo importante es ganar. Si lo importante no es ganar, entonces tampoco sería importante competir. Es como si la frase dijera: -La riqueza económica no es importante, sino ganar dinero.

¿Por qué tacho de sofista esta postura? Porque lee con la lógica equivocada el fundamento detrás del principio olímpico clásico más antiguo.

Si nos remitimos a Platón, filósofo que vivió en el tiempo de los primeros juegos olímpicos, o más tarde revisamos la filosofía de Nietzsche o los ensayos de José Ortega y Gasset sobre las primeras olimpiadas modernas, nos damos cuenta de que el utilitarismo ha acabado por imponerse tristemente en general en toda actividad y la deportiva no es la excepción.

Revisando con profundidad las ideas de Ortega, Jesús Conill Sancho apunta:

[...] hay que aprovechar las ricas reflexiones de Ortega y Gasset sobre el deporte, que tienen un alcance muy relevante para la entera vida humana, a partir de la reivindicación de una noción de cuerpo viviente (Leib) y de una nueva noción de la vida. El deporte forma parte de un horizonte vital no reducido por la estrecha perspectiva utilitaria, sino que anuncia la forma superior de la existencia humana, la apertura a un sentido festival y creativo de la vida. Ésta exige una disciplina, que no se conforma con el mero cumplimiento correcto de unas normas, sino que incita a perfeccionarse indefinidamente. La cualidad de lo deportivo es la vitalidad creativa, una nueva forma de entender la vida. Porque desde esta nueva perspectiva vital, ya no sirve como modelo el homo oeconomicus, sino que el fenómeno vital entendido de modo deportivo es festival, alegre, creativo, agonal y olímpico [por lo tanto divino, añado yo], libérrimamente esforzado, fuente de energía con sentido. La vida es en principio creación, experimento creador, como en la concepción nietzscheana.

Es decir, si bien competir es "luchar, rivalizar entre varios" y en efecto la acción se enfoca a una meta concreta, un fin, este no implica por fuerza la victoria como único objetivo, solo es un dato predicativo en el enunciado. Que ganar conlleva la satisfacción personal o de grupo del reconocimiento y el premio de los laureles y la fama, sin duda; pero, no es la razón de ser en el hecho de competir, sino solo es la consecuencia accidental (filosóficamente hablando), sustancial de la competición tanto como de la competencia, que es necesario decir son conceptos distintos, pues alguien puede no ser competente (capaz) y sin embargo competir, rivalizar con otro (y el mejor ejemplo, también ninguneado al nivel de mera curiosidad caritativa, lo tenemos en las paraolimpiadas). No es en la presea donde radica la construcción del ser humano, sino en la disciplina, en el esfuerzo, en el afán, en el conocimiento, en la práctica, en la honradez competitiva, en la nobleza rival. Es eso lo que nos hace héroes, cercanos a lo divino y por lo tanto admirables y dignos de encomio, reconocimiento y premio.

Tal vez nuestros deportistas que consiguieron una medalla son ahora despreciados por los badulaques por haber obtenido bronce, o los que quedaron en la raya con un cuarto lugar son ninguneados. Pero, ellos, aun con todas las dificultades y limitaciones se midieron contra otros campeones. ¿Qué han hecho esos badulaques sofistas con sus vidas? ¡Que muestren sus galardones si tienen para presumir!

De lengua me como un taco. No faltan los especialistas en deportes y los que no lo son que anotan bien y con crítica justa el tema de los apoyos, o incluso el aspecto psicológico que define al competidor; pero, el error está, por mediocridad revanchista y complejo de inferioridad acendrado, en insistir en desarrollar una "mentalidad ganadora" y de "excelencia", como también el error está en sobrevalorar el carácter "luchón" del mexicano. Ser luchón no implica ser competitivo o acaso competente, como alcanzar la excelencia no hace al triunfador una mejor persona.

El muchacho que tiene que luchar para llevar un mendrugo a su casa y además estudiar rinde poco, compite por sobrevivir aun sin ser asaz competente por desnutrición, por ejemplo, y sin embargo eso no lo hace menos "olímpico" en los términos que he subrayado.

Yo los conmino a reflexionar sobre el trasfondo filosófico de los Juegos Olímpicos, pacifista aun cuando en su origen era practicado por los guerreros destacados de las ciudades griegas y cuyos éxitos no derivaban en la rendición del enemigo, su sometimiento y humillación.

Todos los deportistas que se dieron cita ahora en Tokio 2020 fueron ejemplo, primero que nada, de entereza y cuidado preventivo a pesar del cual, en medio de la pandemia, muchos fueron alcanzados por el mal antes de las justas, durante o lo serán después y tras haberse expuesto tan abiertamente al contagio, mientras nosotros mirábamos con amarga alegría desde nuestro encierro, muchos sin tener oportunidad siquiera de competir en el interés por la sobrevivencia diaria dada la recesión económica, la cuarentena y etcétera.

Esto que digo no significa tampoco y por supuesto un pretexto para justificar el conformismo en cualquiera de sus muy mexicanas formas. Al contrario. Tendría que ayudar a comprender que el deporte como otras actividades del quehacer humano implican ante todo del desarrollo y como conclusión del mismo y siempre inacabada la gloria, sea en la derrota, sea en la victoria, pues para que alquien gane, alguien tiene que quedar detrás y ello, si ocurre con denuedo, no es menos honroso.

