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Obituario indeseado

TENÍA YO POCAS HORAS DE SUEÑO, habiéndome acostado como es mi costumbre entre las tres y cuatro de la mañana y escuché, siendo poco más de las ocho, la noticia aciaga dada, confirmada por Adela Micha: falleció Jacobo Zabludovsky, a la edad de 87 años, luego de dos semanas hospitalizado en el ABC —qué siglas más periodístcas— a causa de una severa deshidratación que derivó en un derrame cerebral. Pensé que lo estaba soñando. Fue como escuchar la voz de mi madre llamándome desde ultratumba. En realidad mi madre me hablaba en sueños, empapada en llanto, a las dos de la madrugada había dejado este mundo su "Güero" adorado mientras yo, en mi desvelo, dedicaba tiempo a remodelar este sitio de mis Indicios Metropolitanos, un rincón más opinativo que informativo, más personal que local, pero hecho con el corazón y con aspiración universal.

Para mí, hablar de Jacobo es tanto como hablar de mi alegre y ocurrente madre. Si bien no trabajé como muchos con él y no conviví de cerca, las cuatro veces que tuve contacto con él de forma personal dejaron en mí honda huella. Era y seguirá siendo un Maestro, de esos que no queda más que afirmar se les reconoce por sus obras.

El primer contacto con el Señor Noticia
Jacobo Zabludovsky entrevistando al Pte. Adolfo López Mateos,
16 de enero de 1960
La primera vez que tuve contacto personal con él fue cuando tenía yo escasos 9 años. Coincidimos en un espectáculo, creo recordar, del Holliday On Ice, en la Arena México. Mi madre lo reconoció en la distancia, lo había conocido en su juventud, como compañero de banca en la Universidad Obrera, tomando clases de Filosofía y francés, dos de las cuatro materias que mi madre cursaba. Él, en entrevistas posteriores, era dado a negar esa etapa de su vida o a simplemente no recordarla y así se lo comenté en la segunda carta que le escribí en mi vida hace escasas semanas de esa remembranza. “El pudo ser tu padre”, decía ella entre broma y en serio, “pero me ganó tu papá y me ganó Sarita”. Así como ella en su juventud quedó prendada de ese “piojito güero” para el resto de su vida en calidad de amor platónico, así yo quedé prendado de Dianita, su hija, y a ella escribí mi primer poema en la vida, si se le puede llamar poema a ese infantil fruto de la infatuación sin rima válida, sin métrica, mera ocurrencia, la primera de tantas. Tras la muerte de mi madre en 2009 ese texto, que creía yo solo un resabio de memoria apareció entre sus cosas; ¡lo había guardado como tantas otras cosas mías y de mis hermanas!, coleccionista como era.

De esas colecciones suyas una va guiando el curso de mis lágrimas y sonrisas melancólicas esta vez: su colección de recortes sobre Jacobo, aun cuando la comenzó en sus últimos años y luego de la salida de Jacobo del noticiario 24 horas, buena coleccionista, supo aquilatar lo poco que acopió, porque supo escoger aquellos trozos de información que sintetizaban una historia propia, una historia nacional, una historia mundial. Colección, además, que nosotros, sus vástagos, sabedores de su “devoción”, prohijábamos.

La historia a cuadro
La segunda vez que tuve contacto con Jacobo fue, como muchos mexicanos, mediante la imagen de televisión. Crecí con la televisión. No me entiendo sin la televisión, ese invento que, en la opinión de mi madre y de Jacobo, es de los más fundamentales de la humanidad. Motivo, para mí, de los primeros desvelos. Me recuerdo arrastrándome por el piso luego de haber sido enviado a la cama a dormir para colocarme, según yo, discretamente bajo el sofá y mirar junto con mi madre las noticias. A veces ella se hacía de ojo chícharo, pero más pronto que tarde me llamaba la atención. Así lo recuerdo, un rostro con orejas gigantescas que luego me enteré eran unos audífonos.

Mientras escribo esto, miles de colegas comunicólogos y periodistas en el mundo entero están elaborando el obituario no deseado, narrando la biografía de un hombre atravesado por la Historia, una biografía que él mismo se encontraba redactando y que ignoro, pero supongo, no terminó, como es de esperarse con las notas del día a día. Están haciendo acopio de anécdotas como estas, evitando de algún modo que el olvido comience tan pronto su corrosivo trabajo. Y seguro lo hacen siguiendo los lineamientos transmitidos por su experiencia institucional, a diferencia de mí pues mi estilo, lo sabes bien, lector, no es tan escueto ni directo, aun cuando lo he practicado.

