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Elecciones mexicanas, entre azul y buenas noches


ERA DE LA OPINIÓN...  de que la gama cromática era el mejor ejemplo que da la naturaleza sobre la variedad en la existencia. Porque no todo es blanco ni negro, existen matices y esas pequeñas variaciones de un tono a otro hacen la diferencia.

Lo que leerás enseguida, amable lector, no es simple ocurrencia sacada a la fuerza desde las entretelas de notas de color, de esas que siempre se dan en política. Cuando de política se trata, la gama cromática parece azas reducida en sus posibilidades y puede ser causa de todo lo contrario, de coincidencias como de desencuentros; de traslapes como de rechazos. Incluso el muaré (ese distorsionador efecto de olas resultante de la superposición de ondas cromáticas) redunda ya en identificación, ya en traidora contrariedad, al difuminar los principios que sostienen a un color o a otro implícitos en la mezcla resultante.

Yo solo pinto lo que veo

Sabíamos que de la combinación de azul y amarillo resulta el verde, del amarillo y el rojo entendemos el naranja. Azul y rojo nos pintan el panorama con tonos violáceos. Del rojo y el verde suponemos el marrón. Si hacemos la prueba con pintura, veremos que sale marrón; pero, ¿y si giramos un círculo que combine segmentos rojos y segmentos verdes? ¡Vemos el color amarillo! No hay color ni luz amarilla en la rueda que hacemos girar, pero en realidad vemos ese color, sin importar cuál se aplique en primer plano o primera instancia; y eso es debido a la interpretación que el cerebro hace de los colores que vemos, mediante la información que captan y combinan los ojos.
De ello se encargan los conos, células fotosensibles que tenemos en la capa fotorreceptora de la retina y que se dividen en tres tipos llamados conos L, M y S. Cada uno de ellos es sensible respectivamente a luces rojas (longitudes de onda largas), otro a luces verdes (longitudes de onda medias) y luces azules (longitudes de onda cortas).

No tenemos un cono para luces amarillas ni naranjas ni de cualquier otro color, sin olvidar que, de acuerdo con Newton, el blanco no es color, sino la suma de todos y el negro la ausencia de luz. Sin embargo, como bien nos enseña, entre otras, la teoría Gestalt, los tres conos trabajan conjuntamente con el cerebro para interpretar y mostrarnos el resto de colores del espectro, así completamos lo que nos resulta significativo.



Pues algo similar es lo que nuestro cerebro capta —toda proporción metafórica guardada— por virtud de las banderas de los partidos políticos, cuando se efectúan esos réprobos esperpentos llamados coaliciones (uniones transitorias de personas, grupos políticos o países con un interés determinado) o alianzas (pactos, convenios o tratados en que se recogen los términos en que se alían dos o más partes; unión de cosas que concurren a un mismo fin). ¿Por qué réprobos? Pues por los motivos que los alientan, más mezquinos que solidarios.

Cuando los extremos se tocan, los contrastes de las oposiciones o estallan en una debacle o dejan de ser tales para revelar a estas, igual que ocurre en el círculo cromático, como lo que son: puntos de vista complementarios sobre una situación de orden común.

Lo que para el PAN, por ejemplo, en tanto partido etiquetado como de derecha parece oponérsele de manera natural por ser de izquierda, parecería serle y le es más bien complementario, así como para el PRI —hoy identificado con el rojo, en casi constante unión con el Verde Ecologista a la par del germen que fue el Frente Nacional Democrático hacia 1988— gestó el amarillo PRD como consecuencia.

Claro que más de uno en este punto dirá que ya me fumé un carrujo ahora que se ha legalizado la mariguana en México y, en su derecho, tratará de desacreditar mi análisis. Pero, no. Desde que la mercadotecnia y la psicología aplicada al estudio del consumidor entraron al campo de la política —algunos piensan que fue reciente, mas eso comenzó en los años 30 del siglo XX—, el conocimiento sobre la manera de influir en la mente del elector, a todas luces consumidor de un producto visto con figura de candidato o partido políticos revestidos con ideas, se afinó con el propósito de incidir en la clarificación de los intereses alrededor de la política; o, viceversa, la opacidad de la política alrededor de los intereses que la sustentan y facilitan.

