Con ganas de descabellarla

mayo 25, 2016 Santoñito Anacoreta 0 Comments

HOY, los “animalistas”, como llaman algunos peyorativamente a quienes defienden los derechos de los animales, parecen ser tan capaces de las mismas atrocidades comunicativas que aquellos a quienes denostan. En el afán de allegarse simpatías —lo que no es muy difícil en estos tiempos de absurda “corrección política”—, también incurren en el amarillismo publicando notas o emitiendo opiniones escandalosas, ciertas o no, con tal de inclinar la balanza a favor, no de los derechos de los animales, como sí más bien de su causa que, aun siendo noble en el fondo, reviste una mezquindad tan reprobable como la que señala.

Es el caso de una nota aparecida por estos días en algún portal en línea sobre el supuesto dicho del torero mexicano Rodolfo Rodríguez “El Pana”, cogido días atrás de esto que escribo, y en tan malas condiciones que, el ya anciano y orgulloso valiente matador, —tauricida, califican los opositores a la tauromaquia— quedara parapléjico, en un caso más de entre tantos accidentes asociados al mundo taurino.

Según esta nota escrita por Alexander Garín Rojas, “El Pana”, además de suplicar a sus médicos y familiares que lo dejaran morir habría afirmado:
Por favor, perdónenme. La juventud de ahora ve y sabe cosas que en mis tiempos se ignoraban. La tauromaquia debería ser detenida. Yo lo aprendí con mi vida (GARÍN Rojas, 2016).
De ser cierto este dicho que ha causado el goce y beneplácito de los detractores de la tauromaquia (contrástese con otras fuentes (MARTÍNEZ Ahrens, 2016)), se sumaría a los de otros lidiadores que, por efecto de un accidente fatal o auténtico acto de contrición —si cabe describirlo así— han cambiado su postura respecto de su oficio. Un ejemplo es el del extorero colombiano Álvaro Múnera:
Si no hubiera sido por eso [la cornada que lo dejó paralítico], yo seguiría siendo un bárbaro (MÚNERA, 2012).

Un cambio de actitud que, en vez de abonar a la conciliación comprensiva de una tradición cultural con la modernidad en que se inserta, más parece servir de pretexto a los rijosos, para atizar más el odio general hacia una forma de expresión, un odio empero irracional equivalente a la censura que los idiotas gustan emplear como recurso para acallar aquellas ideas que, en su particular punto de vista, atentan contra lo que califican como privativo y propio de lo humano, comenzando así a tergiversar los conceptos de lo público, lo privado y lo íntimo, más allá de lo que sucede en, por ejemplo, las redes sociales alrededor de temas como la sexualidad y las relaciones interpersonales, entre otros.

Estos amigos y amantes de la naturaleza se muestran tan ciegos en su idiotez como esos otros a los que señalan de crueles, abusivos, y cuyas costumbres y tradiciones seculares les parecen deleznables, inútiles, contra natura. Y argumentos no les faltan; incluso los de los aficionados sirven como búmeran para arremeter en contra [cf. (ACABEMOS CON LA TAUROMAQUIA, s/d)].

Unos y otros exponen sus razones ya para erradicar formas culturales como la tauromaquia o el circo, ya para defender complejas maneras de expresión humana, al margen de lo atroz y sangrienta que pueda resultar en sus efectos. Y, siendo válidas unas y otras, cada cual se encarga de desestimar e invalidar la postura contraria sin detenerse a dilucidar lo aprovechable de cada extremo. Así, aquí y allá tenemos a quienes defienden a capa y espada el armamentismo, pero se escandalizan respecto de las prácticas de matanza en algún rastro. Y en el otro extremo tenemos a quienes, de talante igual de susceptible, quisieran desarmar al mundo mas, al amparo de alguna idea fervorosa, siguen sacrificando al cordero.

Sin duda vivimos tiempos reflexivos y, para comprender lo que nos hace humanos en las circunstancias actuales, creemos que cabe lo mismo rasgarnos las vestiduras que vendarnos los ojos a lo evidente, como dos maneras de manifestarse la misma indiferencia respecto del otro, su pensar y su sentir. Pero, entre ambos extremos nadie, o casi nadie, ha optado por explorar el camino del justo medio.