Iniciado en la Televisión
La tercera vez fue cuando tenía yo doce años y formaba parte junto con queridos amigos de la infancia de un staff de televisión de circuito cerrado en mi primaria La Salle Bulevares. Esa vez mi madre tuvo la idea y gestionó con el director, uno de mis segundos padres, profesor Ramón Hernández, la pertinencia de una visita guiada a Televisa Chapultepec. Ella misma tramitó la visita, la que finalmente se realizó en una de las primeras emisiones del programa sabatino de entretenimiento que por entonces, además, conducía Jacobo de forma desenfadada. Recuerdo ese día como si fuera ayer.

Llegamos todos los equipos del staff, en total alrededor de quince muchachos inquietos y ávidos, nerviosos por la experiencia. Mi madre al tanto de la organización. Entramos a Televicentro, esperamos en el pasillo fuera del Estudio 2. Luego de unos minutos que me parecieron horas salió la secretaria de Jacobo para avisarnos que pronto entraríamos a escena. Poco después Jacobo salió preguntando por mi madre, que no era la única mamá que nos acompañaba. La miré, sus ojos brillaban nerviosos. Estaba cerca de su amor platónico, veinte años después de su primer contacto; contacto que él jamás registró si acaso hasta el momento de leer mi carta, si la leyó. Carta que acompañé con ejemplares de mi novela-antología de cuentos Laberinto Bestial 1; semillero de indicios y mi primer poemario Por Causa de un Amar Tal.

Amable, Jacobo dio las instrucciones correspondientes. Entramos al estudio, nos realizó la visita guiada durante el breve espacio del corte comercial: máster, las entre cajas, camerinos, foro. Eso, creímos, era todo. Una visita de tantas como las que organizaba el colegio a industrias chocolateras como La Azteca, museos, etc. Pero no, un miembro de la producción nos pidió que esperáramos y luego, para nuestra sorpresa volvimos al interior del foro. Nos colocaron tras las cámaras, ¡qué grandes comparadas con las de nuestro escolar estudio! Nos pusieron a manejarlas de la mano de los camarógrafos. Tanta emoción hubo que no recuerdo a qué artista estaba entrevistando Jacobo, quien en el nuevo comercial dejó su sitio para acercarse al grupo. “¿Quién está a cargo de estos muchachos?”, preguntó. Mi madre respondió con una tímida seguridad. “¡Venga conmigo, señora! Vengan muchachos, las demás mamás también!” Nos acomodó en un área de luz y volvió a su sitio donde, de vuelta al aire, en vivo, nos presentó como a unas celebridades. Entrevistó brevemente a mi madre y a dos o tres de nosotros. Fin del paseo inolvidable. Fin del que, hasta ahora lo entiendo, fue el principio de lo que soy ahora.

Unas pocas palabras
La siguiente ocasión y última fue luego de mi titulación como licenciado en Ciencias de la Comunicación Social, carrera a la que me cambié tras desertar de ingeniería en Sistemas Electrónicos. Ya trabajaba yo en Televisa, donde me inicié, como Jacobo, en la radio. Su maestro fue Alonso Sordo Noriega, a quien conoció mi padre; mi maestro ahí fue el productor don Raúl del Campo Jr.

Era el año 1992, tenía poco tiempo de haberme quedado “sin trabajo” aun cuando seguía escribiendo para El Universal mi columna “Paréntesis”, dando clases en el Tecnológico de Monterrey y mi Universidad Anáhuac. El proyecto en cuyo equipo de producción participaba para Cablevisión había terminado. Por consejo de mi madre, otra vez, redacté mi primera carta a Jacobo, elaboré un cuidado currículo, lo guardé entre las páginas de mi tesis de licenciatura y fui una noche a las oficinas de Noticiarios en Televisa Chapultepec, sin cita de por medio, portando mi gafete. Me apersoné con la secretaria de toda la vida de Jacobo y le expliqué el motivo de mi visita: verlo, entregarle mi tesis dedicada al maestro que, sin serlo propiamente, supo hacerme llegar sus lecciones de forma vicaria, mediante amigos colegas, mediante la pantalla y su forma de trabajar disciplinada, ejemplar, humana, precisa, cuidada, respetuosa, rigurosa, divertida, audaz. Esperé alrededor de una hora porque estaba él redactando y organizando el noticiario, que es la forma correcta de mencionar los espacios dedicados a las noticias por contraste con “noticiero”, que es la persona que da las mismas, aunque modernamente se han fundido en un solo concepto, en parte por causa de don Pedro Ferriz Santa Cruz y Jacobo Zabludovsky y otros periodistas de su talla, ya también desaparecidos.