Del gesticulador al prestidigitador

¡Ah, si viviera Rodolfo Usigli, ya habría escrito una crítica obra teatral intitulada “El Prestidigitador” complementaria de El Gesticulador!

En México, todavía hoy hay —unos más demagogos que otros— quienes, como el prestigiado candidato presidencial por tercera vez, Andrés Manuel López Obrador, siguen haciendo malabares conceptuales (de ahí surge la palabra “prestigio”, de “prestidigitador”) para confundir y enredar al electorado, a sus simpatizantes y militantes,  buscando persuadirlos en su favor por medio de la emisión de mensajes contradictorios al sistema, empero, en tanto prejuicios, coincidentes con la rebeldía de una sociedad harta del abuso y el olvido de quienes la gobiernan y dicen representarla, más ocupados en vigilar sus prebendas que las necesidades generales del pueblo. Esos, como AMLO, con sus reacciones retrógradas y atávicas propias de tiempos que se remontan a la primera mitad del siglo XX y para atrás, siguen temiendo “un fraude electoral” a la vieja usanza: con pistola en mano, jugando al carrusel, convocando a los mapaches, etc., sin reparar que, incluso el mismo partido MORENA (por cierto, cuyo logotipo es de color marrón) ha incurrido en prácticas desleales y es susceptible de ser analizado desde la manera como influye en el electorado por la sola asociación entre el color y las ideas.

¡Sí, ya sé!; en contraste están esos otros que pintan el panorama, en caso de triunfar AMLO o cualquiera identificado como perteneciente a la izquierda, como el peor de los escenarios para México, cuando al final todos y cada uno de los aspirantes al poder están cortados con la misma tijera, moldeados en el mismo horno y ajustados con el mismo clisé para producir el estereotipo que tanto nos ahoga hoy con la andanada de publicidad enfocada a: posicionar, difundir, promover, influir, destacar, contrastar, proyectar, denostar al contrincante, identificar a una persona coloreada al gusto del consumidor, dando al mismo la oportunidad de escuchar, ver o que se atienda lo que quiere o necesita como parte de una más sofisticada y sutil pirámide de necesidades sociales. El modelo que hoy observamos y está aplicándose sobrepasa el ya elemental creado por Abraham Maslow y en el actual las necesidades son vistas, así por comerciantes y por políticos, como un “conjunto borroso”.
Usar la “lógica borrosa” permite mayor flexibilidad y tolerancia “democrática” al momento de establecer y comprender relaciones e impide considerar a la realidad como compuesta por una serie concreta y limitada de necesidades. Y es que, en abstracto, no hay frontera bien definida a partir de la cual se pueda afirmar que un individuo ya no padece tal o cual necesidades o que, por estar en cierto grado satisfechas, son indignas de consideración al momento de darse la movilidad social o plantearse soluciones a cualquier plazo a distintas situaciones y problemas.

La noción de “grado de pertenencia” es la que mejor expresa la naturaleza del conjunto borroso. Mientras en los conjuntos clásicos, cuyos límites se aceptan como precisos, se dice que un elemento pertenece o no pertenece, sin más, al conjunto, en los conjuntos borrosos, de límites difusos, hay que distinguir en cada grado de pertenencia según sea su posición central o periférica dentro de la necesidad (BALLESTER Brage, 1999, págs. 71-74).


Un sistema político shakesperiano

Es decir, con estas coaliciones sobre las que basaremos nuestra decisión electoral en las urnas el primer día de julio de 2018, ya no tenemos claridad sobre si Ricardo Anaya, la persona, lleva en su legajo el ideario del PAN o si en sus talegas carga revueltas las fojas de un mamotreto sin pies ni cabeza escrito a saber por cuántas plumas “conspirantes” en coordinación o complicidad. José Antonio Meade no está afiliado a ningún partido, sin embargo, es llevado en andas cual torero a dar la vuelta al coso en busca de un burel con pitones recortados por las ideas de un ecologismo burocrático propio del sistema del cual ha cobrado sus emolumentos por años. Entonces, ¿son o no son? Me pregunto qué diría Hamlet.

En algún artículo pasado rememoré a don Daniel Cosío Villegas y su teoría pendular con la que explicaba el vaivén del sistema político mexicano de la izquierda liberal y revolucionaria a la derecha conservadora y reaccionaria, pasando por el centro conciliador institucional, constitucional.