En todo este tiempo de discusiones agrias acerca del tema no he leído ni escuchado —fuera de lo que personalmente he escrito— a uno solo que, con mesura y sensatez, proponga en lugar de la desaparición del circo o el coso y la tauromaquia, el ring, etc., la transformación de las mismas tradiciones y prácticas culturales en afán de hacerlas más acordes con los signos de los tiempos: una de dos, o más violentas y descaradas o más comprometidas y conciliadoras, sin desmedro del gusto de unos ni de la inclinación de los otros. Los tolerantes, ya lo he dicho, han perdido piso y se han vuelto intolerantes frente a los intolerantes; y estos, aunque sea cacofónico, se han vuelto recalcitrantes.

La cultura es, por antonomasia, producto de la evolución. Si bien a lo largo de la historia el hombre se ha visto, no nada más tentado, sino poniendo en efecto la cancelación, el erradicar, destruir, proscribir obras, costumbres, maneras, también es cierto que, viceversa, ha prohijado, promovido, edificado, normado en favor de las contrarias aun demostrándosele la perfidia y el perjuicio (a veces prejuicio) que pudieran implicar en su puesta en práctica. Eso aplica a leyes, organizaciones, credos, sistemas, métodos, procedimientos, protocolos, procesos, acuerdos, pactos.

Quepa recordar que la etimología de la palabra idiota remite a aquel individuo que no se ocupa de los asuntos públicos, sino sólo de los de su interés propio y privado. Ocurre ahora que, cuando, la que bauticé como opinioncracia —sobre la que tanto me he cernido— lleva de la mano a la palabra y la sinrazón, descubrimos: todos somos idiotas. Idiotas que, mirando en lo público el indicio o la mínima sospecha de lo propio y privado: del dolor y el desagrado propio, de la concepción propia y particular sobre lo que hace a este mundo nuestro mundo, lo consideramos entonces espectacular, es decir digno, no nada más de nuestra atención, sino y por lo tanto de nuestro idiota y personal gobierno interventor. Y, si esto lo elevamos al nivel del Estado…

Así, estos idiotas que somos saltamos a la palestra para hablar nuestro parecer sobre lo que valoramos como propio aun no siéndolo del todo por ser, de suyo, compartido con el resto de los hombres y cuyo gusto, modo, vocación y tendencia puede ser y es tan respetable como el nuestro. Ah, pero, idiotas como somos, legos en los temas públicos, necios en la intención de hacer que los otros piensen y sientan con nuestra privada, individual y propia idea de lo que es o no es, vemos, en lo que ya nos creemos propio: ese toro enamorado de la luna, ese comisario y ese policía al que abruma el crimen organizado, ese carnicero sordo a los alaridos de la víctima de su crueldad; vemos, decía, el motivo sobre el cual cimentar el imperio de nuestro desatino. Y entonces el vegano y el carnívoro y el misógino y el feminista y el acosador y el vejado y el que caza y el que casa a los del mismo sexo y estos también, se creen, en conjunto, los menos idiotas de entre todos por haber tenido la osadía de llevar a terreno público lo privado.

Es por esta idiotez contumaz que, no nada más en mi discurso de las más próximas entregas de un tiempo a esta fecha, lo estúpido cobra factura de definición.

La estupidez de los idiotas es, hoy, sin duda, la norma en lo que se dice tanto como en lo que se hace y, peor, en lo que se decide como bienestar de la mayoría; y ya no digamos en lo que se promete. Los políticos nos parecen idiotas, porque apelan y se aferran a los intereses que les son propios y privados aun a despecho de las necesidades públicas de aquellos a quienes dicen representar por virtud de una democracia ramplona. Pero los ciudadanos, tú y yo, amigo lector, también pecamos —ya se va viendo— de idiotas que, desde lo alto de nuestra colina, creemos que el sol sobre nuestras cabezas calienta a todos por igual. Si, como Zaratustra, bajáramos a andar esas calles y senderos, más pronto que tarde nos daríamos cuenta que, citando a Miguel Ángel Rodríguez (RODRÍGUEZ, 2015, págs. 74-75):
La civilización actual ha sido construida sobre un falso humanismo [… a] todo aquel que pregone la irresponsabilidad de nuestros actos […] de inmediato le prestamos oídos y presurosos afirmamos todo lo que ellos dicen, porque así conviene a nuestros intereses y no porque efectivamente sea verdad.
Ya en su época, Platón alertaba sobre los sofistas. Estos, sin embargo, deambulan con singular alegría aquí y allá como los máximos educadores de las generaciones que van y vienen, diseminando, divulgando cuanta estupidez bien argumentada conciben. Y ninguno nos salvamos de caer en el yerro de erigirnos en heraldos de una verdad absolutista en su distorsión. En cada idiota palpita un sofista; y en cada sofista, filosofa y enseña la idea aprendida, tal vez, a algún inteligente idiota.