En el ínterin saludé a Heriberto Murrieta, a quien ya conocía porque fue novio de una compañera de la universidad y por medio de esa relación nos dio una plática en los estudios de televisión de la facultad de Comunicación. Saludé también de lejos a Lolita Ayala. Me encontré con algún condiscípulo de la preparatoria que ya laboraba en el equipo de redacción, en el turno de noche.

Finalmente me recibió en el camerino que tenía al lado de su oficina. Vestía una camisa a cuadros y un pantalón caqui de Terlenka. Lo estaban maquillando. En un gancho en la pared colgaban un saco oscuro, una camisa a rayas y una corbata negra. Charlamos unos minutos apenas. Le expliqué el motivo de mi visita. Le expresé mis respetos, pero no me atreví a pedirle trabajo. Él, al ver mi currículo, lo comprendió, pero comprendió también mi obnubilación. Me miraba con sus ojos gachos de una claridad prístina que se sumaba al reflejo de sus gafas. Su cabello más naranja que amarillo brillaba perfectamente acomodado. Las pecas de su tez blanca rosácea iban confundiéndose con el maquillaje con cada aplicación. Le expuse mi afán tras la redacción de mi tesis como una obra no nada más para cumplir un trámite sino con una visión más ambiciosa, como una obra teórica susceptible de veras de sentar huella y precedente como otrora llegaran a hacer trabajos recepcionales de autores como Samuel Ramos, o incluso los grandes pensadores del siglo XIX cuyas tesis sentaron cátedra de una vez y para siempre en la cultura occidental. Jacobo escuchaba atentamente, paternal. Cerca del momento de dirigirse al foro se levantó y con particular cortesía me despidió deseándome suerte en mis emprendimientos.

Aquí termina mi historia con Jacobo; o quizá en verdad comenzó. Porque entonces hice conciencia del peso del personaje en mi formación como individuo. México y el mundo los vi en gran medida, para bien y para mal, pésele a quien le pese, a través de los ojos de Jacobo Zabludovsky que fue mucho más que solo un periodista, un reportero de 24 horas. Fue el inventor del formato de dos columnas de los guiones de televisión, basado en los guiones que ya hacia la década de los sesenta se usaban comúnmente para la creación de audiovisuales. Un formato hoy conocido como “latino”. Introductor de los teléfonos en los foros noticiosos como un elemento adicional de la oportunidad informativa. Y como esto, Jacobo es, ya, un largo etcétera sin el cual no se explican la televisión, el periodismo en México.

Testigo de la historia nacional y mundial, Jacobo deja uno de los más importantes legados para las generaciones actuales y venideras. Legado que incluye los vituperios y detracciones, la mayoría infundados por partir de un conjunto de prejuicios. Su labor, su influencia ya eran motivo de estudio cuando yo estaba en la universidad así desde la perspectiva crítica de la academia, como desde el punto de vista de una opinión pública que él, fundamentalmente, ayudo a construir.
Como muchos de su generación construyó el significado del día a día en la medida de sus posibilidades, de sus limitaciones, a veces a contrapelo de la censura gubernamental, capotéandola como al buen toro de lidia empeñado en embestir con furia al torero distraído para cogerlo en falta y aniquilarlo, como sucedió con Excelsior.

En los tiempos de Jacobo, él era —como seguirá siendo— la referencia básica, el lugar común incluso para sus detractores. Y esto, curioso, contrario a su intención y costumbre creativa de no caer en los lugares comunes.

La última emisión del noticiario “De una a tres” que condujo Jacobo el martes 23 de junio de 2015 me preocupé. Al hombre apasionado por el tango, los toros, París, Madrid, Buenos Aires y el Centro histórico de la Ciudad de México, cuyo bolero predilecto era “Cenizas”, se le escuchaba notablemente cansado, apagado. Pensé lo peor, pero como el tiempo no pasaba por Jacobo y era legendaria su fortaleza que lo llevó a vencer dos veces al cáncer, me pareció inimaginable su ausencia.

Hoy, Jacobo ya no estará. Enterró a casi todos sus amigos; y tuvo muchos. Y eso me hace mirarme en el espejo de mi radical soledad mientras resuena el eco de las memorias hechas cenizas: “El periodista no debería ser motivo de noticia, excepto el día de su lamentable muerte” llegó a decir, según recuerdo, un poco con ánimo crítico respecto de aquellos colegas que, ya por vanidad o por circunstancias de la vida fueron o hemos sido envueltos como actores voluntarios o involuntarios de la noticia. Empieza entonces el ejercicio de la revisión para quienes seguimos de un modo u otro sus pasos por ese “Caminito” que hace de la vida tango memorable por el cual “Volver” al centro de la merced de lo que “Uno” es.