Cosío Villegas sustentaba sus explicaciones en la historia misma del país y en especial la vivida en las etapas revolucionaria y post revolucionaria de México, entre las décadas de los veintes a los setentas del siglo XX. Pero, sobre todo, observando el “estilo personal de gobernar”, el que hasta Enrique Peña Nieto ha sido el factor determinante tanto para la decisión de los electores al momento de emitir su voto como para la definición de las políticas, estrategias, planes y programas gubernamentales. Pues, aun cuando existe un proyecto general, amplio en su visión de país por parte de las élites en el poder, ha sido el toque personal el que ha inclinado los favores, simpatías o antipatías hacia el sistema político mexicano en general, así en lo interno como en las relaciones exteriores.

Las alianzas entre partidos no son algo nuevo, cierto. Empero, las alianzas que hoy atestiguamos prácticamente son más que una novedad. Ninguno, ¡ninguno! de los partidos va solo en estas elecciones salvo en una o dos circunstancias concretas y de índole local. Ni siquiera los candidatos independientes Margarita Zavala y el “Bronco” Calderón se zafan del sistema con sus antecedentes.

Así, los mexicanos esta vez no votaremos por el candidato más guapo o la filiación más próxima a nuestros afectos, sino habremos de votar por bloques de instituciones que se han mostrado incapaces por sí solas y en los años recientes para mostrar sus valores democráticos con suficiencia, para hacer valer sus idearios particulares que les dieron en su origen el carácter de oposición al partido en el poder.

Hoy, todos prometen lo mismo e incumplen lo mismo. La partidocracia ha desdibujado a las personalidades, ahogándolas en el marasmo de la ineptitud y la ingenuidad colectivas. De ganar las elecciones Ricardo Anaya, ¿quién nos gobernará, el hombre, su partido o la coalición (inclinada a la izquierda) que lo puso como punta de lanza en la cacería por el poder? De ganar López Obrador, ¿sería de veras una victoria para la izquierda mexicana o la ampliación ficticia de la izquierda priyista renegada la que al fin accedería al ansiado hueso en consonancia con la teoría pendular (si bien ya lo ha hecho en municipios y gubernaturas estatales)?

Hoy ya no es solo cuestión de esclarecer si México está listo para ser gobernado por una mujer o por un ciudadano cualquiera que no es como cualquiera. No es un asunto de género o posición social, de ideología o de preferencia sexual o nivel socioeconómico o cultural. Ya no es asunto de intelectos, deseos, habilidades, conocimientos o experiencia. Tampoco es un tema ni una preocupación por los números que suman los simpatizantes más los correligionarios en tanto “fuerzas vivas” de los partidos lo que podrá inclinar la balanza para definir ganador. Elegir en México, esta vez, será la expresión dispersa de razones más allá de lo evidente, de las apariencias.

Los coloridos huevos pascuales

Veamos un ejemplo. En días recientes, en Naucalpan, dirigentes y militantes del amarillento PRD manifestaron su apoyo y respaldo al diáfano azul panista Alfredo Oropeza Méndez como candidato a la alcaldía por la coalición “Por el Estado, México al Frente”, en consonancia con el frente creado de manera nacional por ambos partidos para competir por la presidencia de México en la persona de Ricardo Anaya. Y esto sucede después de que el ex alcalde Edgar Olvera Higuera renunciara a sus aspiraciones para ser reelecto y preferir una candidatura al senado (¡no sea que el fuero se nos escape!).

Alfredo Oropeza irá en la boleta electoral compitiendo por la alcaldía de Naucalpan
representando a la coalición PAN-PRD-MC.
Foto: Mario Ruiz / Vallemex Noticias

El candidato panista a la alcaldía de Naucalpan en compañía del ex munícipe Edgar Olvera.
Foto: Perfiles Instagram y Facebook, Alfredo Oropeza
Biografía aparte, Oropeza ha sido un personaje conformado entre las sombras del cuasi anonimato y empezó a vibrar su color tras ser nombrado por el ex alcalde Olvera como Secretario de Innovación Gubernamental en la administración municipal, un cargo que, conforme a su descripción más sonó a pretexto acomodaticio y aula preparatoria que a otra cosa.