Las tentaciones del cuarto poder


Del extracto de la mañanera que incluye el video debajo de estas líneas rescato a mi vez el momento donde arranca el vínculo. Un cuestionamiento interesante, "sensato" en apariencia de parte del colega Luis Guillermo Hernández, pero que implica una tramposa tentación de la izquierda desde siempre. Contrarrestar la desinformación no se consigue con "políticas públicas" tendientes al "control de la información" como censura velada y oportunista o a modo de los intereses de un conjunto de liga de la moral periodística. Aunque se antoja virtuoso crear una "regulación" que meta al gremio periodista en cintura, siempre cabrá la duda de quién sostendría la vara con que sería medido el ejercicio de nuestras libertades de expresión y de publicación e incluso de equivocación. Mírese lo ocurrido en la ex URSS o lo que pasa ahora en China con el exacerbado e incisivo pretendido control de los medios por parte del PCCH.

El ejercicio de la mañanera, lo he dicho, en su espíritu es buena cosa, pero está podrido por causa de los intereses gubernamentales y la distorsión del usufruto que se consigue de la dizque conferencia de prensa convertida en un show distractor más que orientador, determinante de la agenda informativa de forma más escandalosa en contraste con el modo sutil como se hacía antaño y aún mediante el "boletín de prensa".

La nueva sección de "Quién es quien en las mentiras" ya con un mes de antigüedad, aun siendo una buena oportunidad para el análisis equlibrador, en realidad ha resultado un torpe y perverso juego de espejos donde, como en la casa del jabonero, quien no cae, resbala, incluido el propio Presidente, ese "viejo culero de Palacio Nacional" como dijera un tuit apócrifo atribuido presuntamente al magistrado Reyes Rodríguez Mondragón.

La respuesta dada por el Presidente al colega Hernández es sin duda de las mejores que insistentemente da y con la que siempre concordaré y no por remembrar a Sebastián Lerdo de Tejada: "a la prensa se la controla con la prensa". Sino porque detrás de esa frase lapidaria subyace una estrategia asaz inteligente: al fuego se le combate con fuego, aunque también se trata de una estrategia de riesgos contraproducentes si no se toman las precauciones respectivas.

Una válvula de presión para controlar a la válvula misma

Una de las preguntas que personalmente como profesional de la comunicación me hago constantemente aun desde antes de la pandemia es qué tanto es tantito en materia de información y qué hace que el bombardeo informativo pueda ser considerado infodemia, como se ha calificado hoy a la abundancia de informaciones de toda índole, incluso falsas, que se distribuyen a diestra y siniestra por las redes sociales. ¿A quién culpar de dicha infodemia? ¿A los creadores de las noticias falsas, mentirosas y que sí los hay? ¿O al público crédulo, ignorante que en su pereza, abulia o incapacidad e impericia no verifica los datos, no cuestiona lo presentado como evidencia, lo que se reporta como hechos consumados? Los primeros siembran, pero los segundos cosechan y distribuyen, replican, multiplican, distorsionan. ¿Aquí cabe aquello de que tanto peca el que mata a la vaca como quien le agarra la pata? ¿Quién agarra la pata a la información y quién asesta el golpe que descabella a la razón con despropósitos?

Los afanes más denodados por conseguir una prensa más ética se dieron a finales de la década de los ochenta y comienzos de los noventas del siglo pasado, cuando importantes cadenas noticiosas de medios impresos y televisoras se adelantaron a las preocupaciones gubernamentales con el interés de conservar a las audiencias, conscientes de que estas estaban ya evolucionadas y resultaban menos manipulables que en la primera mitad del siglo XX; audiencias que además reclamaban sus derechos específicos los que creían podrían garantizarse mediante la creación del ombudsman de las audiencias (que no todas las empresas mediáticas han implementado e integrado a no ser como un recurso retórico y legaloide). Entonces plantearon códigos de conducta, deontologías que, de la mano del esfuerzo de desarrollo organizacional buscaba consolidar una visión administrativa asentada en una filosofía capaz de presentar a la empresa de medios como una con responsabilidad social en una línea semejante a la expuesta por otras empresas de distintos giros como las automotrices, las farmacéuticas, etc. ¿Maquillaje? Quizás, si seguimos la crítica al respecto elaborada por filósofos como Jean-François Lyotard o Gilles Lipovetsky. Y tal vez el planteamiento de la nueva sección de la mañanera es un reciclaje de lo mismo, pero desde la óptica gubernamental y como una consecuencia extensiva y heredada de las inquietudes surgidas entre los parlamentarios ingleses ante el descontrol por los cáusticos arranques críticos y sasrcásticos de la prensa allá a finales del siglo pasado, o de las consecuencias excesivas de la crítica de medios como la revista francesa Charlie Hebdó derivados en peores excesos terroristas como el atentado a la misma.

Pretender regular a la prensa es casi tanto como pretender regular el pensamiento, algo que también ya antaño algunos propusieron a través de pedagogías perversas como la fascista, la puritana, la jacobina.

Se antoja admirable que entre los mismos periodistas halla quienes se muestren indignados, preocupados por el tema y las prácticas torcidas, pero ni ellos tienen la fórmula para un periodismo ciento por ciento neutral, objetivo, edulcorado. Todo periodismo es comprometido, más o menos, para empezar con el registro de la verdad y ya se se que esta es no nada más parcial sino depende del color y la pureza del cristal con que se mira.