Pues la idiotez no está peleada con la inteligencia. No todo idiota es imbécil y lo demuestran las argucias lógicas de favorecedores y de opositores de tal o cual tema que se quiera poner sobre la mesa. Si bien ello no lo exime de ser estúpido. La idiotez solo se trata de una forma diferente de manifestarse en el ámbito egotista de la egolatría.

Todo esto que aquí digo puede, también y, si tú lo quieres, ser clasificado bajo la categoría de idiotismo y revirárseme. Siendo, entonces, yo tan idiota como tú, no me queda sino reconocer que, en la casa del jabonero, quien no cae resbala.

La tauromaquia, como otras prácticas reprobables en la forma como se efectúan, puede simplemente ser modificada para hacer de ella una manera de expresión cultural más acorde con el humanismo que hoy se pretende y se va construyendo. Y es, este, un humanismo en el que el hombre ya no es el centro como sí lo fue desde el humanismo renacentista hasta el más cercano y existencialista, roto en su fundamento primero por Darwin, luego por Freud y casi a la vez de este por Einstein. Es un humanismo donde el hombre no lo es todo y la naturaleza ya no es solo nada. Es uno que revisa y refresca las románticas ideas rousseaunianas, para redactar los nuevos principios de un contrato social más comprometido con la vida misma que con las relaciones de mercado y poder. Es uno que cuestiona el neodarwinismo, pero que ha quedado preso de su ingenuidad cuántica por insistir en ver al hombre como el máximo eslabón evolutivo que, en el aprecio del resto de las formas de vida, encuentra un nuevo pretexto para elevarse por sobre ellas como nuevo emperador de Natura.

En el principio fue el verbo y tras él vino la instrucción de estar al servicio administrativo de lo creado. Ya encontramos en nosotros al procurador, falta ver si somos capaces de hacer una menos idiota justicia a la que den menos ganas de descabellarla con el estoque de la simple palabra.

Personalmente, ya me he declarado, no soy opuesto a la tauromaquia como sí a los que se oponen a ella a rajatabla. Que en ella la crueldad haya sido signo de presumible superioridad del hombre sobre la bestia no la hace más ni menos deleznable como su contraparte entre los mismos seres humanos por cualesquiera justificaciones. En tanto expresión cultural es un medio y por lo tanto una forma de mediación entre lo que somos y lo que queremos, podemos o imaginamos ser. Insisto, mejor que borrarla de un plumazo, deberíamos ser ingeniosos hidalgos y ver molinos donde sospechamos ogros. El horror siempre estará en nosotros como causa y como efecto, como acción y reacción, solo debemos aprender a dosificarlo.


Referencias

ACABEMOS CON LA TAUROMAQUIA. (s/d de s/d de s/d). "Argumentos taurinos más frecuentes". Recuperado el 25 de mayo de 2016, de Acabemos con la tauromaquia: http://www.acabemosconlatauromaquia.com/argumentos-taurinos/
GARÍN Rojas, A. (21 de mayo de 2016). "El matador de toros 'El Pana' se arrepiente antes de morir: 'es un oficio cruel, violento, por favor, perdónenme'". Recuperado el 25 de mayo de 2016, de Denuncias MX: http://www.denunciasmx.com/2016/05/el-matador-de-toros-el-pana-se.html
MARTÍNEZ Ahrens, J. (21 de mayo de 2016). "El Pana pide a los médicos que lo dejen morir". Recuperado el 25 de mayo de 2016, de El País / Cultura: http://cultura.elpais.com/cultura/2016/05/20/actualidad/1463728769_724154.html
MÚNERA, Á. (13 de enero de 2012). "Arrepentimiento taurino - Álvaro Múnera". Testigo Directo. (M. RUÍZ, Entrevistador) MUPRA (Canal oficial YouTube). Caracol. Recuperado el 25 de mayo de 2016, de https://youtu.be/gwK7Pl_M0h0
RODRÍGUEZ, M. (2015). Reflexiones para idiotas. Palibrio.

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