En reunión con integrantes de la dirigencia local del Partido del Sol Azteca como el Secretario General, Paz Ochoa, y Anselmo García Cruz, los perredistas naucalpenses reiteraron su convicción de trabajar junto con Oropeza para obtener el triunfo el próximo 1 de julio en las urnas. Señalaron que, con su candidatura, la coalición integrada por los partidos PAN, PRD y MC (un anaranjado Movimiento Ciudadano), en Naucalpan ganará la elección, “porque es un hombre con valores, que trabaja para el beneficio y mejoras de la ciudadanía y sus comunidades”. ¿Importa de verdad el hombre?

Perredistas naucalpenses execran y desertan de su partido.
Foto: Patricia Venegas / El Sol de Toluca.

En contraste, manifestando su desacuerdo con las decisiones políticas que ha tomado el PRD y la supuesta venta de candidaturas, más de cinco mil perredistas de Naucalpan abandonaron al Sol Azteca y afirmaron que permanecerán como independientes hasta el día de las votaciones. O sea, hicieron, igual que la grisácea panista Margarita Zavala o el ex priyista Jaime Rodríguez “Bronco” Calderón cuando se lanzaron como candidatos independientes “hago como que me voy, pero no me voy”. Esos votos, ¿a quién se redirigirán? Si a MORENA, ¡sería casi lo mismo desde que Patricia Durán, de origen panista, es la candidata oficial y respaldada por el mismo AMLO. ¿Se ve la trampa?
Encabezados por la lideresa de “Mujeres Organizadas por la Democracia en México”, Graciela Nieto, dichos perredistas hicieron arder en rojizas llamas sus chalecos amarillos frente al Comité Municipal de Naucalpan, donde aseguraron que su ex partido es un cascarón, porque los verdaderos líderes lo han abandonado para dar pie a proteger intereses familiares. O sea, siguiendo la metáfora, la yema no es tal y la clara está más turbia que huevo empleado para hacer limpia por un brujo en Catemaco. El huevo de Colón estaba podrido. Llegar al poder cuesta un huevo, sin duda. Y “a huevo”, no me queda duda que la izquierda será la ganona en 2018, sea como sea.

Sin duda, 2018 ganará alguna izquierda

Por supuesto que, metidos a hacer estos análisis, debemos tener cuidado científico de especificar cuál modelo teórico nos sirve de base. Pues no son las mismas conclusiones las que podemos tener si nos basamos en el modelo cromático lumínico (RGB), cuyos colores primarios están en la triada Rojo-Verde-Azul, que en cualquiera de los otros dos: el modelo cromático pictórico (RYB) que toma a los colores primarios Rojo-Amarillo-Azul, o el modelo cromático tipográfico (CMYK) que usa como primaria la tétrada Cian-Magenta-Amarillo-Negro. Pues, las combinaciones y relaciones de oposición o complementariedad son distintas en sus matices, resultados, efectos, finalidades y alcances.





Elegir un color puede ser, lo saben bien los diseñadores, pintores, arquitectos e interioristas, un dolor de cabeza aun existiendo herramientas y manuales para el efecto o conociendo el significado que, psicológica o culturalmente puede tener. Por fortuna, para ellos ya se ha creado una aplicación informática llamada Color supply que ayuda a la selección más acorde con los intereses de lo que se propone un decorador o artista. ¿No podríamos inventar una aplicación semejante para elegir candidatos políticos y similares, incluso coaliciones más en sintonía con las necesidades del país?
Si jugamos un poco con esa aplicación, bien podemos constatar que, al menos por lo que a colores toca, el Partido del Trabajo es más complementario del PVEM que solo opuesto a sus ideas. El PRD complementa más a Encuentro Social, próximo al PAN. Y algo similar sucede con Movimiento Ciudadano. Los que se hallan en un verdadero problema son el PRI y MORENA, más el segundo. El PRI porque, por años, usó los colores de la bandera nacional, verde, blanco y rojo. Pero, el blanco, ya dijimos, es la suma de todos los colores y ¡es lógico! Basta ver la historia del partido para comprender que en sus ideales revolucionarios están la matriz y las semillas de todos, ¡todos! los demás partidos con excepción del PAN, que surgió de entre las cenizas del sinarquismo. Así, solo le quedaban el verde y el rojo. Escogió el rojo, pero no a regañadientes, sino como consecuencia de la insistencia de los otros partidos que vieron en el escudo priyista una suerte de monopolio cromático, aun cuando no se detuvieron en analizar literalmente los matices (ROLDÁN Benitez, 2016).
Por lo que toca a MORENA, recordemos lo dicho al principio, su color es resultado de la suma de verde y rojo.

No importan los nombres o los grupos, este caldo de olla ya se coció y va tomando un cálido color de izquierda, vótese por quien se vote. Los debates próximos seguirán mostrando la fachada de individuos contendientes, de fórmulas ideológicas acartonadas; pero, detrás, lo que estará en juego será la posibilidad y factibilidad de arribar una facción u otra al poder.

Mientras en las formas se sigue dando preponderancia a la persona, al personaje, en el fondo lo que está en juego es la pertenencia a un grupo o a otros, y eso no solo en México, sino en la forma como se van alineando los países en el ámbito internacional, adhiriéndose a los bloques asiático, latinoamericano, europeo, norteamericano, afroasiático, como ya había previsto Samuel Huntington en su famoso libro El choque de civilizaciones.

A despecho de Pedro Ferriz de Con, Margarita y el “Bronco” así lo entendieron y optaron —o no les quedó de otra— por abrazar el espejismo de la independencia, de un “ciudadanismo” que en realidad no representan; mientras, en cambio, como los demás, representan la continuidad disfrazada.
En este escenario, lo que empezamos a vislumbrar es la inoperancia de los actuales partidos políticos, en tanto instituciones, con su estructura y sus funciones tal como están previstas en el papel y en el supuesto; y, aún más, el reconocimiento furtivo de ellos en semejante crisis.

Lo que vislumbramos también es la inoperancia de los grandes consorcios de comunicación atropellados por el marasmo de las redes sociales, marasmo que se traduce en libertad de elección de contenidos, así sea falsa su fuente y amañada su meta.

La conformación de estas coaliciones comodinas podría ser el germen de un nuevo reacomodo como el que procurara a mediados del siglo XX don Jesús Reyes Heroles al propugnar por la creación de “los partidos pequeños”, contando con el “padrinazgo del sistema”; pero, esta vez, estaríamos ante la creación de grandes partidos aglutinadores de voluntades más similares que disímiles. Es una forma distinta de reformar al sistema político sin pasar solo por el lento y farragoso escrutinio de las curules legislativas. Es, quizás, el primer paso en el tránsito hacia una democracia de cinco partidos con posibilidad de representar los extremos ideológicos, las moderaciones solidarias y, en el centro, el ciudadanismo, este no como sugerencia, etiqueta o puente discrecional para chapulines, sino como expresión fidedigna del fiel de la balanza que es el pueblo en plena participación y ejercicio de sus derechos ciudadanos. El primer paso para asegurar que la alternancia entre fuerzas, ideologías, intereses puede ser, no solo posible, sino cierta y plausible con miras a una democracia parlamentaria.
Solo una cosa me preocupa, aunque suene a extraída de la ciencia ficción y es que dicho reacomodo no resulte, como en la saga formada por las novelas Divergente e Insurgente, en la creación de cinco facciones conviviendo en un simulado equilibrio: Abnegación (la desinteresada), Cordialidad (la pacífica), Verdad (la honesta), Osadía (la valiente) y Erudición (la intelectual). El resto de la población son los Abandonados, que no tienen ningún estatus o privilegio en esta sociedad.

Referencias

BALLESTER Brage, L. (1999). Necesidades sociales, Las. Madrid: Editorial Síntesis.
ROLDÁN Benitez, A. (3 de marzo de 2016). "Proyecto de Decreto que reforma la Ley sobre el Escudo, la Bandera y el Himno Nacionales y la Ley General de Partidos Políticos". Gaceta del Senado, LXIII/1SPO-97(61182). Ciudad de México, Ciudad de México, México: H. Congreso de la Unión LXIII Legislatura. Recuperado el 16 de abril de 2018, de http://www.senado.gob.mx/index.php?ver=sp&mn=2&sm=2&id=61182